21 de abril de 2008

Memorias de una niña rara (2)

Una vez, cuando yo contaba diez y seis o diez y siete años, me pasó algo muy curioso.
Era verano, y en el pueblo donde pasaba las vacaciones yo ya me había enemistado con la totalidad de la gente de mi edad por aquel entonces. Recientemente había descubierto que yendo sola al cine no solo no me arrancaban un brazo, sino que podía ir a ver la película que quisiera, y encima la disfrutaba más que acompañada por la tipica amiga coñazo que no para de hablar en la hora y media que dura la proyección. El descubrimiento de que hacer cosas sola no provocaba ningún trauma digno de mención hizo que, un fin de semana, me animara a salir de bares sola.

Fue un terrible fracaso. Cuando yo voy de bares, voy a bailar, pero sin el grupo de conocidos alrededor mía haciendo el ganso, fui incapaz de deshinibirme lo suficiente como para mover un músculo. Lo intenté emborrachándome, pero justo ese día parecía haberme vuelvo inmune al alcohol. Y la guinda fue ver aparecer en el pub al chico con el que había tenido el minirrollo de día y medio, cogidito de la cintura de su nueva conquista - que, dicho sea de paso, estaba bastante más buena que yo.
Aterrada, salí del pub, y me metí en otro en el que la música estaba un poco más baja y se podía pensar sin interferencias. Totalmente concentrada en las ondas que hacía en el vaso mi martini con limón, no vi llegar a un chico, bastante mayor que yo, que se puso a hablarme.
- ¿Sabes qué pasa con los borrachos?
- ¿Cómo?
- Si, ¿sabes qué pasa con los borrachos? Que cuando te entran, son divertidos los veinticinco primeros segundos, y luego se convierten en unos plastas babosos. ¿No te parece?
- ...
- Entonces, mira, vamos a hacer una cosa, yo me presento, y hacemos como que no te he dicho nada antes, te hablo veinticinco segundos, y me voy. Así no pensarás que soy un plasta baboso, ¿vale?
- Eh.... vale.
El tío se cuadra, se coloca el cuello de la camisa, y me alarga la mano como si tal cosa. Yo se la estrecho desconcertada. Si no hubiera sido tan joven y tonta, me habría reído de lo lindo con aquello.
- Hola, ¿que tal?
- ... bien...
- Oye, tu sabes aquello de que los niños y los borrachos nunca mienten, ¿verdad? - y estaba claro que él pertenecía a los segundos - Pues mira lo que te voy a decir: Eres guapa
- ...
- Si, lo que te digo, eres muy guapa. Eres preciosa. Eres una de las cosas más bonitas que he visto nunca. Y en el futuro no debes dejar que nunca nadie te diga lo contrario, porque estará mintiendo. ¿Entendido?
- ...
- Muy bien, pues como ya han pasado los veinticinco segundos, y no quiero parecer pesado, me voy.
Y con unas palmaditas en el hombro, salió de mi campo de visión. No me molesté en seguirle con la mirada, estaba demasiado sorprendida.
Ese tío no estaba borracho, solo le apetecía reirse de una niña tonta, pensé. A fin de cuentas, yo tenía espejo en mi casa, veía lo que había, y todos mis conocidos también me lo dejaban clarito cada día.

Y aún así... Cuántas veces he deseado que ese borracho fuera ese angel de la guarda de nuestra infancia, que vino a cuidar de mí cuando estaba triste, y a recordarme que no todo en el mundo apestaba...

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