30 de junio de 2008

Southern se casa

Tengo una pseudofan. Es americana, y se llama Nicole. Tiene una cuenta en DeviantArt, y la verdad es que es bastante buena, y va mejorando con cada cosa nueva que sube. Pongo aquí la dirección por si alguien quiere echarle una ojeada: SoutherDelight.deviantart.com
El caso es que hoy me he enterado de que ella y su novio se van a casar. A ella se la ve super contenta, y por los comentarios que ha hecho su novio en la entrada de diario en la que ella da la noticia, parece ser que él también anda ilusionadillo.
En fins. Quien quiera alegrarse por ellos, que se alegre. Quien quiera darles el pésame, que se lo de. A mi me hace mucha ilusión que alguien esté tan seguro de que va a querer a una persona durante el resto de su vida como para casarse con ella. Y me hace ilusión y me da mucha envidia que Southern (yo la llamo así, por su nick en DeviantArt, aunque se llame Nicole) haya encontrado a esa persona, y que sea correspondida.
Y les deseo toda la felicidad del mundo, durante el mayor tiempo posible. Y si se puede, para siempre también.

Manías varias

Hubo una temporada en la que me sentía tan necesitada de escuchar una voz amable, que buscaba en las cadenas de televisión locales los programas de las pitonisas, esas que te leen el futuro por teléfono con las cartas del tarot. Había una en particular, una tal Zulai, a la que me encantaba escuchar. Su tono de voz era tan amable y cordial que lograba tranquilizarme por muy inquieta que estuviera. Esa, y la santera Miguelina. Sobre todo me gustaba esta última porque además de leer el tarot, daba consejos para limpiar el aura de la casa, y para atraer la buena suerte. Siempre me decía a mi misma que algún día tenía que hacer alguna de esas cosas, para ver si conseguía realmente atraer la buena suerte. Octavio Aceves también me gustaba mucho, tenía un tono de voz dulcísimo, y más que predecir el futuro daba consejos, así que no solo era tranquilizador escucharle, sino sobre todo interesante.
En fin, volviendo a lo que iba. Me daba perfecta cuenta de que buscar un tono de voz amable en la televisión era bastante penoso, pero lo mirase por donde lo mirase, esa era la única forma de conseguir que alguien me hablara con amabilidad.

Esta mañana, por primera vez desde que comencé en mi nuevo trabajo, me he levantado a mi hora. Mis padres no estaban en casa, así que he podido poner la radio a todo volumen en la minicadena del salón. Justo estaba empezando el programa matutino que suelo escuchar. El locutor comentó que iban a abrir los teléfonos para recibir llamadas. Sin darme cuenta, de pronto tenía el móvil en la mano, y pulsaba el número de teléfono conforme el locutor lo iba mencionando. Tuve suerte, y me cogieron a mi la llamada. El locutor, todo cordialidad, estuvo preguntándome sobre cómo pasé la noche del partido, cómo lo celebré, y qué cuerpo tengo después de haber dormido dos horas tras volver de fuenlabrada y tener que madrugar para ir a trabajar.
Cuando colgué, si bien me sentía bastante mejor, me di cuenta de que había hecho aquello porque necesitaba oír una voz amable interesarse por mi. Y se me volvió a venir el mundo encima.
"Dios, otra vez como cuando tenía veinte años", pensé. Pero, vamos a ver, si no consigo que nadie sea amable conmigo, ¿qué tiene de malo buscar voces amables, aunque no vayan dirigidas a mi?

Solo es una manera como otra cualquiera de intentar encontrarse mejor. Hay gente que para conseguirlo se emborracha o se droga. Yo solo llamo a las cadenas de radio y pongo los programas de tarot en las cadenas locales. No es tan malo, a fin de cuentas.

25 de junio de 2008

Parcela privada

Nunca, bajo ningún concepto, os liéis con una persona con la que tengáis demasiadas cosas en común. Aseguraos siempre que, en caso de que la cosa acabe mal, no os lo vais a encontrar hasta en la sopa cada vez que queráis relajaros, o salir con los amigos, o echar una partida a un videojuego online. Y si se da el caso, aseguraos de que ambos sois lo bastante adultos como para, en caso de que la cosa acabe mal, poder seguir tratándoos con respeto.
Que si, que tener cosas en común es muy bonito. Pero en su justa medida. Siempre dejaros una parcela privada, en caso de que tengáis que salir por patas.
Porque si tenéis que hacerlo, y no tenéis esa parcela, os tocará pasarlas putas.

Lobo y la Caperucita Feroz (parte 5)

El guardabosques había visto un rastro de sangre reciente por el camino que conducía de la aldea a la casa de aquella excéntrica anciana, y decidió seguir el rastro. Tras un largo rato, cuando quedó claro que la sangre se dirigía hacia el claro donde se encontraba la casa de la anciana, se inquietó. Había demasiada sangre derramada, y ningún cadáver. El ser que había pasado por allí debía ser gigantesco.

Aquél día aún no se había pasado a ver a la vieja señora, así que decidió dejar la ronda para más tarde, y de paso investigar un poco más aquel reguero rojo. Al estar ya cerca de la edificación, vio que la sangre cruzaba el umbral de la puerta de entrada, que estaba abierta de par en par. Esto le preocupó de veras; la anciana nunca cerraba con llave, pero no soportaba que se dejara abierto. Se acercó con los habituales gritos con los que se hacía notar al acercarse a las edificaciones en el bosque, pero nadie respondió a su saludo. Todo estaba silencioso, ni siquiera oyó la débil voz de la anciana saludándole desde dentro.

Se descolgó la escopeta de la espalda, y comprobó que estaba cargada. Con cautela, se acercó al edificio. Al mirar por la ventana, vio un enorme charco de sangre en mitad de la estancia, y a un animal gigantesco despatarrado en la cama donde dormía la anciana. El monstruo parecía tener la forma de un lobo, pero su tamaño era tan descomunal que resultaba difícil asegurarlo. Un chorro constante de sangre manaba de sus cuartos traseros, empapando las sábanas y el colchón. Tenía el vientre abultado, y respiraba con dificultad. De hecho, parecía estar agonizando.
De pronto, el animal giró la cabeza y vio al guardabosques. Éste, sobresaltado, se dio cuenta que los ojos del monstruo no encajaban con el resto de su anatomía. Sus ojos, empañados por las lágrimas que estaban derramando, parecían suplicarle algo, más que amenazarle.
El lobo abrió sus fauces, intentó pronunciar algo. El aire salió de sus pulmones y articuló una primera sílaba.
- Soc...
Antes de poder seguir, el animal torció el gesto en una mueca de dolor. Empezó a soltar gemidos agonizantes, a la vez que su abultado vientre se movía hacia dentro y hacia fuera, como palpitando. El guardabosques oyó los gritos amortiguados de caperucita, la nieta de la anciana que vivía allí, venir de dentro de la casa, y comprendió que era ella la que estaba dentro del estómago de la bestia.

El hombre se incorporó y entró en la casa por la puerta, ya más relajado. Aquel lobo se estaba muriendo, de eso no cabía duda. Le habían hecho algo terrible, y donde ahora estaba tendido era donde iba a morir. Y el guardabosques no sabía explicar cómo, pero tenía el presentimiento de que ese algo terrible tenía que ver con la muchacha que ahora llevaba en su estómago.
Se inclinó al lado de la cama, y acarició la cabeza de la bestia, que se retorcía de dolor a cada nuevo golpe de caperucita, y movía la mirada suplicante de él a su escopeta, y de vuelta a él. El guardabosques se apoyó el arma en el hombro, y apuntó al cráneo del animal, cuyos ojos pasaron de la súplica al agradecimiento. El hombre se preguntó si realmente estaba viendo todos aquellos sentimientos en los ojos del lobo, o se habría vuelto loco ante la visión de aquel monstruoso animal.

Cerrando los ojos, apretó el gatillo de la escopeta.

24 de junio de 2008

Por La Moraleja

Me siento bastante rara, siendo como soy una chica de clase media baja venida a más a base del sudor de mi frente, y trabajando en un edificio asentado en la calle que separa Alcobendas de La Moraleja, que suele estar llena de niños bien que no tienen ni idea del valor del dinero que a ellos les sobra y a mi tanto me ha costado empezar a conseguir en cantidades decentes.

Justo ayer, cogí el autobús para ir a Plaza de Castilla, en vez del metro, y pasé por un cúmulo de urbanizaciones de chalets. El paisaje que observaba estaba plagado de jardines bien cuidados, aceras inmaculadamente limpias, chalets de cuento de hadas, mujeres con aspecto de eficientes amas de casa paseando con niños cogidos de la mano y cara de no haber tenido ni una sola preocupación en toda su vida... Nadie llegaba tarde a ningún sitio, nadie llegaba cansado del trabajo, nadie tiraba basura al suelo, nadie pisaba el césped. ¡Por Dios, si ni siquiera estaban gastadas del uso las rayas de los pasos de cebra!

Me sentí, incluso metida en aquel autobús lleno de gente que volvía de su trabajo, totalmente fuera de lugar. Me sentí inferior por haber trabajado desde los diez y seis años para poder pagarme mis gastos y mis caprichos, por trabajar ocho horas al día para poder cobrar a fin de mes, por tener que tragarme hora y media de ida y hora y media de vuelta cinco días a la semana, por mis pobres sueños de alquilar un piso con varios amigos por la zona menos ostentosa del Barrio del Pilar para vivir más cerca del trabajo.
Pero si para mi comer en un Vips es todo un acontecimiento, cuando para esa gente debe ser el equivalente a comprar un sandwich en una tienda de Chinos...

23 de junio de 2008

ensalada italiana

Hoy he descubierto que la ensalada italiana no sabe a nada. Estaría muchísimo más buena con cebolla en vez de albahaca, y queso feta en vez de mozzarella. Y con aceite y vinagre, en vez de esa mezcla rara.
Claro, que entonces ya no sería ensalada italiana...

Una de psicología

Cuando se puso de moda el tema del maltrato a mujeres, cada vez que alguna nueva noticia sobre ello aparecía en los periódicos o en las noticias, mi madre siempre culpaba a las víctimas. Porque a excepción de unos cuantos casos, el agresor normalmente tenía varias denuncias a cuestas, o una orden de alejamiento de la víctima, y sin embargo ésta se encontraba por propia voluntad con el agresor en el momento del maltrato.
Yo no puedo culpar a alguien de que otra persona la golpee, a veces hasta matarla. ¿Qué pasa, que esas pobres mujeres obligaron a sus maridos o novios a clavarles un cuchillo de trinchar carne en el pecho? La culpa de la agresión la tiene el agresor, no la víctima, se dé por las circunstancias que se dé. Pero nunca entendí por qué se dejaban maltratar repetidas veces. Porque vale, vamos a ponernos machistas. Una vez se le puede ir la mano: puede tener un mal día, puede írsele la cabeza... Pero dos ya no tiene excusa. Y tampoco entendí por qué éstas víctimas perdonaban tan a la ligera, sabiendo que su vida podía peligrar si se volvían a acercar a aquellos hombres.
Mi madre decía que los maltratadores saben escoger a mujeres que no se vayan a revelar, que de alguna manera las saben reconocer. Otra cosa que no conseguí explicarme es cómo un hombre podría saber eso antes incluso que el nombre de una mujer. Lo que sí sabía a ciencia cierta es que yo nunca sería de ese tipo de mujeres.

Como la vida es lo que tiene, que nos hace más sabios, si bien cuando empezó a ponerse de moda denunciar los maltratos yo era demasiado canija para saber nada, hoy puedo hacer una conjetura más o menos afortunada al respecto.

En mi opinión, y es sólo eso, una mujer maltratada tiene en su interior una mezcla de estúpida confianza, bondad rayana en la tontería, e impotencia.
Ella, cada vez que él le prometa que no lo volverá a hacer, aunque sepa que la está mintiendo, se autoconvencerá de que esta vez sí es cierto, que esta vez él va a cumplir su palabra. Quizá porque quiere seguir creyendo en él contra toda esperanza, quizá porque es demasiado tonta como para ver la verdad, o quizá incluso porque piense que se lo merece. Quizá quiere seguir creyendo en él pensando que su fe hará que él se arrepienta y se empiece a comportar como es debido. Quizá lleva tanto tiempo creyendo en él, por mucho que la decepcione una y otra vez, que ya no es capaz de hacer otra cosa. O quizá porque nadie más cree en él, y ella se ve en la obligación de hacerlo, porque piense que si él ve que alguien por fin cree que puede ser mejor persona y comenzar a cumplir sus promesas, lo hará. Quizá piensa que lo único que él necesita es que alguien crea en él.

Eso en cuanto a la fe y la bondad. La impotencia puede venir de la dependencia económica; puede que la mujer no tenga estudios o no se vea cualificada para trabajar en ningún sitio, dependa totalmente del sueldo del hombre, y por lo tanto no se sienta capaz de revelarse dado que ello haría que quedara desamparada. O puede que más que impotencia, sienta sorpresa. Que se haya quedado pasmada al ver cómo una persona, que por lo demás es un ser encantador, se vuelve abominable en según qué situaciones. Una impotencia que nace de la incredulidad de que aquello esté pasando. Un "por qué" que no es capaz de materializarse ni en la garganta ni en actos concretos.

Una incomprensión del hecho de ser maltratada, cuando se ha dado todo por él y se piensa que, de todo lo que se pueda merecer una por sus errores, el maltrato queda totalmente fuera de la lista.

Tarde de compras

Por avatares del destino, el viernes me pasé la mayor parte de la tarde dando vueltas sola por La Vaguada. En un principio iba a comer, porque había salido a las cuatro del trabajo, había ido directamente al Barrio del Pilar, y no había probado bocado desde las once de la mañana. Pero dando vueltas por la planta de los restaurantes para decidir dónde comería - en ningún sitio con comida grasienta, que llevo dos semanas a régimen y por fin se me nota que estoy perdiendo peso -, miré hacia abajo, y vi una Body Shop. Se me ocurrió entrar a echar una ojeada, porque me encantan las tiendas de productos de belleza. Lo primero que vi al entrar fue el estante de cosméticos, así que pensé que buscar polvos sueltos translúcidos y una nueva sombra de ojos verde sería un buen objetivo. Y de pronto vi las barras de labios, y como si de una iluminación se tratara, supe que tenía que comprar un tono nuevo de pintalabios. Así que pasé veinte minutos pintándome rayas de diversos colores el dorso de la mano. Al final salí de allí con una sombra de ojos verde de dos tonos, una botellita de aceite para quemar de esencia de vainilla, un cacao de labios de fresa, y una máscara de pestañas que me regalaron por mi compra, y que no voy a usar.

A unos metros vi un Yves Rocher, y entré dispuesta a pelear el segundo asalto en busca de la barra de labios. Había decidido que quería un tono rosa. Pero no rosa pastel, que de ese tono ya tenía. Ni rosa fucsia, que me haría parecer una furcia. Ni rosa rojizo, que parecería que tengo dos butifarras en vez de labios. Ni rosa demasiado rosa, que daría la impresión de haberme escapado de una película setentera.
Con tan pocas exigencias para la puñetera barra de labios, lo raro fue que la terminé encontrando. Y también encontré los polvos translúcidos. Y encima me regalaron un neceser de colorines por mi compra. Porque en Yves Rocher siempre regalan neceseres.

Con el bolso a punto de reventar por los productos cosméticos y el neceser, le eché un ojo a las tiendas de ropa. Decidí buscar un vestidito camisero para ir al trabajo toda mona y profesional - que la mayoría de programadores vaya en vaqueros y camiseta negra con leyenda de Linux no quita para que yo quiera ir mona de vez en cuando -, y entré en el Sfera.
Encontré un vestidito monisimo... que valía cuarenta euros, y estaba hecho con una tela de más que dudosa calidad. Aparte de eso, todos los vestidos eran de colores ácidos, y más apropiados para salir de copas que para ir al trabajo. Salí del Sfera y entré en el H&M, buscando un chalequito rojo de esos que tanto se llevan esta primavera, y que había visto en el H&M del centro comercial Príncipe Pío.
No solo no encontré el chaleco, sino que no vi absolutamente nada que me gustara.

Me puse a vagar sin rumbo, y encontré un Pimkie. Dudaba encontrar un vestido camisero en una tienda tan hortera y juvenil (atributos que en cualquier otro caso me encantan, dicho sea de paso), pero aún así entré. Y ahí lo vi, solo y desamparado, colgado fuera de sitio: Un precioso vestido camisero, marrón chocolate (¡marrón chocolate! ¡pero qué suerte tengo!), que se abrochaba por la parte de delante con corchetes, y cuya falda llegaba hasta medio muslo. Lo único que era de la talla 36, pero bastaba con dar con uno de la talla adecuada...
Encontré el parabán donde estaban colgados esos vestidos, encontré la talla 42 de color marrón chocolate, y entré, con no demasiadas esperanzas, al probador. El vestido, como esperaba, se me pegó a las caderas como si de ello dependiera su vida. Pero al colocármelo del todo y mirar mi reflejo, me di cuenta de que me faltaba algo... como medio centímetro de caderas a cada lado del cuerpo. Sí, el vestido me estaba justito. Pero no parecía una aberración con piernas. Pasmada de lo bien que me quedaba, salí del probador en estado de shock, pagué el vestido (que costaba sólo 28 euros, por cierto) y me dirigí, con los pies doloridos de tanto andar, hacia Akira comics.

Una vez en Akira, decidí que iba a comprarme un par de tebeos para leer en el metro lo que me quedaba de mes. El tomo recopilatorio de los cinco primeros números del cómic de World ofWarcaraft aún no había salido, y tampoco el número ocho, así que me incliné por el número cuatro de Full Metal Alchemist, y los primeros tomos de Evangelion - a ver si el manga está mejor traducido que el anime - y Nana - me han hablado muy bien de la serie, a ver si es verdad. Para el mes que viene caerán los tres primeros números de Leyendas, un par de tomos de Ranma, y los tomos que me quedan para completar Rurouni Kenshin.

Y a ver qué hago con mi primera paga extra, que eso aún no lo he pensado, y todavía tengo pendientes una visita a J. Cánovas y otra a Factory...

20 de junio de 2008

A veces la burocracia funciona, y los funcionarios sonríen

Ayer tuve una de esas tardes que le dejan a uno pasmado.

A principios de mes, estuve llamando a unas cuantas comisarías para ver si conseguía cita para renovarme el DNI en alguna de ellas. Increíblemente, no tardé ni veinte minutos en conseguir que uno de los pocos funcionarios que me cogió el teléfono me diera el número correcto, en llamar, conseguir que me atendiera una operadora - de lo más competente, por cierto, cosa que también me sorprendió - , y que me diera cita. También increíble, sobre todo teniendo en cuenta las fechas en las que estamos, fue que la cita fuera para tan solo unos quince días adelante en el tiempo, el día 19 de Junio (o sea, ayer).

Ayer decido salir antes del trabajo para llegar con tiempo a la comisaría. Llego, miro el cartel en el que informan que, aparte de las dos fotos de carnet, hay que llevar 6,80 euros, salgo corriendo en busca de un cajero, el único con el que doy no es de mi sucursal, solo me permite sacar 30 euros o más, y me clava dos euros y pico por la operación.

Vuelvo, me pongo a la cola, llego a la mesa, doy el carnet y las dos fotos, el funcionario - yo de mayor quiero ser funcionaria - me mira con desdén y me dice que no le puedo dar la misma foto para renovar el carnet dos veces, que en la sala de espera hay un fotomatón, que baje y vuelva cuando me haya hecho unas fotos.

Bajo acordándome de toda la familia del funcionario, entro en el fotomatón, y veo que sólo coge monedas y yo solo tengo billetes. Salgo, poco menos que atropello a una madre y su hijo, les pregunto si tienen cambio, y gracias a Dios sí lo tienen. Entro en el fotomatón, me limpio el sudor de la cara con una toallita húmeda - menos mal que las metí en el bolso esa mañana -, me coloco el pelo - menos mal que me había duchado esa mañana -, me maldigo a mí misma por haberme rascado el escote, porque lo tengo lleno de marcas rojas que van a quedar preciosas en la foto, echo los tres euros, sonrío, salen las fotos, incomprensiblemente salgo genial en ellas (quiero decir, dentro de mis propias limitaciones), salgo tan acelerada del fotomatón que se me olvida coger la cartulina con las ocho fotos de carnet, y me las tiene que dar el chico cuya madre me ha dado cambio de cinco euros, subo, y veo que en las mesas de cita previa hay sendos matrimonios con niños pequeños. Los niños no paran de llorar y uno de ellos se niega a poner el dedo en el lector de huellas digitales. Me desespero, y me entran ganas de cortarle la mano al crío y ponerla en el lector yo misma.

Aparece una funcionaria ¡delgada y con cara amistosa! que reune a todos los que esperábamos con cita previa, nos pide los nombres, consulta en su lista, nos dice en qué orden tenemos que ir pasando, y se sienta en una mesa a atendernos. Uno de los críos se va, y otra de las personas con cita previa se sienta en su lugar. Otra funcionaria ¡arreglada y con cara amigable! se sienta en su mesa y pregunta si hay alguien más con cita previa. Me siento frente a ella, doy la foto, confirmo mis datos, paso los dos índices por el lector, pago los 6,80 euros, firmo el acuse de recibo, espero hasta que los datos se cargan en el chip de mi nuevo y flamante carnet de identidad, la funcionaria se sorprende al oírme decir que tengo 25 años, porque pensaba que tenía bastantes menos - lo cual es totalmente mentira, pero me sentó genial, para qué mentir -, y al cabo de unos minutos me da el carnet con una sonrisa de oreja a oreja y me desea buenas tardes al irme.

Salgo de la comisaría sólo un cuarto de hora después de la hora a la que tenía la cita. Fascinada porque por una vez la burocracia ha funcionado puntuamentel. Y más fascinada aún por haber salido bien en unas fotos de fotomatón, yo, que no salgo favorecida ni que me intenten fotografiar Andrew Farrington y Tiki Llanes López juntos.

En fin. No sé. He guardado las fotos en el libro que me estoy leyendo, y las miro de vez en cuando. Y también miro el carnet, que me dieron inmediatamente, no después de ocho semanas usando un puñetero resguardo de tamaño folio mientras espero que me llegue el carnet nuevo por correo.

Una tarde curiosa.

Un mal viernes

He perdido muchas cosas en mi vida. He perdido oportunidades, he perdido trabajos, he perdido amigos, he perdido parejas. Y sobre todo he perdido tiempo, muchísimo tiempo.
Y le he perdido a él.
Claro que la culpa es mía. Después de lo que le hice, no sé cómo se me ocurrió pensar que seguiría a mi lado. Yo le he perdonado todo, pero él jamás me perdonará esto. Y yo debía haberlo sabido.
Y Dios, cómo duele haberse dado cuenta de ello.

19 de junio de 2008

Más manías de la infancia

Desde bien pequeña mi familia me inició en la sana costumbre de fijarme en lo que la gente de mi alrededor hacía mejor que yo. Tampoco es que fueran demasiadas cosas, porque yo de chiquitita era una niña repollo adorable. La cosa es que conforme fui creciendo en edad y sabiduría, también creció el número de puntualizaciones paternas - siempre desde el cariño, cómo no - sobre lo bien que la gente de mi alrededor hacía las cosas, y lo mal que las hacía yo.

Esa actitud no tardó demasiado en arraigar en mi manera de ser. Mientras la búsqueda de personas que valieran más que yo se limitó al ámbito de los estudios - porque una estudiante de primaria tampoco tiene mucho más de lo que preocuparse - no fue un problema, más que nada porque si bien no siempre era la mejor, al menos estaba entre los mejores. E intentar superarse a sí mismo y a los demás era apetecible y estimulante.

Cuando el aspecto físico empezó a ser de importancia en mi vida, la situación cambió ligeramente. No solo era una chica feucha y regordeta, sino que además, debido quizá a algún tipo de lavado de cerebro de origen religioso, o de fanatismo inspirado por ver demasiadas películas de Marisol, mis padres no consentían que me acicalara, ni para ir a clase ni para salir con los amigos. Eso sí, siempre me hacían reparar en lo delgada y guapa que era tal compañera mía de clase, o en lo arreglada que salía siempre a la calle la hija de tal amiga de mi madre.

Yo, siempre en mi línea, desarrollé el bonito hábito de observar a las chicas guapas, y hacer comparativas conmigo. Comparativas en las que, sobra decirlo, siempre salía yo perdiendo. Mi aspecto me creó un complejo quizá demasiado grande para la poca edad que tenía, pero como seguía siendo una de las mejores en los estudios, y el mayor objetivo de tener atractivo físico, es decir, atraer a los chicos, aún no me interesaba, me desentendí a ese respecto.

Siguiente punto en la lista: Actividades artísticas. No sé a qué edad comencé a dibujar. Desde que yo recuerde siempre me ha encantado. Y lo hacía bastante mejor que el resto de mis coetáneos. Era algo de lo que me sentía realmente orgullosa. Hasta que, debido a mis propias inquietudes, empecé a juntarme con gente que, por decirlo de alguna manera, era "artísticamente activa". Y ver sus obras, sumado a mi ya bastante madura costumbre de machacarme la moral comparándome con la gente que hacía las cosas mejor que yo, hizo que dejara de dibujar.

Al comenzar la universidad mis notas empeoraron sustancialmente, así que no tenía ni siquiera los estudios para agarrarme a ello como a una tabla de salvamento. Y lo peor de todo fue que cogí la fea manía, cuando me gustaba un chico, de compararme - perdiendo en la comparación, cómo no - con su novia, o de no tenerla, con la chica que a él le gustara.

Cuando llegué a la veintena, la bola de cosas en las que prácticamente todo el mundo a mi alrededor era mejor que yo había crecido de tal modo que me tiraba todo el día sintiéndome mal por ser tan mediocre. No era guapa, no era simpática, era demasiado agresiva, no era femenina, estaba gorda, mi pelo era un desastre, no sabía hablar de nada interesante, era una ignorante, era muy pava, no me arreglaba, no bailaba bien, no dibujaba bien, no tenía casi ningún amigo, en la vida había gustado a un chico, era una mediocre en los estudios... Todas esas cosas tan insignificantes que, cuando tanto uno mismo como su familia no para de hacer hincapié en ellas durante años, alcanzan la magnitud de una explosión termonuclear.

Y la cosa sigue más o menos igual a día de hoy, gracias en parte a que personas que en su momento me hicieron creer que podía valer algo me han dejado claro que si pensaron eso alguna vez, ya se han dado cuenta de su error.

Tengo asumido que soy una persona más bien mediocre. Es algo que me han estado demostrando, con pruebas palpables, desde hace mucho tiempo. Sé que, en casi cualquier cosa que haga, ni destaco ni soy medianamente buena. Sé que, por mucho que intente ser amable y tratar bien a la gente, no puedo evitar ser una borde insoportable, a veces incluso sin darme cuenta. Sé que por más regímenes que haga, por más horas que me tire delante del espejo intentando adecentar mi aspecto, por más visitas que haga a la peluquería, por más ropa bonita que me compre, no voy a conseguir ser nunca ni la mitad de bonita que cualquier chica que te cruces por la calle. Sé que mi talento artístico es bastante pobre, y que nunca voy a conseguir sacar nada en claro de mis inútiles intentos por avivarlo. Sé que soy bastante ignorante, y que por muchas conversaciones cultas que escuche, o por más libros de cultura general que lea, no voy a dejar de saber bastante menos que la gente con la que trato en el día a día.

Y sé que hay gente peor que yo, por supuesto. Pero he comenzado la disertación comentando que hace muchos años desarrollé la manía de fijarme solo en lo que los demás hacen mejor que yo.

17 de junio de 2008

Lobo y la Caperucita Feroz (Parte 4)

El lobo no paraba de sangrar por la herida que tenía en el flanco derecho, y a duras penas lograba contener el vómito que pugnaba por salir de su estómago. El aparentemente indefenso animalillo que se había encontrado en el paso de animales había resultado ser algún tipo de depredador, que primero le había herido (¡y sin tocarle! El lobo aún no se explicaba cómo había logrado hacerlo), y luego, a base de empujones y amenazas de muerte, le había llevado a aquella cueva y le había obligado a comerse a aquella criatura repulsiva y arrugada.
Con su cuerpo apretujado en la diminuta caverna, tuvo que masticar trozo a trozo el correoso cuerpo del ser que, a todas luces, era de la misma raza que el que le había herido. El lobo se preguntaba qué especie de monstruos se matarían entre ellos de aquella manera. Y lamentaba desde lo más profundo de su alma el alma haber querido ayudar a uno de ellos.
De pronto oyó una voz fuera de la caverna. Se giró esperanzado hacia la entrada, pero lo que vio acercarse fue otro de aquellos seres. El animalucho que se dirigía hacia ellos era mayor que los dos que ya había visto, y su piel sí que tenía pelo, aunque solo en algunas partes de su cuerpo. A cada pocos pasos, se llevaba las patas con las que no se sostenía en el suelo hacia la boca, y soltaba un grito. Parecía que estuviera anunciando a alguien su llegada, quizá al ser que él acababa de masticar y tragar.
La desesperación pudo con él, y cayó derrumbado al suelo, al borde de las lágrimas.
Sin embargo, la alimaña roja y blanca que le había llevado a ese lugar empezó a dar vueltas por la habitación, más asustada que complacida por la aparición de aquel extraño. Tiró a un rincón el objeto gris que había mantenido sujeto todo el rato y con el que había amenazado al lobo, y giró frenéticamente la cabeza de un lado a otro, con preocupación en sus ojos. El lobo no entendía nada de aquello...
De pronto se le quedó mirando fijamente, y de nuevo su boca se ensanchó hacia los lados. Caminó apresurada hacia el rincón donde había arrojado el objeto gris, y volvió a apuntarle con él. El lobo se temió lo peor, y sus sospechas se vieron confirmadas cuando, señalándose a sí misma, le habló.

- Me vas a tragar de un solo bocado, sin masticarme. Ay de ti como me hagas un solo rasguño. Y luego te vas a subir a la cama - señaló la pequeña plataforma donde había estado descansando la criatura que acababa de comerse - y vas a fingir que duermes.

El lobo dudó un momento. La boca de la alimaña se empequeñeció de nuevo, y como por arte de magia en la caverna resonó una explosión. Casi al instante el lobo sintió otro mordisco en su flanco trasero - ya era la tercera vez que le hería sin tocarle - y se encogió de dolor y miedo en un rincón. La alimaña se le acercó con paso resuelto, y ayudándose con las dos manos le separó las mandíbulas lo máximo que dieron de sí.

- ¡Que lo hagas! ¡¡Ya!!

Firefox 3 Download Day

Hoy sale, tras varias fases de beta, el Firefox 3.
Para celebrarlo, mozilla quiere establecer un nuevo record mundial de descargas de software en menos de 24 horas.

¡Y nosotros vamos a apoyarlo!

http://www.spreadfirefox.com/es-ES/worldrecord

16 de junio de 2008

... Y Archimonde a la saca

Chus, ésta va por ti! :D

En un principio la pelea contra Archimonde no plantea muchas dificultades. Un solo contrincante, con no demasiados puntos de vida, y que cuando está al diez por ciento comienza un evento que desemboca en su muerte. Lo cual quiere decir que para ganar la batalla basta con dejarle al diez por ciento de vida, no es necesario rematarle.
El problema: En la pelea no tiene que morir nadie. Y no es por tema de orgullo, no. Es que por cada persona que muere del grupo de 25 que se enfrenta a él, las posibilidades de que todo el grupo muera aumentan. Porque cuando uno muere, él absorbe su alma, y ataca al grupo con ella. Y dependiendo de la clase que sea el jugador muerto, eso puede suponer que en el ataque con el alma del muerto morirá más gente. Cargándose Archimonde con sus almas al morir ellos, claro, y repitiéndose el proceso.
Y no es precisamente fácil mantenerse vivo durante la pelea, desgraciadamente. No es cuestión de hacer daño, controlar el agroo, y confiar en los sanadores para que no te baje demasiado la vida. Aquí hay que tener bastante coordinación, y saber arreglárselas como jugador individual. Porque uno de los ataques son regueros de fuego que persiguen - sin que el deadly boss mod avise - a un jugador al azar, que se tiene que dar cuenta de ello, y salir por patas HACIA ATRÁS, no en círculos, o hacia un lado, ni nada por el estilo. Porque si corre en alguna otra dirección que no sea hacia atrás, y el fuego le sigue, acabará achicharrando a medio grupo.
También tienes que mantenerte cerca de un mago o druida durante toda la pelea, porque otro de los ataques del Eredar éste es una maldición que, si no te la quitan (solo pueden quitar maldiciones esas dos clases), te mata en unos cinco segundos... y eso tirando por lo alto.
Y otro bonito ataque es que te lanza por los aires, a ti y a todos los que anden cerca tuyo en ese momento. Para evitar morir por la caída, para esa batalla se tiene un objeto que reduce la velocidad de caída durante tres segundos al usarlo... pero hay que tener ojo y usarlo cuando ya se lleva cayendo un rato, porque si se te ocurre usarlo nada más empezar a caer, cuando se pase el efecto de la ralentización, la caída sigue matando. Y claro, si se usa demasiado tarde, también se muere.
Un encanto de pelea, vaya.
Pero cuando Archimonde llega al diez por ciento de vida, de pronto aparecen un montón de wisps y atacan a Archimonde, y también hacen inmune a todo ataque a todos los jugadores que quedan vivos... Y ese último diez por ciento de vida baja y baja a un ritmo tremendo... hasta que el Eredar muere.

Ver cómo, tras ocho horas de intentos fallidos (en bloques de cuatro horas seguidas), uno de ellos habiéndolo dejado a un puñetero once por ciento, de pronto muere, y todavía estamos nosotros vivos... A mi me mereció la pena.

Dios, cómo me gusta jugar al World of Warcraft.

14 de junio de 2008

The Super Hero Quiz

You are Spider-Man
























Spider-Man
70%
Supergirl
55%
The Flash
50%
Green Lantern
50%
Superman
50%
Wonder Woman
45%
Catwoman
45%
Hulk
45%
Iron Man
40%
Robin
37%
Batman
35%
You are intelligent, witty,
a bit geeky and have great
power and responsibility.


Click here to take the Superhero Personality Test

13 de junio de 2008

¿Qué sucede cuando haces dos veces el mismo test, y te da diferentes resultados?

Porque eso es lo que, me acabo de dar cuenta, me ha sucedido a mi. En el blog tengo posteado el test de "¿Qué personaje de Heroes eres?" dos veces, con dos resultados diferentes. En la primera soy Claire Bennet, y en la segunda Hiro Nakamura.
Oye, genial, puedo ser una animadora japonesa que controla el tiempo y el espacio y encima se regenera, no? Eso sí que sería enorme. Seguro que ligaría un montón.

Onice Starbreeze, mi personaje del WoW

Me encanta mi personaje del Warcraft. Ya sé que es un puñado de unos y ceros, y que si a los de Blizzard les da por ahí, apagan el servidor y Ónice se va a tomar por culo. Pero la he cogido mucho cariño en estos dos añitos. Y aunque los servidores del Warcraft cierren, ella ya tiene una existencia y una historia propias.

Aquí una captura de pantalla suya. Tiene ya equipo de mazmorras del final del juego ^^


12 de junio de 2008

Giros radicales

Una vez, en el instituto, un compañero de clase al que le había dejado la novia se tiñó el pelo de rubio. O más bien se lo decoloró hasta dejarse el cabello del color de los limones pasados, pero eso son detalles sin importancia. El caso es que lo hizo porque "quería cambiar radicalmente su vida". No me pareció que desgraciarse el pelo fuera un modo muy inteligente de cambiar de estilo de vida, pero a los diez y seis años tampoco se nos puede pedir mucho a los seres humanos.

A base de ver repetido este comportamiento en varias personas a lo largo de los años, es decir, cortarse o teñirse el pelo cuando se quiere dar un giro radical a la vida de uno, me he empezado a preguntar si realmente el estilo de peinado puede significar un cambio para alguien. Porque está muy bien que la gente pida hora en la peluquería, y cuando cuelgue afirme a los cuatro vientos, con una sonrisa en los labios, "Hoy es el primer día del resto de vida". Pero aparte de eso, ¿hacen algo más por cambiar?.
En la mayoría de los casos, la respuesta es negativa.
Con sus nuevos y flamantes peinados, seguirán yendo al mismo trabajo, tratando a la misma gente, manteniendo la misma rutina. Sí, puede que se apunten al gimnasio, pero sus vidas, aparte de porque tendrán que levantarse una hora antes los días que toque aerobic, no variarán en lo más mínimo. Eso sí, seguirán haciendo lo mismo mientras afirman rotundamente que sus vidas han cambiado. Y presumiendo de peinado nuevo, por supuesto.

Seamos realistas. Si alguien le quiere dar un giro radical a su vida, ello requiere un esfuerzo mayor que el de pedir hora en el salón de belleza, o empezar a pagar cuotas de gimnasio que seguramente no se vayan a amortizar. Cambiar no es fácil. Una vez identificados los motivos por los que se quiere dar ese giro radical a la existencia, lo suyo sería centrarse en que estos motivos desaparecieran, no en cambiar de peinado o de talla de pantalón. Y ahí entra la parte difícil, porque en muchos de los casos, cambiar implica dejar la comodidad de nuestra rutina, entrar en un terreno mucho menos seguro y confortable para nosotros, del que lo desconocemos todo. Y eso da miedo, de acuerdo. Es lo que tiene el cambio. Si uno no se atreve a dar el paso, si prefiere seguir siendo infeliz en su comodidad, es bastante comprensible. Pero si realmente quiere cambiar, no saber si realmente el cambio será para mejor es el precio que hay que pagar por tener el valor de hacerlo.

La próxima vez que oigáis a alguien que luce peinado nuevo afirmar que ha cambiado de vida, preguntadle qué ha hecho al respecto... aparte de ir a la peluquería, se entiende. El poder de negación del ser humano hará que os conteste con una sonrisa en los labios, satisfecho de su determinación, una sarta de estupideces que bien analizadas se resumirán en "no he hecho nada, ¿pero has visto que bien me quedan estas mechas caoba?"

Si alguien realmente quiere dar un giro radical a su vida, no cambia de color de pelo o de peinado. Se busca otro trabajo, acaba los estudios, deja a su pareja, se atreve a dar el paso con esa persona, o se va de casa. Eso son cambios.

10 de junio de 2008

...

Me alegró que me hablara, eso quería decir que se encontraba mejor. Y yo estaba dispuesta a darle toda la amabilidad y el cariño que no le di cuando debí haberlo hecho, para al menos compensarle en cierto modo. Pero tuvo que decir "vengo a por mi ración de palos". Porque eso es lo que considera que es hablar conmigo, una ración de palos. Le intenté explicar que no habría más borderías ni más palos. Me espetó que eso no era posible, que formaba parte de mi, y no iba a cambiar de la noche a la mañana. Le dije que jamás volvería a hacerle daño. Me respondió que seguramente, que más daño del que le había hecho ya no podría hacerle. Cada frase suya fue una provocación, pero no hice caso a ninguna, seguí siendo amable. No sirvió de nada. Acabé destrozada, pidiéndole que por favor acabara la conversación porque me estaba haciendo daño, y preguntándome quién sería el desconocido tan desagradable que me hablaba desde su messenger.
Porque él siempre fue amable conmigo. Y él me habría creído, y me habría dejado compensarle. Pero este desconocido no me deja.

9 de junio de 2008

Las elecciones en la vida

La vida de las personas se construye a base de elecciones. Desde la más nimia a la más trascendental, todo lo que elegimos marca dos caminos: el que tomamos y el que no recorremos. Quizá la mayor parte de la gente no se pregunte cómo habría sido su vida de haber elegido el magnum de vainilla en vez de el de nata, pero es indudable que hay decisiones que plantean esa pregunta. Como seguir estudiando o dejar los estudios. Como elegir una carrera. Como elegir un trabajo. Como elegir una pareja.
Algunas marcan nuestro futuro cercano, otras marcan irremediablemente el resto de nuestra existencia. Y lo peor es que no se puede afirmar a priori cuál nos permitirá retroceder y tomar el camino desdeñado en la primera elección, y cuál nos lo vedará permanentemente.
Y no solo están las elecciones de uno, ojalá. Las elecciones de los demás seres humanos, desde el hermano al desconocido de otro continente al que nunca conoceremos, condicionan también el camino que tomaremos. Porque habrá veces que queramos ser nosotros los que decidamos qué camino tomar, pero sean otros los que decidan. Y habrá veces que queramos volver atrás, reformular ciertas decisiones, pero otros hayan hecho imposible el retroceder a tomar dicho camino.
Y lo único que se puede afirmar es que, sea por voluntad propia o porque no nos quedó más remedio, la mayor parte de lo decidido es irrevocable en la vida, y lo único que se puede hacer con ello es echárselo a la espalda, - porque decidido por nosotros o no, sigue siendo nuestra vida, y como tal es lo más valioso que tenemos y hay que atesorar cada momento de ella - y seguir adelante, quizá rezando para que la decisión haya sido la correcta.

La Oreja de Van Gogh - Dulce Locura

La Oreja de Van Gogh - Dulce Locura

Vendo el inventario de recuerdos de la historia mas bonita que en la vida escuche

Vendo el guión de la película mas triste y la mas bella que en la vida pude ver

Vendo los acordes, la brillante melodía y la letra que en la vida compondré

Vendo hasta el cartel donde se anuncia el estreno del momento que en la vida viviré

Entiendo que te fueras, y ahora pago mi condena pero
no me pidas que quiera vivir

Sin tu luna, sin tu sol, sin tu dulce locura
me vuelvo pequeña y menuda, la noche te sueña y se burla
te intento abrazar y te esfumas

vendo una cámara gastada que captaba la mirada que en la vida grabare

vendo dos entradas caducadas que eran de segunda fila que en la vida romperé

vendo dos butacas reservadas hace siglos y ahora caigo que en la vida me senté

vendo hasta el cartel donde se anuncia el estreno del momento que en la vida viviré entiendo que te fueras, y ahora pago mi condena pero no me pidas que quiera vivir

sin tu luna, sin tu sol sin tu dulce locura
me vuelvo pequeña y menuda, la noche te sueña y se burla
te intento abrazar

sin tu luna sin tu sol sin tu dulce locura
llorando como un día de lluvia mi alma despega y te busca
en un viaje un viaje del que no vuelve nunca.

subiré cada noche a buscar a tu luna en mi tejado
el recuerdo de un abrazo que me hace tiritar

sin tu luna sin tu sol sin tu dulce locura
me vuelvo pequeña y menuda
la noche te sueña y se burla
te intento abrazar

sin tu luna sin tu sol sin tu dulce locura
llorando como un día de lluvia mi alma despega y te busca en un viaje del que nunca volverá.

6 de junio de 2008

Lobo y la Caperucita Feroz (Parte 3)

La anciana oyó golpes en la puerta de su casa. Era extraño, porque las pocas personas que venían a visitarla nunca llamaban: Sabían que la pobre mujer no podía moverse de su cama, y que la puerta nunca tenía echado el cierre. Intentó levantar la voz para hacer saber al visitante que la puerta estaba abierta, pero no debió conseguir hablar lo bastante alto, porque los golpes se repitieron. La anciana intentó levantarse para ir a abrir, pero pese a que hizo bastante fuerza con los brazos, no consiguió ni incorporarse en la cama. Así que se quedó recostada sobre las almohadas, esperando que al visitante se le ocurriera intentar girar el picaporte.
Y efectivamente, unos momentos después, el pomo comenzó a girar lentamente y la puerta se abrió unos centímetros.
La abuela pensó que sería su nieta Caperucita, que ya hacía un par de horas que tenía que haber llegado a su casa para darle la comida, asearla y limpiar un poco la casa. La anciana estaba enfadada por la tardanza de su nieta, más que nada porque desde hacía un rato sentía la necesidad de hacer de vientre, y sin la niña no era capaz de levantarse de la cama para ir al excusado. Seguramente Caperucita se había demorado con alguno de sus amigos, esa panda de desarrapados con los que la solía ver antes de quedar postrada en cama, cuando aún era una anciana respetable y no el saco de huesos inútil en que se había convertido. El que la niña pusiera a sus amigos por delante de su propia sangre era algo que exasperaba a su abuela. Cuando ella era joven a los mayores se les cuidaba y se les honraba, no como ahora, que se les olvidaba en un rincón como si fueran trastos, y cuando se les dirigía la palabra solo era para insultarles.
En todo esto pensaba la anciana cuando la visión de la sombra que se dibujaba en el suelo, proveniente de la rendija de la puerta abierta, la inquietó. Aquella sombra no era la de su nieta, era muchísimo más grande. ¿El guardabosques, quizá? No, él no habría llamado a la puerta, y además la habría avisado de su llegada con un grito mucho antes de entrar en la casa.
Algo empujó la puerta, que se terminó de abrir del todo. Y una inmensa figura gris cubierta de pelo comenzó a entrar lentamente en la casa. La abuela tardó unos segundos en darse cuenta de que era un lobo de un tamaño descomunal; los mismos que tardó en quedar paralizada por el miedo. La bestia arrastró torpemente su cuerpo dentro de la sala. Los enormes caninos le sobresalían de las fauces medio abiertas, de las que goteaba saliva mezclada con sangre. La abuela no se fijó en que el animal renqueaba, ni en que una de sus patas traseras colgaba inerte. No vio el charco de sangre que se iba formando a los pies del animal, ni sus ojos sinceros y asustados. Solo tenía ojos para aquellos colmillos manchados de sangre, que la aterrorizaban.
De pronto el animal hizo la cosa más extraña que la anciana hubiera visto nunca. Abrió un poco más la boca, aspiró aire con dificultad, y habló.
- Corra, señora.
Dos palabras que quizá le intrigaron más de lo que le sorprendieron. Esa bestia hablaba... ¿y le estaba diciendo que corriera?
Una segunda sombra hizo su aparición en la sala, mucho más pequeña que el lobo, y de un color más llamativo. Con paso enérgico se colocó al lado de la bestia, y le propinó un golpe en la cabeza con un objeto gris que tenía en la mano. El animal agachó la cabeza y gimió, dolorido, mientras la figura menuda habló con la voz de su nieta Caperucita.
- ¡Te dije que si se te ocurría abrir la boca te mataba, bestia estúpida! - la figura, vestida de rojo y blanco como su nieta, se giró hacia ella y la señaló, enseñándole un rostro idéntico en todo al de su nieta, pero lleno de tanto odio que casi era irreconocible - ¡Y más te vale terminar pronto si no quieres que te meta una bala en el estómago!
Mientras hablaba, la abuela pudo ver que el objeto gris que llevaba en la mano su nieta era una pistola.
Ese fue el momento en que rompió a llorar.

3 de junio de 2008

Fin de vacaciones

Para quien le pueda interesar, diré que esta mañana, en la cafetería donde desayuno, por fin he vuelto a ver a mi camarera, toda sonriente. Se ve que estaba de vacaciones. Aunque yo ya pensaba que se había buscado otro trabajo...
Así sí que da gusto empezar la mañana, con una sonrisa :)

2 de junio de 2008

Lobo y la Caperucita Feroz (Parte 2)

Caperucita no podía creer la suerte que había tenido. Ahí estaba aquel enorme animal, el lobo más enorme que había visto en su vida - aunque tampoco es que hubiera visto muchos -, plantado delante de ella, hablándola como hablaría un guardabosques a un niño perdido. Al principio el tamaño de la bestia la había asustado, pero pese a ello y a los enormes colmillos que sobresalían de su bocaza, el animal se comportaba de manera más bien mansa.
Que se apartara del camino, decía. Que una bestia mucho mayor podría pasar y arrollarla. Caperucita no entendía nada, pero de pronto se le ocurrió que podía sacar provecho de aquel encuentro...
Pensó en la pistola que llevaba meses escondiendo en su cuarto. Esa la mañana había conseguido meterla en la cesta de la comida sin que nadie lo notara, y por fin podría acabar con aquel vejestorio que la obligaba a modificar su rutina día sí y día también, llevándole pesadas cestas con alimentos y haciendo de niñera y asistenta, y todo porque era demasiado vieja para valerse por sí misma y demasiado testaruda para dejar su casa e irse a vivir con sus hijos. Pero en el trayecto a casa de su abuela había comenzado a ver que su plan tenía muchos fallos. En primer lugar, ¿quién iba a estar interesado en matar a una vieja senil que vivía en lo profundo del bosque y no tenía ningún tipo de riqueza en su apestosa chabola? Y tampoco suponía ningún peligro para nadie, porque hacía meses que no podía moverse de su cama. O sea que si la mataba de un tiro, era bastante probable que su familia descubriera que había sido ella quien había acabado con su vida...
- ¿No deberías volver con tu manada? Este paso es de una bestia demasiado grande, deberías dejarlo y avanzar por la espesura. Supongo que te será más difícil, pero también es más seguro - oyó decir a la bestia. La pistola tenía cinco balas en el cargador, pensó, y si lo que se le acababa de ocurrir salía bien, no necesitaría ninguna para acabar con la vieja.
No pudo evitar sonreír mientras con lentitud extraía la pistola de la cesta de la merienda, y apuntaba a los cuartos traseros del lobo.
"Con cuidado... Solo quiero asustarle, no herirle verdaderamente..." pensó, mientras su dedo se cerraba sobre el gatillo.