28 de enero de 2015

Una por partes (1)


Historia larga que llevo pretendiendo empezar a escribir desde hace bastante, pero por un motivo u otro nunca comenzaba. A ver si consigo escribir más de dos páginas.


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Es creencia extendida que en los mapas medievales se escribía “aquí hay dragones” en las zonas desconocidas. Y es cierto que se tenía una cierta tendencia a dibujar en ellos, y muchas veces lo dibujado resultaba ser un dragón. Esto podría deberse, efectivamente, a que no se sabía qué había en los lugares donde se dibujaba el animalillo de marras. O quizá a que dibujar mapas era una tarea tediosa, y los cartógrafos se aburrían y se dedicaban a dibujar en los márgenes.

Lo que no es cierto es que se escribiera “hic sunt dracones” – aquí hay dragones, en latín – en los mapas. Es solo una creencia muy extendida. En realidad, solo se conserva un mapa – un globo terráqueo – en el que se utilice esa frase, escrita, mira tú qué casualidad, cerca de Indonesia. Donde viven los dragones de komodo. O sea que la única frase “aquí hay dragones” registrada bien podría deberse a que el cartógrafo sabía lo que había en esa zona, justo al revés de lo que la dicta la creencia.

Son una cosa graciosa, las creencias. La gente cree en ellas sean ciertas o no. Especialmente si no. La experiencia parece decirnos que es más fácil creer en algo que no se ha visto pero te han contado que existe que en, pongamos, una mesa. Por no mencionar mucho más divertido. No sé qué tipo de ofrenda  se ofrecería en una religión en torno a las cortinas de las casas, pero seguro que no le llega ni a la suela de los zapatos a degollar un cordero y beberse su sangre o decapitar a una virgen. La cuestión es que aquello en lo que se crea sea lo más espectacular posible, porque la gente en seguida se cansa de las cosas aburridas.

La creencia popular sobre aquel pequeño monte era que no había que acercarse. Cuando se le preguntaba a los aldeanos el porqué cada uno daba una versión diferente, pero todos parecían estar de acuerdo en que la gente que se adentraba en la espesura en dirección norte no volvía, o lo hacía terriblemente enfermo y moría al poco tiempo.

Tsung Jung Liu no creía en aquella superstición, pero había sido educado en la creencia de que hay cosas más allá de lo que el ser humano pueda comprender, así que se cuidaba de que su cuadrilla recolectara cerca del monte. Ni siquiera era un monte, pensó. Era tan solo una pequeña meseta que se elevaba unos 300 metros por encima del poblado donde se alojaban. No merecía ni tener nombre, pero aquella gente lo llamaba “el monte”, y así había terminado llamándolo también él.

Llevaban ya una luna entera en aquella zona y Jung había comenzado a perder la esperanza de que encontraran nada. Si aquel día tampoco encontraban nada que mereciera la pena, pensaba marcharse a la mañana siguiente. Y estaba seguro de que lo haría: Cuadrillas como la suya habían peinado el terreno una y otra vez durante años buscando plantas y especias que, por los motivos que fueran, no podían cultivarse. A Jung le parecía una estupidez que una seta o un cardo no pudieran arrancarse y llevarse a una zona más propicia para su cultivo, pero esa estupidez le había dado trabajo durante más de 8 meses, así que callaba al respecto.

Aquella zona ya estaba totalmente esquilmada. No quedaba nada comestible, o al menos nada por lo que alguien quisiera pagar. A lo largo de los días habían recogido algunas raíces con aspecto extraño para probar su sabor, pero habían resultado ser incomibles. Esta sería la segunda expedición en la que volvieran con las manos vacías, y el miedo a que el capataz le juzgara incompetente y le despidiera acabó pesando más que el temor a las supersticiones: Aquel día había mandado a los recolectores más al norte, hacia el monte, justo hasta su falda.

Pasó inquieto todo el día, sin ser capaz de centrarse en el trabajo. Unas veces preguntándose si volver con las manos vacías y jornaleros de menos realmente era peor que volver con las manos vacías, y otras llamándose estúpido por haberse dejado influir por las estúpidas historias de aquella gente. Llegó a la conclusión de que prefería acampar en la jungla: Sí, esta vez estaban durmiendo bajo techo, pero al menos las plantas no le metían ideas raras en la cabeza.

Poco antes de la puesta de sol volvieron los recolectores, y lo que trajeron animó a Jung. La mayoría había encontrado una especie de seta pequeña, de forma alargada y con el capuchón poroso, como una esponja. No estaban muy seguros de que fueran comestibles, pero a aquellas alturas todos compartían el temor de su superior a volver de vacío, y en cualquier caso tenían orden de recolectar toda especie nueva que encontraran.

Esa noche los habitantes del poblado les prohibieron entrar en sus chozas, así que levantaron el campamento a unos cien metros, tras unos árboles. Mientras sus hombres preparaban las tiendas y los fuegos Jung le dio a probar aquella nueva seta al perro que llevaban con ellos y le observó un buen rato, atento a cualquier posible señal de envenenamiento. Los hombres cenaron y se reunieron en torno a una hoguera para contar historias, y el perro se tumbó a los pies de Jung, moviendo la cola complacido por el calor de las llamas. Cuando se retiraron a las tiendas, el perro seguía en perfecta forma, e igual a la mañana siguiente cuando comenzaron a recoger el campamento para volver a las fábricas del sur. Jung decidió entonces que era seguro probar las nuevas setas.

Estas resultaron tener un sabor bastante agradable. Le satisfizo que sus hombres hubieran traído bastante cantidad, y lamentó no tener un par de días más para recolectar. Pero ya sabían dónde encontrarlas, podrían volver en la siguiente expedición. Porque estaba seguro de que aquel hallazgo le garantizaría trabajo para por lo menos una salida más.

Antes de meter los mapas en su bolsa, solo por si acaso cogió el plano topográfico de la zona, lo estudió unos momentos para asegurarse, y marcó con rotulador una pequeña elevación del terreno en la parte superior del papel.

Al lado escribió, con letras bien grandes: “Aquí hay setas”.