29 de abril de 2008

...

Quiero escribir. Hasta el último poro de mi cuerpo desea escribir algo, lo que sea. Mis manos se posan sobre el castigado teclado de mi portátil, al que le falta la tecla del siete, y siento ese hormigueo en las extremidades que me dice que rebosan energía desaprovechada. Y es que mi cuerpo va en una dirección, y mi alma en otra. Cada vez que pienso en alguna cosa que escribir, en seguida la descarto por poco original, mediocre, difícil de desarrollar, o simplemente por vaguería. Paso horas y más horas delante del ordenador sin escribir nada, alternando entre la ventana del correo electrónico, las de los foros en los que estoy suscrita, y ocasionalmente el editor de textos, vacío, esperando que le muestre un poco de esa inventiva que creo recordar que una vez tuve.

Resulta que por una tontería, ahora tengo fecha de entrega. Y no me hace ni puñetera gracia, para ser sincera. Ojala la energía que le sobra a mis manos pudiera hacer que escribieran solas...

Meh

No es que yo sea muy teatrera, no. Es que el resto del mundo no es lo bastante auténtico

28 de abril de 2008

En blanco

Puede que sea en el metro de camino al trabajo, o volviendo de él; puede que sea en esa reunión semanal con los jefes de proyecto en la que siempre desconectas, o tomando el café en el descanso. El caso es que te viene la inspiración. ¡chas!, y tienes "La" idea.
Te pasas el día dándole vueltas, perfilándola, añadiéndole detalles, limando imperfecciones. La adornas con dedicación y mimo mientras las horas que te quedan hasta llegar a casa van disminuyendo. Te asombras de haber tenido tan buena idea, y agradeces a tu musa, sea la que sea, el habertela brindado.
Abriendo la puerta de tu casa ya le vas dando las últimas pinceladas. Detalles que pudieran quedar sueltos, conflictos que no se resuelven de manera natural... esas cosas. Enciendes el ordenador incluso antes de quitarte la chaqueta, te sientas en la silla sin cambiarte de ropa, abres el editor de textos, y comienzas a escribir.

Y escribes una línea, dos, un párrafo. Conforme las frases se van formando, te das cuenta de que algo no marcha como debiera. Como si tu idea se resistiera a pasar integramente de tu cabeza al papel, y su genialidad fuera la parte que más se opusiera a imprimirse en el texto...
Relees el primer párrafo, la primera hoja. La mediocridad del manuscrito te golpea casi físicamente. Intentas reescribirlo, pero no terminas de encontrar las palabras para expresar aquello que en tu mente era tan magnífico. Buscas el diccionario de sinónimos, pero te brinda poca ayuda. Descartas la primera página y la escribes de nuevo desde cero, pero tampoco sirve. Las frases que vas escribiendo ni siquiera expresan una mínima parte de lo que pretendías transmitir con la idea que tanto has ido desarrollando a lo largo del día. Y cuantas más versiones descartas, más penosas te parecen las siguientes frases que escribes. Y acabas igual que empezaste, sentado delante del ordenador, la ropa de calle aún puesta, y el editor de textos abierto con un documento en blanco. Solo que sin idea genial. O mejor dicho, con una idea que en tu cabeza era genial, pero que al pasarla a la letra impresa pasó a ser vulgar y mediocre.

Totalmente decaido, decides irte a la cama. Te levantas al día siguiente aún bastante abatido, y no levantas la vista del suelo en todo el camino al trabajo.
Y ese mismo día, quizá en el transporte público, o en la reunión de la mañana, o quizá durante la comida o el café posterior, de pronto te viene la inspiración...

25 de abril de 2008

Eva

Cuando llegó al hipercor, a la sección donde yo trabajaba, lo nuestro fue odio a primera vista. No soporté su hiper maquillado cutis, su abundante e hiper alisada melena negra, su a todas luces rellenado pecho, ni sus diminutas caderas. Cuando abrió la boca la cosa no mejoró, porque era una de las personas más pijas con las que había tenido la desgracia de hablar, y solo su tono de voz me ponía furiosa. Antes de ser dependienta había trabajado como modelo y azafata de eventos, cosa que solo hizo que la odiara aún más. Y la ligera tendencia a coquetear con todos los hombres del departamento solo era un motivo más para que me cayera mal.

Vale, admito que el ochenta por ciento de aquel odio no era más que envidia malsana. A mi nunca me han aceptado de azafata o modelo por mi estatura y mis caderas, que al igual que los gases, tienden a ocupar el mayor espacio posible. Siempre quise tener el pelo así de perfecto, maquillarme así de bien, y vestir con tanto gusto y que la ropa me quedara tan bien como a ella. Y, por descontado, siempre quise ser el centro de atención de los hombres a mi alrededor.
Yo tampoco la caí demasiado bien; en parte porque no lo intenté, claro. De hecho, el sentimiento de odio recíproco hacia ella era compartido por todas las mujeres del departamento... y me apuesto a que la inmensa mayoría de las que la odiaban, al igual que yo, solo la tenían envidia.

Como teníamos que trabajar juntas, y yo no voy al trabajo a pasarlo mal, intenté tratarla con una cordial indiferencia que hiciera soportables las seis horas al dia que tenía que sufrirla cerca. Pero ella era todo encanto y coquetería, no solo con los hombres, y era bastante dificil ignorar su presencia. Como le encantaba hablar y yo era la que le pillaba más a mano, me hablaba a mi. Los días que no podía escaparme al almacén, tenía que escucharla... y precisamente escuchándola descubrí que bajo los ademanes de super modelo y el acento pijo, sorprendentemente, había una mujer bastante más lista de lo que parecía...

No sé cuándo me comenzó a caer bien. Solo sé que un día de camino al trabajo, intentando por todos los medios que la sombra de ojos no se extendiera por mi entrecejo - me maquillaba en el tren mientras iba al curro - se me ocurrió que debía preguntarle cómo hacía ella para tenerla siempre tan perfecta. Y se lo pregunté, y ella me explicó cómo se aplicaba una las sombras para conseguir un sfumato perfecto. Ese viernes, para salir de marcha, me maquillé como ella me había explicado. Y me gustó tanto el resultado, que creo que la empecé a querer justo en ese momento.

Si no te fijabas en su manera de hablar, decía cosas realmente inteligentes. Era simpática, sincera, amable, y no se callaba una. Comencé a fijarme en cómo combinaba los colores, cómo vestía, cómo se peinaba. Gradualmente, yo empecé a ir mejor vestida y a maquillarme con más gracia. Me agradaba tenerla cerca, tenía una opinión tan contraria a la mía sobre todo lo que hablábamos, que nuestras conversaciones eran lo más interesante que me había sucedido en años.

Cuando dejé el Hipercor, a las dos personas que más eché de menos fue a Lorena y a ella. Y nunca he encontrado a ninguna mujer tan fantástica. Hace un par de semanas me la encontré en el metro, y estaba tan fabulosa como siempre. Igual se simpatica, de sincera, y por supuesto de maquillada. Cuando llegué a mi casa ese día pasé revista a mi ropa buscando algo con verdadero gusto para ponerme al día siguiente, y recoloqué mis utensilios de maquillaje, tan descuidados ultimamente. ¿Casualidad? No creo

Cuando pienso en ella, y creo que no dejaré de acordarme de ella en mucho tiempo, no puedo evitar pensar en una conversación que tuvimos un día, en la que se demostró que ninguna de las dos teníamos pelos en la lengua, entre otras cosas. Hago reseña a que la conversación tuvo lugar entre risas, y a ella le siguieron más risas.

- ¿Sabes? Al principio me caiste fatal, no te soportaba. Pero mira, ahora me caes genial.
- ¿Ah si? Pues mira, a mi me pasaba lo mismo, cuando te conocí me caiste muy mal, eras una borde y una amargada. Pero has cambiado un montonazo, y ahora eres un encanto. Me caes fenomenal.

24 de abril de 2008

Frases que nos dicen de pequeños

Cuando somos pequeños, a todos nos han dicho aquello de "si te caes y te manchas los pantalones me enfadaré". Es una frase de lo más típica; lo que no entiendo muy bien es su intención. Cuál es la finalidad de decirle a un niño que si se mancha al caerse se le va a regañar, ¿que no se manche?
Este tipo de frases, al estilo de los traumas infantiles, suelen quedarse grabadas a fuego en nuestra memoria. En los pequeños percances que se suelen tener por el mero hecho de salir a la calle se puede comprobar: Te caes al suelo, te desollas una rodilla, y lo primero en lo que piensas es "dios, espero no haberme roto el reloj, me lo acaban de comprar mis padres". Cruzas la calle cuando no debes y te embiste un coche, lo cual te deja la cadera dolorida durante una semana, y lo único que piensas es "mierda, este restregón en la rodilla no lo quita la lavadora, con lo que me gustaban estos pantalones".
Y digo yo, ¿por qué otras frases, como "hasta que no te comas todo lo que hay en el plato no te levantas", por ejemplo, dejan de influenciarnos según pasamos la pubertad? ¿Por qué en lo primero que pensamos tras un accidente es en nuestros efectos personales, antes que en nuestra integridad personal? Porque puedo comprender que, si hay más gente involucrada en un accidente, uno se preocupe por los demás antes que por él mismo, pero por el reloj o los pantalones...
Me fascina hasta que punto somos influenciables de pequeños. Una simple frase, destinada a que tengamos cuidado de no hacernos daño, trastoca nuestra escala de valores de por vida.

23 de abril de 2008

Café

El café no es un vicio, es un estilo de vida. Cada vez que pienso en lo bien que me siento cuando me tomo mi café y mi bollito de leche con jamón y queso, antes de entrar al trabajo... A la mayoría de las personas el café les despierta. A mi, el tomar café me relaja. Si me tomo el café con prisas, me sienta mal, y el día se tuerce. Da igual si llego tarde al trabajo, a una entrevista, a la facultad, o a un triple bypass. Mi café es sagrado.
Y porque en los periodicos ya solo hay sudokus, que si hubiera un misero autodefinido que hacer... eso ya serían palabras mayores.

22 de abril de 2008

Libros malos

Ayer me llegó una carta de la biblioteca del barrio. En ella ponía que era el segundo aviso para que devolviera cierto libro. No recuerdo haber recibido ningún primer aviso, pero vamos, si ellos dicen que es el segundo, será verdad.
Me había olvidado por completo de ese libro. Fue tan terrible, que mi mente borró aquel trauma según lo terminé de leer. Quizá por eso olvidé devolverlo a la biblioteca.
Mientras lo busco entre las muchas estanterías de mi casa, me pregunto cuánto tendría que pagar de multa por no devolverlo nunca.
Porque la verdad es que me gustaría evitar al resto de la humanidad tener que soportar leer lo que yo leí... No se lo desearía ni a mi peor enemigo.

21 de abril de 2008

Memorias de una niña rara (2)

Una vez, cuando yo contaba diez y seis o diez y siete años, me pasó algo muy curioso.
Era verano, y en el pueblo donde pasaba las vacaciones yo ya me había enemistado con la totalidad de la gente de mi edad por aquel entonces. Recientemente había descubierto que yendo sola al cine no solo no me arrancaban un brazo, sino que podía ir a ver la película que quisiera, y encima la disfrutaba más que acompañada por la tipica amiga coñazo que no para de hablar en la hora y media que dura la proyección. El descubrimiento de que hacer cosas sola no provocaba ningún trauma digno de mención hizo que, un fin de semana, me animara a salir de bares sola.

Fue un terrible fracaso. Cuando yo voy de bares, voy a bailar, pero sin el grupo de conocidos alrededor mía haciendo el ganso, fui incapaz de deshinibirme lo suficiente como para mover un músculo. Lo intenté emborrachándome, pero justo ese día parecía haberme vuelvo inmune al alcohol. Y la guinda fue ver aparecer en el pub al chico con el que había tenido el minirrollo de día y medio, cogidito de la cintura de su nueva conquista - que, dicho sea de paso, estaba bastante más buena que yo.
Aterrada, salí del pub, y me metí en otro en el que la música estaba un poco más baja y se podía pensar sin interferencias. Totalmente concentrada en las ondas que hacía en el vaso mi martini con limón, no vi llegar a un chico, bastante mayor que yo, que se puso a hablarme.
- ¿Sabes qué pasa con los borrachos?
- ¿Cómo?
- Si, ¿sabes qué pasa con los borrachos? Que cuando te entran, son divertidos los veinticinco primeros segundos, y luego se convierten en unos plastas babosos. ¿No te parece?
- ...
- Entonces, mira, vamos a hacer una cosa, yo me presento, y hacemos como que no te he dicho nada antes, te hablo veinticinco segundos, y me voy. Así no pensarás que soy un plasta baboso, ¿vale?
- Eh.... vale.
El tío se cuadra, se coloca el cuello de la camisa, y me alarga la mano como si tal cosa. Yo se la estrecho desconcertada. Si no hubiera sido tan joven y tonta, me habría reído de lo lindo con aquello.
- Hola, ¿que tal?
- ... bien...
- Oye, tu sabes aquello de que los niños y los borrachos nunca mienten, ¿verdad? - y estaba claro que él pertenecía a los segundos - Pues mira lo que te voy a decir: Eres guapa
- ...
- Si, lo que te digo, eres muy guapa. Eres preciosa. Eres una de las cosas más bonitas que he visto nunca. Y en el futuro no debes dejar que nunca nadie te diga lo contrario, porque estará mintiendo. ¿Entendido?
- ...
- Muy bien, pues como ya han pasado los veinticinco segundos, y no quiero parecer pesado, me voy.
Y con unas palmaditas en el hombro, salió de mi campo de visión. No me molesté en seguirle con la mirada, estaba demasiado sorprendida.
Ese tío no estaba borracho, solo le apetecía reirse de una niña tonta, pensé. A fin de cuentas, yo tenía espejo en mi casa, veía lo que había, y todos mis conocidos también me lo dejaban clarito cada día.

Y aún así... Cuántas veces he deseado que ese borracho fuera ese angel de la guarda de nuestra infancia, que vino a cuidar de mí cuando estaba triste, y a recordarme que no todo en el mundo apestaba...

17 de abril de 2008

Pensar por pensar

Se llamaba - y espero que aún se llame, por mucho que le odie - Abel. Luís Abel Martínez Gordillo, para más señas. Le conocí de la manera más tonta, por ese tipo de casualidades que uno se suele tomar por señales, pensando que algún ser supremo le señala el camino a seguir. Como si, de haber algún ser de esas características, fuera a perder el tiempo con el más insignificante de los humanos...
Yo estaba con otro chico cuando le conocí, así que no tuve ningún reparo en hacerme amiga suya, sabiendo que no se tomaría mi amabilidad por coqueteo. Hablamos un par de veces, e intercambiamos direcciones de messenger.
El chico con el que estaba me dejó, y yo olvidé todo el asunto del chaval al que conocí en los recreativos de Gran Vía. Hasta que un día le vi conectado, y comenzamos a hablar.
Un día de aquellos, nunca llegaré a saber cómo, quedamos para dar una vuelta. "Solo dar una vuelta", recuerdo que pensé. Y me lo pasé genial. Lo que iba a ser un paseo de media hora duró toda la tarde, y pareció ser que él también se lo pasó bien, porque me dijo que sería una buena idea volver a quedar.

Aquí comentaré que yo tenía diez y nueve años, era tonta del culo, y no tenía ni puñetera idea de cómo iba el mundo. Eso explica en su mayor parte que pasara lo que pasó más adelante.

Se me declaró al tercer día. Cómo no, dije que sí sin pensármelo.
Fue todo muy bucólico. Tanto, que ahora siento que necesito una jeringa de insulina cada vez que me da por recordarlo. De hecho, tengo una bonita expresión para todo lo que hacía ese chico: "De Manual". Utilizó los tópicos exactos en los momentos precisos, por decirlo de un modo más elaborado. Y yo caí como una imbécil.
Durante los treinta días que estuvimos juntos, repasó de cabo a rabo todos los tópicos y frases hechas existentes. Como si se hubiera comprado el manual, vaya. Todo era perfecto. Bueno, no todo. El enterarme de que era un sin techo igual minó un poquillo la relación.
Durante un mes entero, me dediqué en cuerpo y alma a hacer que se enamorara de mí... Si, puede que no me terminara de creer todas las cosas bonitas que me decía, porque si le hubiera creído no habría visto necesario esforzarme tanto. Pero estaba convencida de que podría hacer que me quisiera tanto que, tras un mes de relación, cuando yo me fuera con mis padres de vacaciones un mes a la playa, él no se iría con otra.
Y llegó en día antes de irme de vacaciones. Él, que adolecía de "cierta" impuntualidad, esa noche no se presentó. Todas las veces que había quedado con él antes, al despedirme me intentaba convencer de que aquella había sido la última, que la siguiente vez que quedáramos, simplemente no se presentaría. De hecho, cuando se retrasaba más de media hora - y lo hacía a menudo -, yo siempre acababa llorando. Y ese día estuve hora y media en aquel banco de Plaza España, esperándole. Tras convencerme de que no iría a recogerme, y como una estúpida, empecé a recorrer las calles por donde él solía ir, en su busca. Le encontré durmiendo en la pensión en la que estaba alojado. Él se disculpó por quedarse dormido, y fuimos a tomar algo.
Poco más tiene mención. Me fui con mis padres de veraneo. Él me llamó todos los días durante la primera semana, pero al octavo día simplemente dejó de dar señales de vida. Le encontré una tarde en un chat - corrían los tiempos en los que tener un módem de 56k era todo un lujo - e intenté preguntarle qué había pasado. Él me cambió de tema. Justo antes de que apagaran los ordenadores del ciber café, porque era la hora de cierre, le pregunté si me quería, y él dijo: "Pues claro que te quiero, estoy enamorado de ti".
Jamás he vuelto a saber nada de él. Al volver a Madrid no encontré ningún rastro suyo: Había dejado el trabajo y la pensión. Su asistente social sabía que había vuelto a casa de su padre, pero no sabía dónde exactamente. Dios sabe que le busqué como quien busca agua en el desierto, pero acabé siendo consciente de que él sabía perfectamente dónde encontrarme a mí, y no lo hacía... así que dejé de buscar.
Durante una temporada quise pensar que había hecho lo mejor para mi, que igual pensaba que estando conmigo solo me perjudicaba, y había preferido hacer mutis. Por el tema de que era un indigente, y tal. Pero claro, esa teoría no tiene ningún fundamento en cuanto menciono que desapareció con 300 euros que yo le había "prestado" al poco de estar juntos.

Hasta conocer a aquel chico, yo "sabía" que si querías conseguir algo, bastaba esforzarse, luchar por ello, para conseguirlo. Yo siempre había conseguido lo que quería, porque había luchado por ello. Pero aquella vez había luchado, y había perdido.
También me di cuenta de que, solo porque una persona te diga que está siendo sincera al decirte algo, eso no quiere decir que lo sea.
El paso de Abel por mi vida fue un duro golpe a mi corazón, a mi orgullo, y a mi concepción de la realidad. La lección más dura que he tenido que aprender nunca. Y puedo jurar que se me quedó grabada a fuego; no la he olvidado desde entonces.

Últimamente me ha dado por pensar en este chico, no sé por qué. No puede ser que esté decaída por el síndrome premenstrual, porque la regla me vino hace una semana. Así que daré por hecho que mi cabeza me ha jugado otra mala pasada, sacando a flote un recuerdo que yo tenía bien enterradito. De todos modos, me acuerdo de él por temporadas, no es algo nuevo. Supongo que, como postuló Ian Malcolm (que no por ser personaje de ficción deja de ser un gran tío), en el mundo todos los procesos son cíclicos.

16 de abril de 2008

De pequeña me enseñaron...

Desde bien pequeñita me enseñaron la diferencia entre actuar con y sin cabeza: Hacer las cosas con cabeza era lo que hacían los demás, y hacerlas sin cabeza era lo que hacía yo.
Con la edad aprendí otra cosa que las diferenciaba: Hacer las cosas con cabeza hace que salgan bien, y hacerlas sin cabeza hace que sean un espantoso fracaso.
Conclusión lógica: Para tomar decisiones, intenta usar siempre la cabeza.

Si, muy bonito en la teoría, ¿pero y si a la señorita víscera le da por hacer su aparición estelar en medio de una decisión? Porque esa nunca avisa. De pronto aparece, y tú no sabes de dónde ha venido ni por qué, y cuando te quieres dar cuenta se ha ido, dejándolo todo patas arriba a su paso. Es de suponer que a la octava o así, uno desarrolla el sentido común para no dejarle ninguna ventana abierta a la insensata por la que pueda colarse. Pero aún así, a veces consigue hacerlo. Y entonces ni toda la cabeza del mundo te salva de caerte con todo el equipo.
Porque claro, la víscera siempre opina lo contrario que la cabeza. Y sus motivaciones son como mínimo igual de válidas...

15 de abril de 2008

Otakus: Guía práctica de identificación

En un primer momento un otaku puede pasar desapercibido entre sus congéneres no otakus, más que nada debido a que en japón todos los jóvenes llevan uniforme y el mismo corte de pelo, por lo que parecen clones. Pero para el ojo experto en seguida son evidentes ciertos rasgos inconfundibles.

Pasemos a enumerar rasgos característicos de estos extraños seres. Ante todo, lo primero que distingue a un otaku son sus gafas. Suelen ser baratas, de pasta gruesa de mala calidad, dado que son un objeto que tiende a atraer a los puños de los malotes de sus institutos, y claro, no van a andar gastándose miles de yenes en unas Ray-ban que les van a durar cinco horas. Los otakus que no pueden costearse la reparación regular de sus gafas suelen echar mano de la cinta adhesiva.

Un otaku jamás ha tenido novia conocida. Pero contrariamente a la creencia popular, no es porque las chicas no le hagan caso: Un otaku no perderá el tiempo en intentar ligar con mujeres de carne y hueso, que están muy por debajo de sus soñadas heroínas de manga.

El otaku pasa bastante tiempo en las nubes, soñando que es el único hombre de un mundo lleno de las mujeres perfectas – y hambrientas de sexo – de los mangas que lee. Sin embargo, no es raro ver cómo desprecia a cualquier tío al que se le ocurra babear por alguna mujer de ficción que no salga en un manga. Lo otakus están totalmente seguros de que tener la habitación – y las carpetas, libros, armarios, fondo de pantalla del ordenador... y todo lo que sea susceptible de colocar una foto encima – forrada de imágenes en todos los ángulos posibles de Naru Narusegawa es perfectamente normal, pero que tener un póster de Lara Croft en la pared es de degenerados.

Los otakus suelen ser de clase acomodada, tanto por la ingente cantidad de manga y anime que compran – aunque la piratería ha hecho que cada vez más especimenes de clase obrera puedan volverse otakus – como por la cantidad fija de dinero que tienen que desviar todos los días a la compra de la comida y merienda de los matones de su instituto.

También suelen tener la espalda ancha y las piernas largas, debido a las mochilas repletas de mangas, revistas y dvds – y ahora cada vez más también el portátil – que cargan en todo momento, y las tremendas carreras que tienen que pegarse cada vez que se cruzan por la calle con algún macarrilla.

Un otaku, salvo durante las clases, nunca será visto solo. Deben tener una especie de radar para detectarse unos a otros, porque sus grupetes – nunca demasiado numerosos – se componen de gente de prefecturas tan distantes como Sapporo y Kobe. No se sabe cómo llegan a conocerse viviendo a tamaña distancia unos de otros, si bien se especula que tienen la capacidad de emitir ondas de baja frecuencia que solo ellos detectan, que usan como método de reconocimiento y comunicación, y que algunos afirman haber heredado de su antecesor Tetsuo. Otros también afirman que esas mismas ondas son las que atraen los puños de la gente hacia sus gafas.

No suele haber muchas chicas otakus, y cuando uno se las encuentra – cosa muy rara – se da cuenta que sobre ellas es totalmente imposible hacer ninguna generalización, por lo que nos las saltaremos en este estudio. Solo decir que, inevitablemente, una otaku terminará volviéndose gothic lolita, comprándose un cuaderno de tapas negras en el que escribirá uno tras otro los nombres de la gente que odia y cómo desea que mueran, y al ver que ninguno de ellos la palma, acabará suicidándose ella (este parece ser el motivo por el que las otakus son tan escasas).

Los otakus son muy creativos. Todos ellos tienen alguna afición artística. No hay más que echar un ojo a la carpeta que se encuentra siempre en sus mochilas, en la que guardan sus creaciones. Uno la encuentra siempre llena de pornografía casera de él con diferentes heroínas de anime. También cantan bastante, normalmente los openings y endings de sus series favoritas.

Para acabar, solo aclarar que los otakus son unos seres inofensivos en grado sumo, pacíficos y sin ninguna pretensión característicamente friki como puede ser el ansia de dominar el mundo o la obsesión por aparatos eléctricos altamente inestables. Así que si usted se encuentra a un grupo de ellos por la calle, y les oye cantar a coro lo que parece ser un himno de invocación satánica, no se asuste ni corra a llamar a la policía, porque no corre ningún peligro.

Y si aún así le sigue preocupando que estén intentando invocar algún monstruo, le tranquilizaré diciendo que en cuanto Death Note se pase de moda, cesarán los cantos satánicos. Lo que no le garantizo es que el opening de la serie que se ponga de moda después le haga sentir más seguro...

... y pasaron los meses...

Se sentía muy nerviosa. Nerviosa, y terriblemente excitada.
Miró por la ventana de su cuarto, a la oscuridad que se extendía hasta el infinito. Observó los pequeños puntos de luz de las ventanas de los edificios cercanos, con las sombras en movimiento de sus moradores, y se los imaginó ocupados en diferentes quehaceres. Era viernes, así que los más seguro es que los que permanecían en sus casas estuvieran viendo la televisión, bien en soledad, bien acompañados de familiares o amigos... o amantes.
Ese pensamiento la excitó aún más. Casi sin pensarlo, se colocó la mano abierta delante de la entrepierna, como para intentar ahuyentar el cosquilleo que había aparecido de nuevo en esa zona. Levantó la vista, hacia las estrellas. No había demasiadas esa noche, ni muy brillantes. Solo Júpiter brillaba con toda su intensidad, reflejando la luz de todas ellas. Buscó la luna, una esfera blanca en el negro del universo. Se fijó en que la cuasi-esfera tenía forma de D. “Luna creciente...”
Así paso un buen rato, con la vista perdida en el infinito, mirando hacia la luna, pero sin verla. Se sentía muy cansada, física y anímicamente. Cansada... y anhelante.
Aquella noche por fin iba a verle de nuevo. Tras casi dos meses de ausencia, de oir su voz a través del teléfono o los altavoces del ordenador, de verle solo a través de monitores de baja calidad, que mostraban sus gestos a pantallazos... por fin, en menos de quince minutos, iba a volver a tenerle entre sus brazos.
Se apartó de la ventana como accionada por un resorte. El cosquilleo había vuelto, y esta vez más fuerte. Se dedicó a pasar revista a la casa, presa de unos nervios cada vez mayores. No entendía muy bien por qué lo hacía, pero estar ocupada haría más corta su espera.
Entró en la cocina y abrió el frigorífico, volviendo a ver la botella de vino y los refrescos que también habían estado allí las otras cinco veces que lo había comprobado. La cena seguía en el horno, caliente y apetitosa; tampoco se había ido a ninguna parte. Los platos, cubiertos, copas... todo estaba donde había estado esas mismas mañana y tarde, limpios y dispuestos para ser usados... Le pareció que estaba actuando como una ama de casa psicótica, pero siguió pasando revista. Echó una ojeada en el cuarto de baño, y comprobó que tanto el lavabo como la bañera seguían limpios desde que los hubiera limpiado hacía unas horas...
La vista de la bañera vacía volvió a excitarla. Llevaba el pelo limpio, y había tardado casi dos horas en conseguir que cada rizo de su larga melena castaña quedara exactamente en su sitio. Pero seguramente él vendría cansado y sudoroso, y como poco desearía darse una ducha para sentirse más cómodo.
“Y quizá se sentirá más cómodo aún si se toma la ducha con compañía...”
Cerró la puerta del baño casi con violencia. Había tenido pensamientos de ese tipo casi todos los días durante los dos últimos meses, pero últimamente la frecuencia con la que se descubría húmeda había llegado a cotas casi enfermizas... Se preguntó si le daría tiempo a aplacar su deseo antes de que él llegara... y descartó la idea casi de inmediato.
El salón estaba perfecto, tal y como lo había colocado. Ni el sofá ni los dos sillones se habían movido de donde los había puesto, y el televisor seguía mirando impasible hacia donde puede que en unas pocas horas estuvieran ellos dos sentados, besándose...
Los cuartos no necesitaban vigilancia alguna, pero aún así les echó un vistazo, como había hecho con el resto de la casa. La última habitación en la que entró, casi con miedo, fue la suya.
Vacilando, dio unos pasos lentos hasta colocarse en medio del espejo que cubría el armario empotrado, y repasó su aspecto. Las mechas color ciruela le brillaban como antorchas encendidas entre los rizos castaños. “Espero que se de cuenta de que fui a la peluquería...” pensó nerviosa mientras se acariciaba el pelo, apartándolo suavemente de su rostro. Apenas sí se había maquillado, tan solo una línea negra alrededor de los ojos, un toque de brillo en las mejillas, y un cacao color melocotón en los labios. “Tampoco quisiera poner perdidos de maquillaje los cojines...”.
Mientras luchaba contra el cosquilleo cada vez mayor de su entrepierna, revisó su indumentaria. El blusón negro no le marcaba la cintura, pero a él le encantaba aquel escote en pico, que dejaba ver una buena parte de sus senos. Se pasó las manos por ellos, medio dibujando la forma de gota de agua que tenían, medio acariciándolos, mientras un nuevo escalofrío de deseo le recorría el cuerpo. Se recogió un momento el blusón para ver reflejado su abdomen en el espejo, y después, más por costumbre que por otra cosa, intentó estirarse la minifalda negra.
“Es demasiado corta. Casi se me ve la blonda...” Intentó subirse un poco más las medias, pero o sus piernas eran demasiado cortas, o la blonda de la liga demasiado ancha. “No sé por qué me preocupo. Asome o no bajo la falda, al final de la noche se me va a haber visto por narices...”
Se colocó los zapatos negros de tacón que se había comprado el día anterior. El tacón no era muy alto, ni el calzado muy incómodo, pero a ella le encantaba andar descalzo - o en este caso, con medias - por la casa, y había esperado hasta el último momento para calzarse. Se observó una vez más en el espejo, esta vez mirando el conjunto más que los detalles. Si, no podía ser de otra manera, le tenía que gustar con aquel aspecto...
“¿Pero y si no...?”
Se sentó en una esquina de la cama, ahuyentando tales pensamientos. Miró el reloj. Sólo habían pasado cinco minutos. “Eso si llega puntual... que conforme va el tráfico bien que lo dudo...” Se sintió angustiada. No se le ocurría nada para hacer que el tiempo de espera se le hiciera más llevadero. Invariablemente sus pensamientos acababan dirigiéndose siempre al mismo punto...
Cerró los ojos. Sin querer, se vió recordando el día antes de su partida. Recordó cómo la había besado, cómo había acariciado su cuerpo...
Abrió los ojos, sobresaltada. Se llevó una mano a la entrepierna, por debajo de la falda, y palpó la ropa interior.
“Está demasiado húmeda. Debería cambiarme antes de que llegue. O mejor...”
Se levantó de un salto, y fue al cajón de la ropa interior. Pasó revista a la lencería casi sin verla, y al final cogió el tanga negro que tanto le gustaba, y se cambió la muda. Tiró el que había llevado puesto, bastante mojado, a la cesta de la ropa sucia, y se secó los dedos con una toalla. Volvió a mirar el reloj.
“Cinco minutos...”
Recordó la angustia del deseo no satisfecho que la había embargado durante aquellos sesenta días. Recordó cómo había llegado incluso a necesitar satisfacerlo en mitad del trabajo, y cómo había huído hacia los lavabos de la última planta, los que apenas sí se usaban, para darse placer en los escasos dos metros cuadrados de soledad y vergüenza que la rodeaban...
Le había echado de menos, de maneras insospechadas. Pero su cuerpo había sufrido muchísimo más que ella su ausencia...

.......

Se sobresaltó cuando oyó el timbre de la puerta. Sacó la mano de entre sus piernas, y se incorporó en la cama. Alargó el brazo para secarse en la colcha, y corrió hacia la entrada. Con dedos nerviosos abrió las dos cerraduras, quitó la cadena, y abrió la puerta casi con violencia, odiándola por interponerse solo unos segundos más entre ellos...

Primer día de curro

Creo que me va a gustar mi trabajo.
Estoy en un proyecto con otras siete personas. Corrijo, con otros siete hombres. Uno es el jefe de proyecto, que aparte de decirme hola cuando llegué, no me ha dirigido ni una sola mirada. El sub-jefe (o lo que sea. Me lo han presentado como "el jefe de planta", pero no sé muy bien qué es eso) es un tipejo anodino que me recogió en recepción cuando llegué, me montó un ordenador, me creó un usuario - en el ordenador, no en el dominio de la empresa - y pasó a ignorarme. Hay otro que trabaja en la mesa de al lado, que va a lo suyo. Luego hay uno que no me inspira demasiada confianza, y cuyo cometido parece ser llevar la contaria al resto. Y hay otros tres que me caen bastante bien: Un chico simpatiquillo con no demasiado don de palabra, un tipico friki que juega un guerrero protection en el WoW y odia a los shadow priests por ser fábricas de agroo, y un friki no tan tipico con bastantes conocimientos de politica, economía e historia. Los dos últimos ganaron un torneo europeo por parejas del juego de cartas de 'Juego de Tronos' en el 2004, por cierto.
El friki no tan tipico me ha dicho que en este grupo de trabajo se lanzan muchas puñaladas, "pero que yo tengo pinta de saber devolverlas". No sé si alegrarme. En TCP me dijeron algo parecido, pero aún no sé si era un cumplido, un insulto, o una mera observación.

Bueno, el caso es que me han dado un ordenador, me han instalado el 'Pocket PC Installation Creator', me han dicho que vaya jugueteando con él, y que ya veremos qué me van mandando. Tengo una idea bastante difusa sobre de qué va el proyecto en el que estoy, y una idea menor aún de lo que se supone que debo hacer con el puñetero Pocket PC creator de las narices, la verdad.

Ya empiezo a acostumbrarme a los primeros dias en una empresa de tecnologias de la información. Por lo pronto, me voy leyendo el tutorial del programita, porque no hay ni un solo manual disponible en línea, mientras miro el correo y los foros en los que estoy registrada...

13 de abril de 2008

Avril Lavigne: The Best Damn Thing

Dios, estoy super emo ultimamente. Pero mirad qué preciosidad de letra (o al menos el párrafo antes del estribillo, y el estribillo en sí). Y no os perdáis la referencia a la regla! XD

Avril Lavigne: "The Best Damn Thing"

Let me hear you say hey hey hey
Alright
Now let me hear you say hey hey ho

I hate it when a guy doesn't get the door
even though I told him yesterday and the day before
I hate it when a guy doesn't get the tab
And I have to pull my money out and that looks bad

Where are the hopes, where are the dreams
My Cinderella story scene
When do you think they'll finally see

[Chorus:]
That you're not not not gonna get any better
You won't won't won't you won't get rid of me never
Like it or not, even though she's a lot like me
We're not the same
And yeah yeah yeah I'm a lot to handle
You don't know trouble, I'm a hell of a scandal
Me, I'm a scene, I'm a drama queen
I'm the best damn thing that your eyes have ever seen

Alright, alright
Yeah

I hate it when a guy doesn't understand
Why a certain time of month I don't wanna hold his hand
I hate it when they go out, and we stay in
And they come home smelling like their ex girlfriends

I found my hopes, I found my dreams
My Cinderella story scene
Now everybody's gonna see

[Chorus]

Give me an A (always give me what I want)
Give me a V (be very very good to me)
R (are you gonna treat me right)
I (I can put up a fight)
Give me an L (let me hear you scream loud)

One, two, three, four

Where are the hopes, where are the dreams
My Cinderella story scene
When do you think they'll finally see

[Chorus]

Let me hear you say hey hey hey
Alright
Now let me hear you say hey hey ho

Hey hey hey
Hey hey hey
Hey hey hey

I'm the best damn thing that your eyes have ever seen

12 de abril de 2008

Los libros de mi casa

Mi casa siempre ha estado plagada de libros.

Había un libro enorme de trigonometría, cuyos dibujos me gustaban más que cualquier otro libro. Mis padres me los enseñaban y me contaban cuentos sobre ellos, y me decían que estaba aprendiendo trigonometría. Y yo, con el desparpajo que le corresponde a una cría de cuatro años, un día me planté delante de mi profesor de párbulos, y le solté que sabía trigonometría.

Cuando contaba ocho añitos, me empecé a interesar por el armatoste con teclado y pantalla delante del que mi padre pasaba tantas horas. Él me dijo que para entender lo que era, había que saber informática. Y me dio dos librillos finitos, llamados "Introducción a la informática", volúmenes uno y dos. Yo me fui tan contenta, y me los leí de cabo a rabo, varias veces, hasta que conseguí descifrar todo el contenido.
Así fue como aprendí a convertir de decimal a binario, y de binario a decimal, a los ocho años.

A los nueve años, me llamó la atención una bonita enciclopedia médica en tres tomos, sobre todo unas tablas de diagnóstico del principio y una guía de primeros auxilios del final (las partes con más dibujos). Pasaba las tardes enteras leyendo las páginas de aquellos libros.

A los diez años, mi hermana mayor se compró una enciclopedia de los pintores más destacados de la historia. A mi me encantaban los dibujos, así que dediqué horas y horas a mirar las láminas de cada uno de los libros, y a leer los recuadros bajo ellos.

A los trece años, mi hermana mediana se compró un libro de biología que pesaba unos ocho kilos, enorme, más grueso que ningún libro que hubiera visto hasta ese momento, y lleno de preciosos dibujos. Me leí los recuadros de todas las ilustraciones, y en ocasiones, al no entender del todo lo que ponía en ellos, me leía parte del tema del que trataban.
Así fue como, a los trece años, descubrí lo que era el puente de hidrógeno, gracias a la foto de un martín pescador cazando.

A los catorce años, mi hermana mayor se compró la trilogía del señor de los anillos, en un solo libro recopilatorio. Ella no pudo ni con las primeras cien páginas, y cuando lo desechó, las tapas lila y el castillo de la portada me llamaron la atención desde la estantería. Me lo leí en un mes.

A los quince años, de la biblioteca del instituto, llegó a mis manos un libro sobre la estructura y evolución del universo, sobre la entropía, los telescopios de ondas, el ciclo de vida de las estrellas, la generación de los agujeros negros, la teoría del universo en expansión enfriándose hasta morir, la teoría del universo cíclico que cuando se da totalmente de sí vuelve a contraerse hasta formar un nuevo big bang, y la teoría del multiverso lineal, entre otras.
Robé el libro de la biblioteca para tenerlo yo. Aún lo tengo escondido en la maletita roja donde guardaba mis tesoros de niña, junto a los tazos del street fighter.

...

Está claro que la culpa de que yo haya salido así la tienen los libros de mi casa. Habría que hacer como en el Quijote, quemarlos todos.

Memorias de una niña rara

Una vez, de pequeña, se me declaró una chica.

En mi pandilla de la playa no era especialmente popular. No le caía bien a la autoproclamada líder, y claro, por extensión no le caía bien a nadie. Aún así, la relación que tenía con ellos era bastante cordial.
Un verano llegó al pueblo una chica nueva. Ya estábamos en esa edad en la que las chicas comienzan a querer gustar, y se pintan como puertas y se visten como habituales de la calle montera, y aquella chica esgrimía ese tópico con una naturalidad pasmosa. Coincidiendo con la llegada de esa chica a la pandilla, yo descubrí un cibercafé que habían abierto dos hermanos, no demasiado mayores que yo, con dinero de sus padres. El mayor me gustó, y como de pequeña yo era muy mona, pues le gusté a él. La cosa no duró más de un día, porque me puso ciertas condiciones para seguir conmigo que yo, como buena niña tonta de dieciséis años, no acepté de ningún modo.
Lo que yo no sabía era que ese mismo chico le gustaba a la supuesta líder de la pandilla, que lo había intentado con él, y que éste la había rechazado. Y tampoco sabía que se había enterado de que a mi no.

Aproximadamente una semana después, una noche que estábamos toda la pandilla dando una vuelta por el pueblo, la chica nueva se me acercó y me dijo, muy seria y muy cortada, que le gustaba. Yo respondí, como mejor supe, que lo sentía, pero que no me gustaban las chicas. Pareció decepcionada, pero no insistió.
La noche siguió pasando, dimos una vuelta por el paseo marítimo y nos sentamos en corro en la arena de la playa. Eramos bastantes, el corro tenía su buen tamaño. No sé cómo, la conversación acabó versando sobre la homosexualidad. Momento que la chica nueva aprovechó para "decir algo que necesitaba que los demás supieran", y mencionar que yo le gustaba. Nunca había sentido tanta vergüenza, sobre todo porque la reacción de los demás fue comenzar a preguntarle si yo era la primera, o si ya le habían gustado otras mujeres antes.
Entonces ella comenzó una lista de desvaríos sobre si en su colegio - de pago - había una monja pederasta, o que si sus amigas y ella se solían hacer dedos en el baño durante los recreos, o no sé qué de una uña... Lo que recuerdo más vivamente que todo lo demás, durante aquellos momentos, es que mi cara empezó a arderme, que me estaba muriendo de vergüenza, que cada vez me costaba más respirar. En cierto momento de su discurso, ella se levantó, se sacudió la arena de la falda, se me acercó, se arrodilló junto a mi, me puso una mano en el hombro y dijo: "Aunque creas que no, igual te gusta. ¿Por qué no te vienes a pasar la noche conmigo, a mi casa?"

Recuerdo claramente lo que pasó a continuación. Yo la había estado mirando todo el rato, pero en ese momento no pude más. Agaché la cabeza y, la vista clavada en mis pies, dije "Esto tiene que ser una broma". Y lo que mi oído izquierdo percibió en aquel momento fue un "¡Por dios, menos mal que te has dado cuenta!" teñido de desprecio. Volví la cabeza hacia ella, que se estaba levantando y volvía a su sitio riéndose. Miré al resto de la gente del corro, y todos tenían una sonrisa en los labios. Pregunté qué demonios había sido eso, y me contestaron que me habían querido dar un escarmiento por haberme metido con la manera de vestir de la chica nueva.

Intentando recordar cuándo había yo dicho en voz alta lo que pensaba de los modelitos que llevaba aquella aspirante a prostituta, llegué a una noche en la que la "líder" de la pandilla y otra chica habían estado insultándola, y yo, para no quedarme fuera del grupo, me uní a ellas. ¿Pero cómo me escarmentaban a mi, si eran ellas quienes pensaban todas aquellas cosas? Me dijeron que así aprendería a no meterme con la gente. Se rieron a carcajadas mientras yo, con los ojos como platos y totalmente roja, me levantaba de la arena y me volvía a mi casa dando traspiés, abrumada por la crueldad de lo que me acababan de hacer mis supuestos amigos.

Durante casi todo el verano pensé que lo habían hecho por pasar el rato. Yo en la pandilla era un cero a la izquierda, y por lo tanto el blanco perfecto de las burlas en caso de no tener nada mejor que hacer. Pero más tarde me enteré del pequeño detalle de que el chico con el que había tenido el minirollo de día y medio había rechazado ese mismo verano a mi supuesta amiga, y todo cobró sentido.

¿Por que eran tan malos? No dejé de preguntármelo en todo el verano. De hecho, aún me lo sigo preguntando. Yo no les había hecho nada, pero confabularon para ponerme en ridículo de tal manera que no pude volver a mirarles a la cara a ninguno de ellos. Por eso en cuanto pude comencé a pasar los veranos en Madrid, trabajando, en vez de ir a la casa del pueblo con mis padres.

En cierto modo esa experiencia fue buena: Aprendí que a la gente no hay que creerla nunca cuando te dice cosas bonitas, y comencé a ganar un dinerillo extra para cómics.
Todo ventajas.

What be your nerd type?

Es enorme!! XDDD

What Be Your Nerd Type?
Your Result: Drama Nerd

You sure do love the spotlight and probably have a very out-going and loud personality. Or not. That's just a stereotype, of course. Participation in the theatre is something to be very proud of. Whether you have a great voice for musicals, or astounding skills for dramas/comedies; keep up the good work. We need more entertainment these days that isn't television and video games (not that these things are bad, necessarily.)

Literature Nerd

Gamer/Computer Nerd

Science/Math Nerd

Anime Nerd

Social Nerd

Artistic Nerd

Musician

What Be Your Nerd Type?
Quizzes for MySpace

What mental disorder do you have?

What mental disorder do you have?
Your Result: GAD (Generalized Anxiety Disorder)

You can never seem to calm down and always feel anxious for unknown reasons. You tend to not be able to concentrate and have headaches or other anxiety symptoms.

Manic Depressive

Paranoia

OCD (Obsessive Compulsive Disorder)

ADD (Attention Deficit Disorder)

What mental disorder do you have?

11 de abril de 2008

What's your best Quality?

What's Your Best Quality?
Your Result: Out-Going

Your best quality is out-going! People like you because you are fun to be around and no one ever knows what you will do next. Also you are not afraid to say or do whatever
you want.

Intelligence

Personality

Ambitious

Loving

Sense of Humor

What's Your Best Quality?
Take More Quizzes

9 de abril de 2008

Pablo Neruda: Puedo escribir los versos más tristes esta noche

Siempre me ha enternecido leer este poema, incluso de pequeña, cuando no sabía nada sobre los sentimientos de los que hablaba el autor. Porque dios, emana tanta tristeza... Está tan desolado, tan solo... Cuánto transmitirá, para que a una niña de diez años que no sabe nada de la vida, se le inunde el corazón de nostalgia cuando lo lea...

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche esta estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los ultimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda. De "Veinte Poemas de Amor y Una Canción Desesperada"

Divagando

El ruido suave que hacen las teclas de los ordenadores al pulsarlas es hipnótico. Junto con los susurros de mis compañeros de trabajo, sentados delante mía, está adormeciéndome.
Puedo teclear sin mirar al teclado ni al monitor; de hecho puedo teclear sin pensar lo que estoy escribiendo, tanta práctica tengo ya programando. Una pequeña parte de mí está sentada delante del ordenador tecleando, y otra, la mayor parte, decide dejar la pequeña sala donde trabajo para buscar lugares más interesantes.
Hago mentalmente la lista de la compra. Luego, mentalmente también, tomo nota de las tareas de las que me tengo que encargar cuando llegue a casa hoy. Miro el correo. Ojeo los foros en los que estoy registrada. Observo los bucles perfectos de mi compañera de trabajo, dos filas delante de la mía, y decido ir a la peluquería a hacerme una permanente nada más cobre este mes.
Pienso en lo que hice ayer, en lo que queda de semana, en la amiga a la que me he encontrado hoy en el metro yendo al trabajo, y en lo que me ha contado. Anoto mentalmente que debo llamarla para volver a verla; se quedó a medias de contarme algo muy interesante.

No sé si es el ambiente del edificio, tan aséptico e impersonal, pero estoy algo decaída. O quizá es el sueño. Vuelvo a mi cuerpo a tiempo de minimizar el navegador en el que estoy escribiendo un correo electrónico, justo antes de que mi jefe llegue al ángulo de visión de mi pantalla.
Medito sobre temas más trascendentales, que suelen acabar hundiéndome la moral. Pienso en las palabras y los actos, el sedentarismo, el conformismo, la fosilización. Pienso en los factores que favorecen el progreso, y los que lo frenan, a nivel de población y de individuo. "Las poblaciones aisladas evolucionan mucho más rápido que las globalizadas", pienso. La competencia favorece la evolución, lo mires por donde lo mires.
No sé por qué he acabado pensando en esto, la verdad. Últimamente pienso mucho, a mi pesar. La gente parece empeñada en que siga pensando, por mucho que me resista. Y cuando no estoy pensando en lo que me dicen, mi cerebro se revela, y surgen ideas de la nada. Como ésta del avance del progreso.
Me gustaría no pensar tanto. De hecho, me gustaría no pensar en absoluto. ¿Qué tiene de malo ser una cabeza hueca? Seguramente duermas mejor por las noches, cerrarás los ojos y no aparecerán de pronto todos esos pensamientos que me llevan provocando insomnio desde hace meses.

Déjame en paz, no quiero pensar. Digas lo que digas, tener tantas cosas en la cabeza no es bueno, y tú deberías saberlo también. Sobre todo si por mucho que te esfuerces no logras sacarlas. Y mucho más si una de esas cosas eres tú.

6 de abril de 2008

Una breve explicación

Si viviste aislado de la realidad la mayor parte de tu vida, y te enseñaron a afrontarla según unas normas que, si bien de puertas para dentro funcionan divinamente, al salir al mundo no son más que basura costumbrista. Si desde que echaste eso que los adultos llaman sentido común, o al menos algo que se le pareciera, viviste deseando salir ahí fuera y valerte por ti mismo, odiando la protección, el aislamiento, el boicot vital al que te tenían sometido. Si a cada oportunidad te escapabas por las fisuras de la burbuja en la que te tenían encerrado, importándote poco o nada las consecuencias de tu desobediencia, pero te volvían a meter dentro mucho antes de que hubieras probado más que un bocadito de eso llamado vida, que tan poco le gusta al mundo y tú tanto ansías.

Si te pasó todo eso, seguramente cuando por fin saliste al mundo - porque ni todos los anacronismos del mundo pueden mantenerte aislado de la realidad cuando has cumplido los veinticinco años - ya sabías que las reglas que te enseñaron de niño no sirven para este plano de la realidad. Algo aprendiste, algo supones, algo improvisas, y te las apañas. Mejor o peor, pero te las apañas.

Pero queda el problema de la costumbre. La mayor parte de las veces, te regirás sin darte cuenta por esas normas obsoletas que nadie salvo quien te las enseñó entiende, y solo te darás cuenta cuando veas las miradas extrañadas de la gente, u oigas sus comentarios de sorpresa. Intentarás por todos los medios regirte por otras normas, pero aparte de las que conoces, nadie se ha molestado en mostrarte otras. No tienes nada con lo que enfrentarte al mundo, porque nadie te ha proporcionado las armas. Y forjarte unas ahora lleva tiempo. Así que mientras te las vas fabricando, usas las que ya tienes.

Yo no te juzgaré por tu sistema de valores, por tus contradicciones en tu código ético, ni por tus reacciones exageradas, anacrónicas, o directamente antisociales. No te miraré con sorpresa cuando aseveres ciertas cosas, ni haré chistes a tu costa. Porque a mi me pasó lo mismo. Yo sé por lo que pasaste, y por eso entiendo cómo eres, y sé que lo estás haciendo lo mejor que sabes, aunque no lo parezca. Comprendo que te sientes totalmente fuera de lugar en el mundo, y que intentas con todas tus fuerzas que éste te acepte.

Y solo espero que el resto de la gente también lo comprenda.

Nunca

¿Nunca has tenido la sensación, cuando estas hablando con alguien, de que a esa persona no le interesa en absoluto lo que estas diciendo? ¿Nunca, en mitad de una conversación, teniendo tú la palabra, de pronto has tenido la certeza de que estás haciendo el ridiculo? ¿De que más te valdría callarte y quedarte en un rincon, y dejar de ser tan patético?

A mí me pasa constantemente

¿Amenaza?

Nunca había creído que nadie fuera a considerar a un ser tan insignificante como yo una amenaza. Y el hecho de que alguien lo haga me hace pensar que quizá sea aún más insignificante de lo que yo lo soy...

El hadita aventurera

Aquella mañana todo brillaba en el bosque. La lluvia ligera que cayera durante la madrugada había dejado una capa de roció en las plantas y las rocas, y el benévolo sol de primavera, al reflejarse en las diminutas gotas, les confería un aura dorada.

El hada se desperezó sin prisas, estirándose cuan larga era. Respiró el agradable aroma a hierbas y a tierra mojada, y se dedicó a remolonear un poco más en su lecho, disfrutando del calor del sol en su cuerpo. Se volvió de espaldas y estiró y batió unas cuantas veces sus alas. La intención era secarlas del rocío al sol mientras ella seguía descansando, pero los brillantes colores que ostentaban atrajeron a los insectos de la zona, y pronto un pequeño enjambre zumbaba sobre su espalda. Molesta por el ruido, sacudió las alas con fuerza, pero no pareció disuadir a los intrusos.

Cuando se hartó del zumbido, decidió levantarse y hacer algo de provecho. Lo primero era el aseo personal: Quería estar guapa aquel día, el primero de la primavera en que el sol era tan brillante. Encontró una gota de rocío especialmente grande dentro de una petunia, y la usó de bacinilla para sus abluciones matinales. Luego, posada sobre el cáliz de una flor rosa fuerte, se frotó el polen de aquel color por el cuerpo haciendo un intrincado dibujo floral sobre sus extremidades, torso y vientre. Cuando el resultado del tapiz la satisfizo, recogió un par de brotes y se recogió el pelo, adornándoselo con ellos. Se contempló en el espejo de una campanilla aún llena de agua, y se encantó a sí misma. Seguro que aquel día, que tan bien había empezado, le deparaba mil y una aventuras y sorpresas agradables.

Con una última sonrisa al espejito, el hada desplegó sus alas, y emprendió el vuelo.

2 de abril de 2008

Voces

Están los cantantes que suenan muchisimo mejor en el disco que en directo.

Están los cantantes que suenan igual en el disco que en directo.

Están los cantantes que suenan peor en el disco que en directo.

Y luego está Madonna.

Realmente, esa mujer ha debido hacer un pacto con el diablo. Pero qué demonios, ha valido la pena.

"Debéis decidir"

Hoy uno de mis compañeros de mi recién estrenado trabajo me ha sorprendido con la siguiente frase: "Vosotras las mujeres, ahora no os dais cuenta, pero cuando lleguéis a los treinta os daréis cuenta de que tendréis elegir,y renunciar o a trabajar, o a casaros y formar una familia y cuidar de ella"

Resulta "encantador", en primer lugar, ver que esa perla sale de la boca de un púber de veintitrés años. Me gustaría ver en mi situación a todas esas mujeres que dicen que gracias a la educación en la igualdad de los niños varones se está erradicando el machismo.

En segundo lugar, la afirmación en sí me enerva: ¿Cómo que "tenemos que" elegir? ¿Cómo que "tenemos que" renunciar? ¿Y cómo que "a los treinta"? ¿Acaso el libro de cabecera de ese niñato es "la enciclopedia de los tópicos"? Y sobre todo, ¿de qué especie de familia ha salido ese engendro? Al intentar refutarle, sale con aquello de "No querrás que los tengamos nosotros, ¿verdad?", seguido por una carcajada de todos los varones presentes.

Conversaciones posteriores desvelan que su padre es obrero, y su madre, señora de la limpieza. Todos los trabajos son igual de dignos, y acaso el de obrero de la construcción es más necesario que la mayoría, pero al saber de qué viven los padres de la criaturita me explico muchas cosas.

Si una mujer no quiere casarse ni tener hijos, ¿por qué ha de verse forzada a decidir? ¿Por qué si decide que no lleva estudiando desde los cuatro años para convertirse en ama de casa y niñera, la gente la va a mirar con lástima, porque "ha renunciado a su vida"? ¿Y por qué las madres de familia y amas de casa, que han "tenido que" elegir, son tan infelices? ¿Por qué el hombre es totalmente libre de elegir si quiere o no dedicar su vida a su familia, o de dejar el trabajo incluso, y sin embargo la mujer "se ve obligada"? ¿Por qué hablamos de obligaciones cuando se trata del género femenino? ¿No podemos simplemente decidir, al igual que lo hacen los hombres, lo que queremos hacer con nuestra vida?

Los que hayan leído a Schopenhauer responderán a esto último que dado que las mujeres tienen el mismo desarrollo mental que los niños, necesitan un hombre a su lado que les ayude a encarrilar su vida, y les indique lo que "deben" hacer en cada momento.
Claaaaro. Como con los niños no se puede razonar, se les ordena que hagan las cosas. Como tú eres la que tiene el útero y la que pare, es lo más normal del mundo que renuncies a tu vida para cuidar al fruto de tu vientre.
Y yo respondo: ¿Tengo que recordaros cómo se hacen los niños? Porque que yo sepa, lo de la Virgen María fue un caso único.
Y también digo: Es típico de los niños echarle la culpa a otros y buscar explicaciones estúpidas por las cuales eximirse de hacer el trabajo cuando una tarea les viene grande. Explicaciones del tipo "si Dios hubiera querido que yo cuidara a los niños, me habría puesto a mi el útero"

Que estamos en el siglo veintiuno, por dios. Ya va siendo hora de que ese tipo de comentarios desaparezcan, o que al menos no se le ría la gracia a quien los dice.

Factor decomisos

"Imagínatelo, nos recordarán durante generaciones. Igual hasta nos harán un sitio en las enciclopedias, en las páginas web, ¡en la mismísima wikipedia incluso!"

Las palabras que le convencieron. Era joven, inconsciente, tenía la sensación de que la vida estaba desaprovechando su talento, y además se aburría. Practicamente no ofreció resistencia cuando le comentaron el plan. Por supuesto que su primera respuesta fue un no rotundo; sólo si se negaba en un primer momento ganaría el protagonismo que claramente se merecía, ya que todo el mundo intentaría convencerle de que cambiara de opinión.
Cuando su ego se sintió satisfecho accedió, bien que a regañadientes, a tomar parte. El riesto era mínimo; la diversión garantizada. Y si bien no estaba del todo de acuerdo en que los autores se dieran a conocer, por posibles represalias, compartía la opinión de que aquello sería tan sonado que tardaría años en olvidarse.
Capitaneó la operación tal y como se había esperado, con rigurosidad y exactitud. Planeó qué materiales necesitarían, las cantidades exactas, las proporciones necesarias y suficientes para las reacciones químicas. Estudió en el calendario las fechas más adecuadas para poder pasar inadvertidos, aquellas en las que las posibilidades de ser perseguidos tras su actuación fueran mínimas. Se decidió por el domingo de resurrección.
No hubo contratiempos. Nadie se retrasó ni olvidó nada de lo que tenía que llevar. El montaje del dispositivo duró tres segundos menos de lo previsto. Pensó que aquello era natural: No habían dejado nada en manos del azar. Habían comprobado que la escalera de incendios era accesible, tardarían en llegar a la calle con tiempo suficiente para subir en el cercanías que pasaría tres minutos después de que salieran de allí, y tres antes de la detonación.
El factor humano, el más común por el que los planes se echaban a perder, no llegaría a manifestarse.

Una lástima que hubieran comprado el cronómetro en una tienda de segunda mano.

Un ruido ensordecedor justo sobre sus cabezas, cuando apenas habían bajado unos peldaños. Calor, muchisimo calor, tanto que la piel le empezó a quemar sólo por el contacto con el aire. La pared abombándose, despedazándose sobre ellos, enormes trozos de cemento incrustándose en las cabezas y el cuerpo de sus compañeros. Una llamarada abriéndose paso entre los pedazos de pared, los hierros retorcidos de las escaleras y los cadáveres de sus amigos, envolviéndole con brazos de fuego antes de que perdiera el sentido.

Las palabras que le convencieron fueron su último pensamiento.