23 de diciembre de 2008

Y cuenta la leyenda...

Mi historia para el concurso de relatos de MFS, en el cual no puedo particpar porque soy juez. De nuevo me paso la restricción de longitud por el forro... A fin de cuentas, no participo en el concurso :P

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El niño se subió al regazo de su abuelo tan cuidadosamente como pudo, para no hacerle daño. Ya pesaba bastante más de lo que las piernas del anciano podían aguantar, pero aquella tarde le había pedido que le contase aquella historia de nuevo, y para contársela siempre le sentaba en su regazo.

- ¿Y cómo se llamaba? - preguntó el niño por enésima vez.

- Nadie lo sabe con certeza - el anciano entrecerró los ojos para darle más énfasis a sus palabras - Algunos, que tuvieron la suerte de verle, dicen que por su porte y armadura, debía ser un noble caballero. Blandía una espada tan brillante como el alba, y un enorme escudo en el que llevaba grabado su blasón.

- ¿Y no hay nadie que recuerde cómo era el blasón, para poder identificarle? - el niño se removió ansioso sobre las rodillas de su abuelo. Se sabía aquello de memoria, pero seguía encantándole que su abuelo se lo contara.

- No se sabe cómo era el dibujo del escudo, aunque algunos dicen recordar que llevaba dibujada, en el tabardo que le cubría la armadura, un águila negra con las alas extendidas y el pico abierto.

- ¡Pero no hay ningún escudo de armas con esa descripción en este el reino!

- Bueno, uno no tiene por qué llevar su escudo de armas dibujado en el tabardo - el anciano se rascó la cicatriz que le surcaba la frente de sien a sien, como pensativo - podía ser su animal de la suerte, o una cuestión de moda...

El niño volvió a encauzar la conversación.

- ¿Y cómo es que nadie guarda constancia de él? ¿No pertenecía a ningún ejército? ¿No había ningún registro en el que estuviera inscrito?

- Él no pertenecía a nuestro país. Era terrateniente en las tierras al otro lado de las montañas. Pero cuando noticias de la guerra llegaron a sus oídos, indignado por la masacre que estaba teniendo lugar en nuestras tierras, se unió a la lucha. Éste caballero era tan poderoso, que permaneció en el campo de batalla hasta que llegaron las tropas del Norte a protegernos. Peleó contra flechas, espadas y hachas, pero las heridas no podían frenarle. Era más fuerte su determinación de protegernos que cualquier herida que le infringieran.

El jovencito observaba a su abuelo con los ojos como platos, y la boca abierta en una exclamación muda.

- Hay quien dice que cayó en combate, tras haber logrado retener al invasor el tiempo necesario, débil por las heridas recibidas. Otros dicen que tras aquella batalla volvió al Norte, donde vive desde entonces. Y otros que tras reponerse de sus heridas, decidió quedarse en estas tierras, y dedicar sus riquezas a asegurar la paz y la prosperidad del país que le ha adoptado.

- Tú también naciste en las tierras del Norte, abuelo. ¿En tu país no hay ningún blasón como el que llevaba el caballero en el tabardo?

El anciano se recolocó el cabestrillo en el que llevaba el brazo derecho, inmóvil desde hacía años, y se rascó la cabeza, pensativo.

- No que yo recuerde... ¿Y sabes por qué?

- No - mintió el niño. Claro que lo sabía, habían tenido esa misma conversación un millar de veces.

- Hijo... ¿No crees que alguien tan valeroso y conocido podría desaparecer tras la batalla como desapareció éste? Si ese hombre hubiera existido, ahora sería rey. Está claro que este hombre es sólo una leyenda...

- ¡Seguro que no! Seguro que este caballero no buscaba poder, y su causa era totalmente desinteresada. ¡Por eso desapareció, porque no quería reconocimiento!

El anciano se rió entre dientes. Ese mismo guión lo seguían cada vez que a su nieto se le antojaba oír de nuevo aquella historia.

- ¿Así que crees que puede haber un hombre así en el mundo, eh?

- ¡Pues claro! - el niño se bajó de un salto de las piernas de su abuelo, e hinchó el pecho con orgullo - ¡Y yo voy a ser igual que él!. ¡Voy a ser un gran caballero que luche por la justicia y defienda al débil! ¡Ya verás como sí!

El niño se alejó con sus mejores pasos de indignación, mientras que el anciano, sonriente y orgulloso, le veía alejarse y salir de la habitación.

- Es sólo cuestión de tiempo, pequeño... A fin de cuentas lo llevas en la sangre - murmuró.

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