23 de junio de 2008

Tarde de compras

Por avatares del destino, el viernes me pasé la mayor parte de la tarde dando vueltas sola por La Vaguada. En un principio iba a comer, porque había salido a las cuatro del trabajo, había ido directamente al Barrio del Pilar, y no había probado bocado desde las once de la mañana. Pero dando vueltas por la planta de los restaurantes para decidir dónde comería - en ningún sitio con comida grasienta, que llevo dos semanas a régimen y por fin se me nota que estoy perdiendo peso -, miré hacia abajo, y vi una Body Shop. Se me ocurrió entrar a echar una ojeada, porque me encantan las tiendas de productos de belleza. Lo primero que vi al entrar fue el estante de cosméticos, así que pensé que buscar polvos sueltos translúcidos y una nueva sombra de ojos verde sería un buen objetivo. Y de pronto vi las barras de labios, y como si de una iluminación se tratara, supe que tenía que comprar un tono nuevo de pintalabios. Así que pasé veinte minutos pintándome rayas de diversos colores el dorso de la mano. Al final salí de allí con una sombra de ojos verde de dos tonos, una botellita de aceite para quemar de esencia de vainilla, un cacao de labios de fresa, y una máscara de pestañas que me regalaron por mi compra, y que no voy a usar.

A unos metros vi un Yves Rocher, y entré dispuesta a pelear el segundo asalto en busca de la barra de labios. Había decidido que quería un tono rosa. Pero no rosa pastel, que de ese tono ya tenía. Ni rosa fucsia, que me haría parecer una furcia. Ni rosa rojizo, que parecería que tengo dos butifarras en vez de labios. Ni rosa demasiado rosa, que daría la impresión de haberme escapado de una película setentera.
Con tan pocas exigencias para la puñetera barra de labios, lo raro fue que la terminé encontrando. Y también encontré los polvos translúcidos. Y encima me regalaron un neceser de colorines por mi compra. Porque en Yves Rocher siempre regalan neceseres.

Con el bolso a punto de reventar por los productos cosméticos y el neceser, le eché un ojo a las tiendas de ropa. Decidí buscar un vestidito camisero para ir al trabajo toda mona y profesional - que la mayoría de programadores vaya en vaqueros y camiseta negra con leyenda de Linux no quita para que yo quiera ir mona de vez en cuando -, y entré en el Sfera.
Encontré un vestidito monisimo... que valía cuarenta euros, y estaba hecho con una tela de más que dudosa calidad. Aparte de eso, todos los vestidos eran de colores ácidos, y más apropiados para salir de copas que para ir al trabajo. Salí del Sfera y entré en el H&M, buscando un chalequito rojo de esos que tanto se llevan esta primavera, y que había visto en el H&M del centro comercial Príncipe Pío.
No solo no encontré el chaleco, sino que no vi absolutamente nada que me gustara.

Me puse a vagar sin rumbo, y encontré un Pimkie. Dudaba encontrar un vestido camisero en una tienda tan hortera y juvenil (atributos que en cualquier otro caso me encantan, dicho sea de paso), pero aún así entré. Y ahí lo vi, solo y desamparado, colgado fuera de sitio: Un precioso vestido camisero, marrón chocolate (¡marrón chocolate! ¡pero qué suerte tengo!), que se abrochaba por la parte de delante con corchetes, y cuya falda llegaba hasta medio muslo. Lo único que era de la talla 36, pero bastaba con dar con uno de la talla adecuada...
Encontré el parabán donde estaban colgados esos vestidos, encontré la talla 42 de color marrón chocolate, y entré, con no demasiadas esperanzas, al probador. El vestido, como esperaba, se me pegó a las caderas como si de ello dependiera su vida. Pero al colocármelo del todo y mirar mi reflejo, me di cuenta de que me faltaba algo... como medio centímetro de caderas a cada lado del cuerpo. Sí, el vestido me estaba justito. Pero no parecía una aberración con piernas. Pasmada de lo bien que me quedaba, salí del probador en estado de shock, pagué el vestido (que costaba sólo 28 euros, por cierto) y me dirigí, con los pies doloridos de tanto andar, hacia Akira comics.

Una vez en Akira, decidí que iba a comprarme un par de tebeos para leer en el metro lo que me quedaba de mes. El tomo recopilatorio de los cinco primeros números del cómic de World ofWarcaraft aún no había salido, y tampoco el número ocho, así que me incliné por el número cuatro de Full Metal Alchemist, y los primeros tomos de Evangelion - a ver si el manga está mejor traducido que el anime - y Nana - me han hablado muy bien de la serie, a ver si es verdad. Para el mes que viene caerán los tres primeros números de Leyendas, un par de tomos de Ranma, y los tomos que me quedan para completar Rurouni Kenshin.

Y a ver qué hago con mi primera paga extra, que eso aún no lo he pensado, y todavía tengo pendientes una visita a J. Cánovas y otra a Factory...

2 comentarios:

  1. Pues anda con ojo, que kenshin la van a reeditar en japón...
    Sobre evangelion: es diferente que el anime, a mi me gusta más incluso ^^

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  2. bueno, yo la que quiero terminar es la edición que tenía... ya he fichado los números que me faltan, y están todos en Akira :3
    De Evangelion, eso me han dicho, que es diferente al anime. Pero yo me conformo con que esté bien traducido, qué quieres que te diga :P Yo es que me conformo con muy poquito ^^U

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