27 de febrero de 2008

Which Heroes character are you?
Your Result: Claire Bennet

You are Claire Bennet.
You can spontaneously regenerate, which is just a fancy way of saying that you heal yourself involuntarily. You were never very popular, but you recently got into the "in" crowd. You don't really like it there and your power makes you feel like a freak. You recently tried to contact your real parents, because you want to see if they have powers to...

Matt Parkman

Hiro Nakamura

Nathan Petrelli

Issac Mendez

Peter Petrelli

Sylar

Niki Sanders

Which Heroes character are you?
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21 de febrero de 2008

La pobre princesita

La princesa no cabía en sí de gozo; aquella iba a ser la noche que vestiría de largo por primera vez. Unas semanas antes, su madre había acudido a sus aposentos a darle la tan ansiada noticia. En la fiesta de San Juan de aquel año, dejaría de ser una niña y pasaría a ser una mujer a los ojos de todo el reino.
Oyó revuelo fuera de su habitación mientras su dama de compañía la ayudaba a peinarse y le colocaba delicados adornos de perlas bajo el moño. Aquella iba a ser una gran fiesta, y todos los sirvientes estaban esforzandose al maximo por que la puesta de largo de la princesa fuera inolvidable.
Pero cuando salió de su cuarto en dirección a la sala de baile, se dio cuenta de que algo iba mal. Los ruidos y voces que había medio intuido desde su habitación no eran los del servicio afanándose ni los de su señora madre regañando a las criadas. Eran voces de hombres, voces de desconocidos. Y también voces de hombres y mujeres que creyó reconocer. Pero estas últimas voces eran más agudas, más chillonas, teñidas de miedo. Sin comprender nada, la princesa avanzó por el pasillo, acercándose cada vez más a la fuente del ruido, hasta que llegó a lo alto de las escaleras que daban a la sala de baile.
El gran salón estaba repleto de gente. Las puertas de entrada estaban reventadas, abiertas hacia dentro, y por el inmenso agujero que había en su centro seguía entrando más gente, hombres vestidos con ropas negras, desgreñados, y blandiendo todo tipo de instrumentos extraños que la princesa no había visto en su vida. En el salón estaban también los invitados a la fiesta: Corriendo de un lado a otro, refugiándose tras las mesas volcadas, forzejeando con los desconocidos. Y todos, los unos y los otros, gritando.
La princesa vio sangre en el suelo, cerca de una de las invitadas, que se revolvía en el suelo, gritando de dolor. Encima de ella forcejeaba uno de los desconocidos, riéndose a carcajadas. La princesa vio tiras de seda y encaje volar por los aires, arrancadas de los vestidos y las casacas. Vio a los salvajes volcar las fuentes de comida, atacar a sus invitados, hacerlos sangrar, seguir golpeándolos cuando estaban en el suelo, mientras pedían clemencia a gritos...
La princesa no entendía nada. No sabía quiénes eran esos hombres, ni por qué hacían eso. Era la primera vez que oía el miedo en la voz de una persona, la primera vez que oía gritar de terror a alguien. Ignoraba por qué se tiraban sobre las invitadas, por qué les desgarraban las faldas de sus elegantes vestidos. No sentía miedo, porque entre las paredes de su castillo la habían mimado de tal modo que ni siquiera había oído hablar de él, y por eso no supo que debía haber huído al oír los gritos por primera vez.
Uno de los hombres, que reía sobre una de las invitadas, levantó la cabeza y la vio en lo alto de las escaleras. Sonrió, dejó su presa inerte en el suelo, y comenzó a subir las escaleras, lentamente, hacia ella. La princesa no sabía por qué ese hombre se le acercaba, no sabía por qué le sonreía. Solo sus amigos la sonreían, pero ese hombre le había hecho daño a sus invitados. ¿Por qué la sonreía entonces? Dió un par de pasos hacia atrás. El hombre la vió recular y dejó de sonreír. En dos zancadas se plantó en lo alto de la escalinata, junto a ella.
La princesa comenzó a gritar, lo que sorprendió al desconocido, y salió corriendo hacia el corredor, de vuelta a su cuarto. En su cuarto estaría segura, se dijo. En su cuarto sus damas de compañía no dejarían que le sucediera nada malo.
El hombre volvió a sonreírse, y la siguió en su carrera hacia sus aposentos, divertido por ver a dónde corría la chiquilla. Cuando la princesa llegó a su cuarto y cerró la puerta tras de sí, se sintió a salvo solo los escasos segundos que tardó el desconocido en abrirla de una patada. La princesa chilló de nuevo, y se subió a su cama. Aquel hombre no podía entrar en su cuarto, en su cuarto ella estaba a salvo, y los ojos de ese hombre no le gustaban, no la hacían sentirse segura. ¿Dónde estaban sus damas de compañía, su ama? ¿Por qué estaba sola, con ese extraño en su cuarto?
El hombre susurró algo, se sonrió, se subió a la cama. La niña chilló como una loca, se pegó contra la pared, tapándose con la funda del colchón. Aquel hombre no podía hacerle daño en su cuarto, en su propia cama... aquellos eran sus lugares seguros, no podía estar sucediendo aquello...
La princesa no entendió nada cuando el hombre le apartó la funda de un manotazo. No entendió por qué le cogía por las muñecas y la tumbaba sobre la cama a la fuerza. Las horquillas del moño se le clavaron en el cuero cabelludo, y pensó que aquel hombre era muy malo por haber hecho que su precioso peinado se estropeara. El hombre le levantó la falda del vestido. Le levantó tres de las siete enaguas, y en la cuarta se cansó y desgarró el resto. La princesa no comprendió por qué lo hacía. No comprendió por qué le rompía con sus enormes manazas su ropita interior de seda, su primera ropa interior de mujer, estrenada ese mismo día. De pronto el hombre dejó de sujetarla, pero al intentar escapar la abofeteó, haciendo que se encogiera y comenzara a llorar.
Nadie la había pegado. Nadie la había tratado nunca así de mal. El hombre la forzó a ponerse de nuevo boca arriba, y se tumbó sobre ella, separándole las piernas con sus enormes manazas.
La pobre princesita no entendía nada...

20 de febrero de 2008

Los besos de mi vida

Mi primer beso me hizo pensar que era lesbiana.
No me gustó en absoluto. Aquello de estar pegada por los labios a la cara de un tio me resultaba asqueroso y aburrido. Además, tenía entendido que cuando la gente se besa abría la boca y usaba la lengua, y este chico de eso no parecía haberse enterado. Y por más que yo se lo insinuaba rozando sus labios con mi lengua, no se daba por aludido.

Así que comencé a dudar de mi sexualidad. No era nada grave, me seguian gustando los tios; era solo que no me gustaba que me besaran.

El segundo no fue mejor. El chico se había leído el manual y había hecho los deberes, pero tres segundos después de empezar decidí que no me gustaba aquello, y paré.
Jamás le dije el verdadero motivo por el que paré. Le habría dolido demasiado su hinchado ego.

Y por supuesto, seguí dudando de mi orientación sexual. Pero como por ahora no me sentía atraída por las mujeres, seguí provando suerte con el género opuesto.

El tercero besaba bien, pero sus besos eran como nadar contracorriente. No nos terminabamos de compenetrar, por así decirlo. Él quería llevar la voz cantante, y mi lengua le daba a entender que ni en sus mejores sueños. Y claro, no estando nuestras lenguas en términos amistosos...

El cuarto besaba fatal. Aquello era como intentar hacer merengue removiendo las claras solo con un cucharón. Tardé tres meses en enseñarle a besar como Dios manda. Justo el tiempo que tardó en dejarme.
Siempre pensé que me había usado para aprender cómo se hacía.

La lengua del quinto más que un músculo parecía un trozo de tejido colgante. Fofo, blando, soso...

El sexto... Cuando el sexto posó sus labios sobre los mios, hasta el último cabello de mi cuerpo se puso de punta. Mientras su lengua acariciaba mis labios entreabiertos, que yo abría un poco más para recibirla, el cuerpo entero me dolía del placer que estaba sintiendo.

Pensaréis, vaya, ya era hora. Yo pensé, "éste es".

19 de febrero de 2008

Conflictos

Con la vida pasa como con los libros.
Lo primero que me enseñaron en el grupo de teatro al que fui de pequeña era que para que una escenificación le resultara interesante al público, debía plantear algún conflicto. Llámese argumento, nudo, hilo conductor... Llámese como se desee, pero al final no hay interés si no hay conflicto. A nadie le interesa un simple discurrir de acontecimientos. Una película sobre la vida de una adolescente a la que no le surgen conflictos no va a gustar. Una obra de teatro sobre una familia que vive una vida apacible no va a tener público.
Por eso los culebrones gustan tanto. Porque plantean muchisimos conflictos. Conseguirá Cristina Alberta, a pesar de los maquiavelicos planes de su medio prima hermana Roberta Andrea, hacerse con el amor de su querido Juan Francisco Alberto?
Con los libros pasa igual. Y con la vida. Una vida plena, en la que a uno no le falte nada, en la que tenga amor, salud y dinero asegurados, no interesa a nadie. Por eso la gente que no tiene problemas se los inventa. Por eso las adolescentes cuestionan la autoridad paterna. Por eso los niños ricos se hacen militantes comunistas. Por eso las amas de casa buscan amantes, y sus maridos queridas.
No nos engañemos. Todos pedimos una vida plena en nuestras oraciones, pero la vida no tiene interés sin argumento.
Sin conflicto, no interesa. Ni al público, ni al actor.

En el trabajo

Presiono Alt-tab para que la ventana con el editor de textos desaparezca de la pantalla, mientras oigo las suelas de goma de los zapatos de mi jefe deslizarse por el suelo de su despacho, acercándose a la puerta que comunica con la sala donde yo trabajo.
Intento recordar qué estaba haciendo la última vez que esto sucedió, porque en cuanto mis jefes dejan de tener a tiro mi monitor, me pongo a editar mi curriculum y a enviarlo, como si de spam se tratara, a cualquier empresa susceptible de contratarme.
Hago uso de mi ya bastante anquilosada verborrea, don de gentes, capacidad de convicción y talla 95B de sujetador, para hacerle ver a mi jefe que estoy ensimismada con la mierda de trabajos que me asignan una vez él, otra vez mi otro jefe, en ocasiones los dos a la vez, y a veces los clientes descontentos cuyas quejas tengo que recibir yo, cual contenedor de desechos.
Soy la única mujer de la empresa. Eso no es un problema, y en mi último trabajo lo veía más como una ventaja. Pero aquí me siento extraña, ajena. Me miran con duda en sus ojos, convencidos de que no soy capaz de hacer lo que en mi opinión podría llevar a cabo un niño de pecho... Nunca me he sentido más "mujer" que ahora... No sé si me explico.
Es como un infierno atemporal. Me veo obligada a vivir en él ocho horas cada día, pero los dioses saben que si no fuera porque es estrictamente necesario, preferiría trabajar de barrendera a estar sentada en esta asquerosa silla en este almacén reinventado en oficina, escribiendo línea tras línea de sinsentidos en un programa que otros han escrito y nadie se ha molestado en explicarme.
Escribir sinsentidos en el programa que otros han escrito y nadie se ha molestado en explicarme... que ironía... Pues no es esa la historia de mi vida?

18 de febrero de 2008

En el autobús

El autobús entra en un túnel, y de pronto me veo dentro de otro vehículo, en otro tunel que bien podría ser el mismo.

Recuerdo que me comentaron, “si voy por la M-30 te dejo justo en tu barrio”, y que, yendo por un túnel en el camino a casa, yo pensé que algo había oído sobre que habían soterrado la M-30

Pensé que ese túnel por el que circulamos durante casi veinte minutos sería la M-30...

Me doy cuenta de que no volveré a estar en aquel coche recorriendo aquel túnel, fuera o no la M-30. Y de pronto me invade la melancolía…

Lo que signifaba… todo lo que ir en ese maldito coche por aquel maldito túnel significaba para mi…

Y salgo del autobús, que no va por la M-30 sino que sólo ha entrado en la estación, con los ojos llenos de lágrimas…

Arena entre mis dedos… sueños que se escapan…