29 de diciembre de 2008

Otro año que se acaba

Como según van las cosas parece evidente que voy a llegar viva al año que viene, y aprovechando que el jefe ahora mismo no me vigila, voy a tener un alarde de originalidad, y hacer balance de estos últimos doce meses.
¿Qué decir del año que nos deja? Pues así, de primeras, que menos mal que se acaba. Llega a durar un mes más y no garantizo haber llegado a nochevieja. Demasiadas cosas, tanto buenas como malas, para una recién rehabilitada a la no demasiado sana costumbre de vivir. Yo quería un añito tranquilo, sin demasiados contratiempos, a ser posible en el que todo se quedase igual que como había acabado el año anterior. Y si me pongo a hacer recuento, de hace doce meses no conservo ni la talla de pantalón.
Pero en fin, kilos no es lo único que he ganado. Y no todo lo que ha venido ha sido malo, así como no todo lo que se ha ido era bueno.... aunque eso no quiere decir que no lo vaya a echar de menos.
Tantas cosas han acabado, tantos planes se han truncado, tanto ha cambiado todo... Casi tanto como cosas han comenzado este año, planes se han retomado, e ilusiones se han recordado. Tantas que no me queda otra opción que admitir que, por primera vez en bastante tiempo, espero con ilusión que llegue el nuevo año. Y no solo para poder estrenar mis calendarios del Worl of Warcraft, dicho sea de paso. Se han puesto en marcha demasiados engranajes, me parece a mi, como para que en el 2009 se paren sin más todos de golpe.
En fin. Ya veremos lo que sucede. Por lo pronto, aún sigo por aquí. A ver por cuánto tiempo, pero aquí sigo.

¡Y hasta ocupa toda la página!

Abres el periódico. No esperas encontrar ninguna noticia relevante; a fin de cuentas, es un periodicucho gratuito, más un panfleto propagandístico que otra cosa, en manos del poder político y económico reinante en cada momento en este país en el que reina la libertad de expresión, siempre que digas lo que los que mandan quieren que digas. Pasas las páginas de noticias nacionales e internacionales, ojeas someramente las de sucesos, ignoras las de sociedad, y vas directo a las de programación, para decidir qué canal verás esta noche. Cuando acabas - y no has tardado ni la mitad de los minutos que afirma la portada que se tarda en leer -, doblas el periódico y lo colocas en el espacio entre la ventana y el asiento del tren, y paseas la mirada por el vagón, distraido, soñoliento, pensando en las pocas ganas que tienes de ir a trabajar un lunes, en la lista de la compra, en el plan para el fin de semana, en las tetas de la rubia que está sentada frente a ti...
Y al girar la cabeza hacia la ventana de tu derecha, algo te llama la atención. Repites a la inversa el arco que acaban de trazar tus ojos, y una fotografía en el periódico que está leyendo la anciana que se sienta a tu lado te hace soltar una exclamación. No estás muy seguro de que sea quien acabas de reconocer, así que recoges el periódico que acabas de desechar, buscas la página por la que la anciana lo tiene abierto, y lees el artículo.
Sí, el nombre coincide. Sí, la biografía y la profesión coinciden. Pero aún no te lo terminas de creer. Doblas apresuradamente el periódico, que se te cae al suelo en el proceso, pero no te agachas a recogerlo. Sacas el móvil, y marcas su número. Una voz perezosa te responde.
- ¿Mñsi?
- Oye, acabo de ver el periódico...
Una risa irónica te corta en mitad de la frase
- Eres el séptimo que me llama para decírmelo. ¿No podíais esperaros a que estuviera despierta? Por Dios, Alex me ha llamado a las seis y media
- Ah... perdona. - Pero aún no ha solucionado tu duda - Pero... ¿de veras eres tú?
Otra risa. Esta vez parece más una carcajada, de hecho.
- Pues sí. Ya sé que es difícil de creer, con la foto y el nombre y todos los datos avergonzantes sobre mi vida, que no dan ninguna pista sobre quién es... Pero sí, soy yo.
- Pero eso... ¡Es fantástico! ¡Felicidades! Yo...
- Son las siete y cuarto de la mañana, y es mi primer día de vacaciones... ¿Te importaría llamarme a partir de la una? Si quieres hasta quedo a comer contigo, o a cenar cuando salgas del curro. Pero tío, es que tengo sueño...
- Sí, si, vale - Pues sí que han tardado poco en subírsele los humos a la señorita... - Pues te llamo esta tarde entonces... ¡Y felicidades de nuevo!
Cuando cuelgas, recoges el maltrecho periódico del suelo, y vuelves a la página con el reportaje. No te lo puedes creer. Te entran ganas de decirle a la anciana de tu lado que la que sale en la foto de la página que lee es amiga tuya. Te entran ganas de decírselo a todo el mundo. Eres amigo de una famosa... Y te empiezas a morir de envidia al pensarlo.
- Tendrá suerte, la muy guarra...

24 de diciembre de 2008

I wanna be free - Dani Moreno

Es oír esta canción, y cambiarme el humor ^^ No creo que el estilo musical sea de vuestro agrado, pero a mi me encanta.



Es un vídeo de un fan, pero está bastante logrado.

23 de diciembre de 2008

Rodilla vs KFC

Hoy, en el descanso para comer, he decidido irme a dar una vuelta por La Vaguada. Además de porque los compañeros con quienes suelo ir a comer hoy no estaban, porque me apetecía estar sola. He comido en un Rodilla, y mientras me preguntaba la relación entre el nombre de la cadena y el tipo de comida que sirven - meditación que dejo para otro momento -, empecé a observar los zapatos de la gente. Observé anonadada la inmensa cantidad de mocasines y náuticos que abarrotaban las mesas. Al seguir con el escrutinio, vislumbré un par de botas de boxeo, unas converse, y dos o tres pares de esos zapatos que uno no sabe si son deportivas, zapatos o pantuflas.
Llevada por la curiosidad, levanté la vista hasta las indumentarias de aquellos zapatos. Y vi un montón de vaqueros de diferentes cortes, y muchos pantalones con la raya planchada. Al subir descubrí que no había apenas hombres, y que casi todas las melenas que había en el local eran rubio oscuro, con alisado de peluquería y el flequillo a un lado.

Giré la cabeza hacia el Kentucky Fried Chicken - nombre que no me hace preguntarme la relación que pueda tener con la comida que sirven, que es pollo frito -, y veo una cola kilométrica frente al mostrador, compuesta en su mayoría por grupos de dos o tres hombres vestidos con monos de trabajo, y adolescentes cuya manera de vestir debería estar penada con la cárcel.

Y yo me pongo a pensar...Con estos datos, ¿Deducimos que los sandwiches son la comida de las clases sociales acomodadas, y el pollo frito el del proletariado?

Lo gracioso es que tanto el Kentucky Fried Chicken como el Rodilla son tan insultántemente caros, que yo ni siquiera me planteé comer o merendar en alguno de ellos hasta que mi sueldo mensual neto superó los mil euros...

Y cuenta la leyenda...

Mi historia para el concurso de relatos de MFS, en el cual no puedo particpar porque soy juez. De nuevo me paso la restricción de longitud por el forro... A fin de cuentas, no participo en el concurso :P

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El niño se subió al regazo de su abuelo tan cuidadosamente como pudo, para no hacerle daño. Ya pesaba bastante más de lo que las piernas del anciano podían aguantar, pero aquella tarde le había pedido que le contase aquella historia de nuevo, y para contársela siempre le sentaba en su regazo.

- ¿Y cómo se llamaba? - preguntó el niño por enésima vez.

- Nadie lo sabe con certeza - el anciano entrecerró los ojos para darle más énfasis a sus palabras - Algunos, que tuvieron la suerte de verle, dicen que por su porte y armadura, debía ser un noble caballero. Blandía una espada tan brillante como el alba, y un enorme escudo en el que llevaba grabado su blasón.

- ¿Y no hay nadie que recuerde cómo era el blasón, para poder identificarle? - el niño se removió ansioso sobre las rodillas de su abuelo. Se sabía aquello de memoria, pero seguía encantándole que su abuelo se lo contara.

- No se sabe cómo era el dibujo del escudo, aunque algunos dicen recordar que llevaba dibujada, en el tabardo que le cubría la armadura, un águila negra con las alas extendidas y el pico abierto.

- ¡Pero no hay ningún escudo de armas con esa descripción en este el reino!

- Bueno, uno no tiene por qué llevar su escudo de armas dibujado en el tabardo - el anciano se rascó la cicatriz que le surcaba la frente de sien a sien, como pensativo - podía ser su animal de la suerte, o una cuestión de moda...

El niño volvió a encauzar la conversación.

- ¿Y cómo es que nadie guarda constancia de él? ¿No pertenecía a ningún ejército? ¿No había ningún registro en el que estuviera inscrito?

- Él no pertenecía a nuestro país. Era terrateniente en las tierras al otro lado de las montañas. Pero cuando noticias de la guerra llegaron a sus oídos, indignado por la masacre que estaba teniendo lugar en nuestras tierras, se unió a la lucha. Éste caballero era tan poderoso, que permaneció en el campo de batalla hasta que llegaron las tropas del Norte a protegernos. Peleó contra flechas, espadas y hachas, pero las heridas no podían frenarle. Era más fuerte su determinación de protegernos que cualquier herida que le infringieran.

El jovencito observaba a su abuelo con los ojos como platos, y la boca abierta en una exclamación muda.

- Hay quien dice que cayó en combate, tras haber logrado retener al invasor el tiempo necesario, débil por las heridas recibidas. Otros dicen que tras aquella batalla volvió al Norte, donde vive desde entonces. Y otros que tras reponerse de sus heridas, decidió quedarse en estas tierras, y dedicar sus riquezas a asegurar la paz y la prosperidad del país que le ha adoptado.

- Tú también naciste en las tierras del Norte, abuelo. ¿En tu país no hay ningún blasón como el que llevaba el caballero en el tabardo?

El anciano se recolocó el cabestrillo en el que llevaba el brazo derecho, inmóvil desde hacía años, y se rascó la cabeza, pensativo.

- No que yo recuerde... ¿Y sabes por qué?

- No - mintió el niño. Claro que lo sabía, habían tenido esa misma conversación un millar de veces.

- Hijo... ¿No crees que alguien tan valeroso y conocido podría desaparecer tras la batalla como desapareció éste? Si ese hombre hubiera existido, ahora sería rey. Está claro que este hombre es sólo una leyenda...

- ¡Seguro que no! Seguro que este caballero no buscaba poder, y su causa era totalmente desinteresada. ¡Por eso desapareció, porque no quería reconocimiento!

El anciano se rió entre dientes. Ese mismo guión lo seguían cada vez que a su nieto se le antojaba oír de nuevo aquella historia.

- ¿Así que crees que puede haber un hombre así en el mundo, eh?

- ¡Pues claro! - el niño se bajó de un salto de las piernas de su abuelo, e hinchó el pecho con orgullo - ¡Y yo voy a ser igual que él!. ¡Voy a ser un gran caballero que luche por la justicia y defienda al débil! ¡Ya verás como sí!

El niño se alejó con sus mejores pasos de indignación, mientras que el anciano, sonriente y orgulloso, le veía alejarse y salir de la habitación.

- Es sólo cuestión de tiempo, pequeño... A fin de cuentas lo llevas en la sangre - murmuró.

Sé que lo estás deseando...

Sé que estás muerto de curiosidad. Que quieres acercarte y descubrir si estoy realmente dormida o solo pretendo estarlo. Quieres levantar las mantas para descubrir qué pijama llevo puesto esta noche, o si llevo puesto algo o nada en absoluto. Te tortura el pensar que puedo estar desnuda bajo la ropa de cama, durmiendo a tu lado, indiferente a tus pensamientos, o esperando que vengas a hacerme compañía, muy consciente de ellos.
¿Pero y si sólo estoy durmiendo? No quieres despertarme. No quieres turbar mi descanso, aunque tú ya llevas turbado un buen rato.
Admite que lo que de verdad deseas es colarte bajo mis sábanas, despertarme si es que dormía, recorrerme con tus labios, calentar tu cuerpo con el mío... No es que quieras tener la certeza de lo que llevo puesto o de si duermo o no; lo que quieres tener es mi cuerpo.

Pues ven y tómalo. Ya sabes lo que me gusta que me despiertes de ese modo.

Y yo me pregunto...

Un día de esos que una se levanta preguntona, me dio por preguntar a mi jefe de proyecto - que es fotógrafo en su tiempo libre - sobre la rigidez de horarios. Me explicó que antes, en el departamento en el que estamos nosotros, la gente se tomaba lo de la "flexibilidad horaria" a coña, y las supuestas ocho horas y media diarias acababan reducidas a poco más de siete. Todo esto me lo dijo muy serio y con tono de total comunión con la decisión que se tomó para acabar con el cachondeo. Y yo, también muy seria, le pregunté: "O sea, que porque los jefes de proyecto no hicieron su trabajo, yo no puedo entrar una hora antes para poder salir una hora antes y atender a clase, ¿no?"
Porque son los jefes de proyecto los que deben controlar que sus subordinados hagan las horas de trabajo que tienen que hacer.
La respuesta fue "Si, pero algo tenían que hacer para que la gente se tomase el trabajo en serio"

Otro día, asistí a una pequeña discusión referente a unos tickets restaurante que no se habían entregado a tiempo. Curiosamente, a mi tampoco me los habían entregado a tiempo, aunque yo no montara el numerito en mitad del pasillo para mostrar mi indignación. Y de nuevo me dio el día tonto, y le pregunté a mi jefe de proyecto por qué había tanto cachondeo a la hora de dar los tickets restaurante, que supuestamente se daban una vez al mes, pero en la práctica se entregaban más o menos cada mes y tres semanas. Me respondió que antes se repartían más a menudo, pero que los empleados empezaron a coger tickets cada diez y quince días, y al final hubo que ponerse drástico. De nuevo, me lo dijo con el tono de quien opina que se hizo lo correcto. Yo, con los ojos como platos, con mi expresión de "entiendo lo que me quieres decir, pero voy a hacer como si no lo hiciera para tocar los cojones", le pregunto de nuevo: "O sea, que porque los de recursos humanos no hicieron su trabajo, yo no tengo tickets restaurante, ¿no?". Porque quien debe controlar que los tickets se den una vez al mes y no más a menudo son los de recursos humanos.
Y de nuevo la misma respuesta: "Sí, pero algo se tenía que hacer"

Ayer cuando sonó el despertador, observé con pasmo que mi cuerpo se había revelado. No solo a la hora de levantarme mis músculos se negaron a moverse, sino que mi estómago se negó a retener el café del desayuno, y mi garganta se negó a emitir sonidos inteligibles cuando intenté llamar al trabajo para decir que no iba a poder ir. Y para más inri, cuando me acerqué arrastrándome al centro de salud de al lado de donde vivo, para que me atendieran y me firmasen un justificante de no asistencia al trabajo, la muy bien maquillada - aunque de poco le servía - funcionaria que me atendió al otro lado del mostrador me dijo que como no estaba empadronada allí, no iban a atenderme, y que debía ir a mi centro de salud (que queda como a hora y cuarto de donde vivo ahora, dicho sea de paso) si quería que me viera un médico.
Conseguí llegar hasta el centro de salud al que estoy adscrita, y tras hora y media de espera y otra hora de reconocimiento y análisis, el dictamen del médico fue que lo que tengo son nervios. Me pregunto la envergadura de dichos nervios, que han sido capaces de impedirme moverme, e incluso hablar, durante horas.

Si es que últimamente no paro de preguntar tonterías...

15 de diciembre de 2008

Feliz Navidad ^^

Me gusta la navidad.

No, no me gusta porque sea especialmente religiosa. Tampoco porque me guste que me hagan regalos, o porque haya días de fiesta a patadas. Ni siquiera por la paga extra (bueno, por eso quizá un poco).

Me gusta por el ambiente que hay cuando uno sale a la calle: La gente vestida con abrigos que hacen que parezcan el doble de gruesos de lo normal, paseando en parejas o grupos por la calle, riendo, hablando más alto de lo normal, cargando enormes bolsas llenas de comida o regalos, o llevando diademas de reno, gorros de Papa Noel, o pelucas de colores. Niños empaquetados en gorros, bufandas, guantes y anoraks, con los ojos abiertos como platos contemplando los adornos navideños de las calles. Puestos de castañas asadas y mazorcas de maíz. Bocadillos de calamares y las aglomeraciones frente al Cortilandia (algo tan madrileño que muchos no sabrán a lo que me refiero)...

Me gusta ver Madrid iluminado por esas lucecitas tan horteras que siempre dan que hablar y cuyo mal gusto se comenta en las noticias durante una semana. Me pone de buen humor pasear por la Gran Vía embutida en mi plumas, viendo cómo mi aliento se convierte en vaho nada más salir de mi boca y mi nariz. Me gusta pasear por los centros comerciales y contemplar el frenesí consumista que invade a madres en particular, y a todos en general.

¿Y sabéis qué es lo que más me gusta? Cuando se acerca una fiesta, todo el mundo suele desearse que lo pasen bien. Pero en navidades, la gente se desea felicidad. ¿Nunca os habéis fijado? No dicen "pasa buena navidad", dicen "feliz navidad". Es una pequeña diferencia de matiz, pero aunque muchos lo hayan pasado por alto, que a mi me deseen que sea feliz me hace pensar que el ser humano no es tan malo como parece, cuando aunque lo diga sin darse cuenta del significado de sus palabras, les desea a los demás ser felices, y que tengan prosperidad en el futuro.

Así que feliz navidad a todos, y próspero año nuevo.

10 de diciembre de 2008

Primeros pinitos con los microrrelatos

Vamos a ver. Ultimamente, a raíz de mi acercamiento a la teoría de la escritura, he leído bastantes microrrelatos... Y mira tú por dónde, se me ha ocurrido uno. Ni sé si es bueno o malo, ni si es largo o corto, o una chorrada como una casa. Así que os pido a vosotros, los que sabéis más de esto, que me comentéis con vuestra opinión. Porfa. Que todos fuimos novatos en todo en su momento ^^U


Érase un hombre que fue.

9 de diciembre de 2008

Entrevista laboral

¿Qué le pides a un trabajo?
*Que me dejen atender a la facultad y que la conexión a Internet no esté capada*
Un ambiente cooperativo en el que poder aprender y desarrollarme como profesional

¿Dónde se ve dentro de dos años?
*Con mi primer libro editado, o empezando a hacer mis pinitos como actriz. Quizá me meta a la enseñanza, o me vaya a vivir a Japón una vez haya aprendido lo suficiente del idioma. Y con un piso de propiedad en la calle Fuencarral al que el portero del edificio subirá las cartas y paquetes de mis admiradores*
Pues espero haber pasado por programadora Junior y Señor, y empezar a trabajar más de cara al diseño de los proyectos que a su programación. Y quizá trabajando en el extranjero.

¿Cuál es su mayor virtud?
*Mi talla 110b de sujetador*
Mi capacidad de autoaprendizaje

¿Y su mayor defecto?
*Mi mal genio*
Que al ser programadora junior aún me quedan muchas cosas por aprender. Pero es lo malo de la informática, que siempre hay que estar aprendiendo cosas nuevas.

¿Estarías dispuesta a cambiar de domicilio?
*Pero vamos a ver. ¿El puesto no era para Madrid? ¿Entonces por qué me pregunta eso?*
Si es necesario, sí, por supuesto.

¿Qué puedes aportar a nuestra empresa como profesional?
*Si te soy sincera, nada. Bueno, dependiendo del porcentaje de trabajadores hombres que haya en su empresa, igual les alegro la vista…*
Mis ganas de aprender y mi capacidad de aprendizaje, además de los conocimientos con los que ya cuento.

¿Y qué te podría aportar la empersa a ti?
*Un sueldo y conexión a Internet durante todo el día. Ni se imagina lo liada que estoy desde que soy coordinadora de la sección de literatura en la asociación a la que pertenezco. Y el alquiler no se paga solo, por supuesto*
Un ambiente ameno de trabajo, e ir aumentando mis conocimientos sobre la programación

¿Cuáles son tus expectativas salariales?
*No sé. ¿Cuánto pagan a los escritores por libro editado? ¿Y a los actores por película o por capítulo de serie? Dios, cómo me molaría recibir un cheque por derechos de autor de alguno de mis libros*
Entre XXXXX y YYYYY euros brutos anuales.


Se admiten sugerencias sobre más preguntas tópicas que se me hayan olvidado xD

3 de diciembre de 2008

26 Cumpleaños

Hola, me llamo María Eugenia, y tengo 26 años.
Así, como en un grupo de ayuda a ex-alcohólicos. Y de fondo, tras decirlo, se oirá un coro: "Hola María Eugenia"

Desde el lunes tengo un añito más. Lo cual ya de base es una estupidez, porque cada día que pasa sólo se envejece un día más; uno no se levanta de pronto una mañana y descubre que es un año más viejo que cuando se acostó. Cuando me preguntan que cómo me siento, en mi cumpleaños, siempre respondo "pues un día más vieja". Una lástima que no todo el mundo sepa apreciar mi agudo humor inglés.

El caso es que ya he sobrepasado la frontera del cuarto de siglo. Para muchas personas, he pasado a ser considerada una adulta. Es gracioso, porque jamás me he considerado menos adulta que ahora. Pero bueno, siempre he dicho que cuanto mayor me hago menos entiendo a los adultos; no considerarme una adulta será un efecto secundario de esa aseveración.

Y bueno, uno de los efectos de cumplir 26 años, que tengo que agradecerle con todo mi corazón a esta mierda de sociedad en la que vivo, es que me están entrando los agobios. Que estoy a un paso de los treinta y aún no he terminado la carrera, que debería dejar de dar botes como una pelota de ping pong y sentar la cabeza, dejar de pasar de un trabajo a otro y quedarme de una vez en uno para conseguir estabilidad, ahorrar para conseguir una casa en propiedad, con tres habitaciones, trastero y plaza de garaje... Sí, el tiempo se me echa encima. No he hecho nada de lo que debía (o al menos me lo parece) en 26 años, y ahora de pronto me da por querer hacerlo todo en una semana.
¿Pero qué pasa con lo que quería hacer? Bueno, pues quería ser actriz. También quería ser escritora y dibujante. Y antes de eso, arqueóloga. Quería viajar a Egipto y a Japón. Quería vivir la historia de amor más bonita de todos los tiempos. Quería ser rica y famosa por méritos propios. Quería saber un montón de idiomas. Quería saber artes marciales.Quería tener un montón de ropa bonita y elegante que me hiciera sentir como una reina cuando saliera a la calle. Quería ser respetada y admirada por la gente. Quería ser feliz.
Y claro, al igual que con todas las cosas que debía haber hecho por estas fechas, tampoco he hecho absolutamente nada de lo que quería. De hecho, se me olvidó durante mucho tiempo qué era lo que quería, estando tan ocupada en sentirme culpable por no hacer lo que debía. Todo este tiempo no he querido hacer lo que debía, porque solo pensar en convertirme en uno de "ellos" me da nauseas. Y no he hecho lo que quería porque no debía hacerlo, pues me granjearía - aún más - la reprobación y la enemistad de mis familiares, y me colgaría el cartel de oveja descarriada (ey, un momento,¡ese ya lo tengo!).

He tenido 26 años para pensar en ello. Lo he meditado largo y tendido, ante los escaparates de las librerías, viendo series de televisión cuyos actores son más jóvenes que yo, trabando amistad con gente que hizo lo que debía, y con gente que hizo lo que quería.

Y creo que ya he pensado demasiado. Como he dicho antes, me han entrado los agobios. Me parece que ya es hora de empezar a hacer algo.