31 de agosto de 2008

Tenía que decirlo

Mañana, cuando el despertador suene a las seis y media de la mañana, seguramente lo primero que haga tras apagarlo será estirarme, bostezar, y sonreír. Cuando me prepare a toda prisa para no llegar tarde, lo más seguro es que al mirarme en el espejo para maquillarme le sonría a mi reflejo. Mientras aguante a pie parado los sesenta minutos en metro que tengo que hacer diariamente para llegar a mi trabajo, dejaré de leer de vez en cuando para sonreír con la vista perdida en el vacío. Y pasaré las nueve horas que tiene mi jornada laboral sonriendo al monitor de mi ordenador, suspirando entre línea y línea de código.

Las sonrisas brotan de mi corazón como un líquido en ebullición, y rebosan por mis labios. No me importa que no sean para siempre, porque lo importante es que hoy sonrío. Y sonrío cada vez con más ganas, porque no hay nada que me haga más feliz que sentir lo que siento.

Me da igual que el amor no sea para siempre. Me da igual que al final siempre termine doliendo. Porque no hay droga más placentera que tus labios, y por ellos, cualquier dolor merecerá la pena.

26 de agosto de 2008

De vuelta y con ganas de más

¿Por qué será que, precisamente cuando falta mi mayor fuente de inspiración y documentación, a saber, Internet, es cuando se me despiertan las ganas de escribir?

No me tomaba unas vacaciones, en el estricto sentido de la palabra, en años. Y cuando digo años, digo más de cinco años. Desde que comencé a trabajar no he salido de madrid más que en ocasionales fines de semana, para visitar a algún familiar que cumplía años, y volverme al día siguiente. Así que quince días de vacaciones, ocho de ellos en la playa, han obrado milagros tanto en mi estado físico - Dios Santo, Peñíscola no tiene absolutamente nada que envidiarle a Cuenca; no tiene una sola calle sin cuestas >.< - como en mi estado de ánimo.

Me veo obligada a decir que Peñíscola es un hermoso lugar para descansar el alma. La brisa salada del Mediterráneo nunca me ha parecido tan dulce, ni el sol filtrándose por entre las nubes matinales tan benévolo. Todo allí me parecía dulce, o al menos me endulzaba el ánimo. Los camareros hablando en valenciano, los turistas guiris, los amables dueños de las tiendas de souvenirs, los técnicos que montaban el escenario para la obra de teatro que no me quitaban ojo del escote, las noches en la cocina metiendo en la sartén todo lo que encontrásemos en el frigorífico...

Además de sentirme como entre algodones, el castillo medieval, su relación con los Pobres Caballeros de Cristo, y la historia del Papa Benedicto XIII han despertado mi inspiración. Ver ponerse el sol recortado sobre el mar desde las murallas de la ciudad inspira tantas bellas palabras que uno piensa que podría escribir cualquier cosa.

A partir de ahora, cada vez que me encuentre triste o falta de ideas, pensaré en aquella primera vista del pueblo desde el chalet donde pasé esa semana. Si pienso en ello, no importa qué haya sucedido; nadie podrá borrarme la sonrisa.

15 de agosto de 2008

Vacaciones

Dos benditas semanas sin internet y sin familia. Y puede que hasta sin móvil. Dios, cómo las necesitaba.
Un beso a todos. Hasta Septiembre

14 de agosto de 2008

Momentos buenos, momentos malos

Guardo todos los momentos de mi vida en una cajita, como preciadas fotografías, para ni olvidar ni perder ninguna. Todo lo que he vivido, lo bueno y lo malo, es lo que me ha hecho como soy; uno se hace a sí mismo a partir de sus vivencias. No entiendo a la gente que reniega de cierta etapa de su vida, o decide olvidarla, o reinterpretar los hechos, para que lo que le haya sucedido sea menos doloroso para ellos. Porque si uno olvida una parte de su pasado, está olvidando una parte de sí mismo. Y si reniega de algo que hizo en el pasado, está renegando de su propia naturaleza.

Porque los momentos malos, aquellos que olvidan y de los que reniegan los débiles, son aquellos de los que se sale más fuerte y más sabio. Quien no ha pasado por ellos, o no quiere recordarlos, nunca será más que un débil y un ignorante.

Además, con el tiempo, al final todos se vuelven momentos buenos. Y hay que ser tonto para renegar de algo bueno.

Para aplacar a los dioses

El joven cuerpo de la chamana, untado de aceite de jazmín, brillaba a la luz de la hoguera como el metal pulido. El suave aroma del óleo lo impregnaba todo: La piedra de moler con la que machacaba las hierbas, la cazoleta en la que vertía las hojas aplastadas, la varita de acacia con la que removía la mezcla... Añadió un poco de aceite antes de coger un pincel, y usando aquel emplasto como pintura, se dibujó una serie de runas en los muslos y los brazos. La luz intermitente de las llamas en la noche sin luna apenas sí le permitía ver lo que estaba haciendo, pero no necesitaba su vista: Podría haber dibujado esos símbolos con los ojos cerrados, si hubiera sido necesario.
El ritual no era complicado, pero debía ejecutarse sin un solo error. Y no podía llevarse a cabo más que cada veinte años. El futuro de su pueblo durante las próximas dos décadas dependía de que lograse atraer la atención de los dioses.
Se ajustó las pulseras de hojas trenzadas en los antebrazos para que no le molestaran al moverse, y se sentó en el centro de la filigrana que había dibujado en el suelo con la sangre del carnero que habían desangrado aquella noche. Pudo sentir el calor que aún emanaba de aquel líquido.
Se comenzaron a oír los tambores en la aldea, que se levantaba unos metros al norte de donde ella estaba. Celebraban su propio ritual, para desearle suerte a su hechicera.
Ella oyó, más que vio, a tres personas salir de entre las casas y dirigirse hacia donde estaba sentada. Cuando entraron en el reducido círculo de luz del fuego, la chamana vio a dos hombres sujetando por los brazos a un niño de unos cinco años. El rostro del pequeño estaba blanco como la pizarra.
Con total calma, la chamana se levantó y desenfundó la hoja ritual que llevaba atada a la cadera con un cinturón de esparto. Observó la hoja de cristal unos momentos, leyendo las runas grabadas en ella, extasiándose ante la belleza de los trazos. Miró a los hombres y ellos, como accionados por un resorte, soltaron a la criatura que habían llevado allí a la fuerza.
El niño miraba con pánico la hoja que la chamana sujetaba en su mano izquierda, tan asustado que no podía ni moverse. La mujer se le acercó lentamente, y le acarició la mejilla con el lado plano de la hoja, casi con cariño. Se agachó y le susurró unas palabras tranquilizadoras al oído. Entonces, le empujó suavemente en la espalda para hacerlo andar, y le llevó al centro del círculo, donde lo tumbó boca arriba. El niño comenzó a temblar incontrolablemente, sin apartar la vista del cuchillo ni un momento. La chamana se arrodilló junto a él y levantó la hoja al aire, entonando una letanía en una lengua olvidada, rogando a los dioses que bendijeran aquel momento.

Los dos hombres se giraron y volvieron a la aldea mientras el ritual empezaba. Ya solo quedaba rezar por que la chamana consiguiera aplacar la ira de los dioses una vez más, como había estado haciendo desde que llegara a la aldea, hacía dos siglos.
Un muchacho cada veinte años era un pequeño precio a pagar por una vida tranquila.

13 de agosto de 2008

No tires las cartas de amor - Joan Margarit

No tires las cartas de amor
Joan Margarit


Ellas no te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
-esa flecha de sombra-
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Transcurrirán los años. Te cansarás de libros.
Descenderás aún más
y perderás, también, la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que hayas guardado
serán tu última literatura.


Sin querer, tiré la copia impresa de la primera carta de amor que me escribieron. Aún no me he perdonado por ello...

12 de agosto de 2008

Madre vs Desconocida

Una vez, dos personas se aventuraron a predecir cómo actuaría yo ante cierto problema. Cada una opinó algo totalmente contrario a la otra. Una de ellas no sólo me conocía de toda la vida, sino que además me había parido. La otra me conocía desde hacía dos semanas, y sólo habíamos hablado en ocasiones en los descansos para tomar café y comer. Ni que decir tiene que yo no tenía ni la más remota idea de lo que iba a hacer, ni de cómo iba a poder solucionar ese problema. Así que la resolución nos vino por sorpresa a las tres.

Acertó la que sólo me conocía de los descansos del trabajo.

El hecho de que alguien que apenas haya hablado contigo te conozca mejor que tu propia madre, a mi me resultó algo desmoralizante. No sé qué opinaréis vosotros.

Alejandro Parreño - Para siempre

Ayer me dio por poner el disco de este triunfito, y me sorprendió ver cómo de pronto la mayoría de las canciones ahora significan para mi cosas diferentes de lo que significaban cuando escuchaba el disco allá por los años de OT1.
Aquí una cuya letra me hizo especial gracia:


'Para Siempre'
Alejandro Parreño


Llegaste a mí sin avisar
como ese temporal
que arrasa todo y después se va

El tiempo separó en mitad
dio cuerda al corazón
y ahora vamos al compás

Y aunque no hay nada para siempre
si estamos juntos es mas fuerte
haremos que esta noche sea eterna
y que nunca se apagué el calor

Tus flores se marchitaran
mis sueños pasaran
hay un principio y un final

Porque no hay nada

Porque no hay nada para siempre
vivamos juntos el presente
subidos a la noria
de esta vida
mientras gira alrededor del amor

Y aunque no hay nada para siempre
si estamos juntos es mas fuerte
haremos que esta noche sea eterna
y que nunca se apagué el calor

Que importa el mañana
Si el cielo brilla hoy
Las sombras del alba
Son el eco de los dos

Y aunque no hay nada para siempre
si estamos juntos es mas fuerte
haremos que esta noche sea eterna
y que nunca se apagué el calor

Porque no hay nada para siempre
vivamos juntos el presente
subidos a la noria
de esta vida
mientras gira alrededor del amor

Siempre

Porque no hay nada para siempre
Haremos que esta noche sea eterna
Y que nunca se apagué el calor

Siempre
Juntos para siempre
Juntos para siempre
Juntos para siempre
Tu y yo.

11 de agosto de 2008

Castillos para mis sueños

Cuando era pequeña me encantaba hacer castillos de arena. Todos los veranos, bajaba a la playa armada con mi cubo, mi pala y mi rastrillo, dispuesta a construir el mayor y más bonito castillo del mundo. Un castillo como los que veía en las series de dibujos animados, más alto que yo, con torretas por todas partes, cúpulas, tejados en punta, y hasta un puente levadizo sobre el foso que lo rodearía.
Mientras los construía, imaginaba que quienes levantaban las paredes de arena eran centenares de diminutos obreros, y que vivirían en él, junto con el resto de los habitantes del reino, cuando lo terminasen. Levantaban la torre principal, donde se alojaría la familia real. Las casitas pegadas a la muralla exterior, para los comerciantes y prestamistas. Los graneros, y un pequeño establo donde guardarían las monturas del rey y su familia, y las estancias de los nobles, que eran pequeños edificios adosados a la torre y a las torretas de vigía.

Nunca conseguí hacer un castillo tan grandioso como los que veía en los dibujos animados. De hecho, no pasaba de cuatro torres medio derruidas unidas por unos muros levantados con mis manos, con más aspecto de dorsal oceánica que de pared de granito. El arco de la puerta principal nunca se mantuvo en su sitio, y al llenar de agua el foso todo el edificio se derrumbaba dentro de él. Pero yo volvía a intentarlo al día siguiente. Y al otro. Y al verano siguiente. Y al otro.

Naturalmente, llegó un año en el que le dejé de ver la gracia a hacer castillos de arena en la playa. Pero los seguí construyendo en mi cabeza. Castillos enormes en los que habitaban todas mis ilusiones, esas de las que uno tiene tantas cuando es pequeño, y va perdiendo según gana años.
Al principio necesitaba decenas de castillos, y en ellos vivían agolpados los personajes de cada libro o cómic que me leía, y cada película que veía, junto con los que yo me inventaba y con cuyas vidas fantaseaba. Vivían allí rodeados de todo tipo de lujo, tal y como quería que fuera mi futuro. Eran arqueólogos, biólogos, médicos, actores famosos, dibujantes reputados, cocineros innovadores, deportistas de élite. Eran todo lo que yo soñaba con ser. Y junto con los adultos había un montón de niños correteando de aquí para allá, y decenas y decenas de mascotas, que vivían felices en los amplios jardines de cada castillo.
Y aunque por supuesto había un príncipe azul a mi lado, era más bien como una sombra, una apostilla a todo lo que yo deseaba y sabía que tendría algún día.

Como ya he dicho, con los años los castillos se fueron vaciando. Hubo un momento en que no me hizo falta más que uno para contener todos mis sueños, que se iban marchando poco a poco, uno a uno, sin que me diera apenas cuenta. Con la esperanza de que no se siguieran yendo, adorné el castillo con todo lujo de detalles. Creé habitaciones barrocas, góticas, visigodas, postmodernas, minimalistas... De todo tipo, para aumentar las posibilidades de que mis sueños se sintieran a gusto en alguna de ellas, y decidieran quedarse conmigo.
De vez en cuando alguien venía a ocupar alguna de las habitaciones libres, pero no se quedaba mucho tiempo, y normalmente al dejar la estancia se llevaba dos o tres sueños consigo. El único que seguía en su sitio, muy discretamente y sin llamar la atención, era la sombra del príncipe azul, que poco a poco, al desaparecer los demás sueños, fue creciendo en importancia. Que al menos él se quede, me decía. No dejes que se marche, al menos conserva uno. Que al menos te quede un sueño, sea cual sea.
Y de pronto, tras la última visita al castillo, él también se marchó.

He decidido que puedo prescindir del castillo, es demasiado grande y las habitaciones desocupadas dan demasiada sensación de vacío. Me basta con un pequeño piso de una o dos habitaciones. Para adornarlo, he comprado unas macetas y tierra, y he plantado unas cuantas semillas. De momento en el piso no vive nadie, pero quién sabe qué pasará cuando mis queridas plantitas comiencen a crecer...
Por lo pronto ya he amueblado las dos habitaciones, no sea que vaya a tener invitados.

9 de agosto de 2008

Las cosas que se aprenden

Normalmente no paro de aprender cosas.
En el trabajo no solo aprendo sobre informática, sino sobre mis compañeros, sobre las relaciones laborales en general en una empresa de un cierto tamaño, y sobre cómo comportarme según con quién esté hablando.
En los libros que leo aprendo nuevas formas de narrar mis historias, nuevas palabras o nuevas maneras de usar las palabras que ya conocía, otros estilos narrativos, giros lingüísticos, nuevas ideas para una historia, o algún que otro comentario gracioso que poder añadir a mi repertorio.
En la calle aprendo sobre la gente que me rodea, sobre sus gustos y aficiones, sobre con quién tengo que hablar (y no) de qué; aprendo nuevas formas de vestir y de peinarme que me puedan favorecer, dónde poder comprar coca-cola las veinticuatro horas del día, y que las expendedoras, en ocasiones, tienen cosas útiles que expender.
En la facultad aprendo no solo sobre las asignaturas que estudio, sino también sobre cómo ganarse a los profesores, cómo conseguir que te inviten a comer en la cafetería, a qué hora están limpiando el baño de cada una de las tres plantas de la facultad, a jugar al Ticket to Raid y al Jungle Speed, y que las apariencias, la mayoría de las veces, engañan.
En la cama aprendo que no es necesario tener el cuerpo de una modelo de pasarela para sentirse atractiva, que ser uno mismo siempre reporta más beneficios que cualquier fachada, que mi capacidad pulmonar es algo fuera de lo común, y que a veces, las palabras más groseras y malsonantes pueden significar 'te quiero'.
Delante de mi ordenador aprendo mecanografía y ortografía, aprendo Inglés, geografía, cómo reservar una habitación de hotel y unos billetes de autobús a cualquier parte de España, cómo bajarme programas para mejorar el rendimiento de mi tarjeta de vídeo, dónde conseguir fotos de modelos para copiar en mis dibujos, y que se puede trabar amistad con alguien que viva en la otra punta del planeta, y que no has visto ni verás en tu vida.

Por eso me resulta tan extraño oír de boca de alguien "que no está aprendiendo nada". Para mi aprender es algo tan inherente a la naturaleza humana como respirar: Se hace en cada momento, con cada cosa que hacemos, con cada persona que hablamos. Hasta el retazo de conocimiento más insignificante, como el color de los ojos de tu compañero de laboratorio, o las coletillas que utiliza al hablar, resulta gratificante. El mundo es demasiado grande y está demasiado lleno de cosas interesantes como para dejar de aprender algo en cada momento, sea sobre lo que sea. En mi opinón, alguien que no le vea interés a aprender sobre lo que le rodea ha perdido el interés por el mundo y por la vida.
Por no mencionar que, al comportarse el cerebro como un músculo más, si se deja de ejercitar se atrofia.

6 de agosto de 2008

Un día más, una herida más

Un día más, una herida más.
Algunas simples arañazos, otras cortes profundos que sangran hasta dejarme casi sin fuerzas durante meses. Y con el transcurrir del tiempo, me he dado cuenta de que la mayoría no se han curado: Las que menos, dejan una inofensiva pero bien visible cicatriz, que me recordará por siempre la herida que estuvo ahí. Y las que más, además de supurar a menudo, en ocasiones, cuando menos me lo espero, se abren completamente y vuelven a sangrar.
Somos lo que vivimos, y olvidar nuestro pasado es olvidarse de uno mismo. Pero cuando una antigua herida, que parecía ya cerrada del todo, deja escapar unas cuantas gotas de sangre, me pregunto si a veces no sería mejor para el ser humano olvidar ciertos momentos de su vida...
Y si no lo es para el ser humano, si acaso para mí lo sería.

4 de agosto de 2008

Endiablada cuarta dimensión

No quiero que llegue mañana. Quiero que este momento cristalice y se haga eterno, que ignore el paso de los días. Porque no soporto pensar que, incluso antes de comenzar, tenía ya establecida la fecha para su fin.
Maldigo al tiempo, esa cuarta dimensión en la que estamos atrapados los seres vivos, condenados a pasar toda nuestra insignificante existencia atravesándola, sometidos a sus caprichos. Decida como decida tratarnos, siempre acaba destruyéndonos, y me atrevo a decir que disfruta con ello. No importa lo alto que consigas subir mientras avanzas por ella, o lo mucho que luches para conservar lo poco que la vida te ha ofrecido; tarde o temprano acabarás cayendo. Tarde o temprano se te arrebatará todo lo que se te ha dado. Tarde o temprano llorarás por lo que tuviste y no se te permitió conservar.

Y el caso es que yo no quiero tener que volver a llorar.

3 de agosto de 2008

Conversaciones de cafetería

Cuando se está con un grupo de gente tomando algo en un bar o una cafetería, inevitablemente siempre se acaba hablando de ciertos temas.
Uno de ellos, que de hecho es el tema del que se termina hablando siempre en última instancia, es el sexo. Da igual que los interlocutores solamente sean compañeros de trabajo y no se conozcan de casi nada; tarde o temprano comienzan a hablar de sus intimidades. Y así pasa, que uno sabe el modelo de calzoncillos que usa su compañero de cubículo, y con cuántas mujeres se a ido a la cama el último mes, pero no cómo se apellida.
Luego están las preguntas estúpidas tipo "¿Si te tuvieras que acostar con alguien del grupo de tu propio sexo, quién sería?", o la versión con alguien del sexo contrario. Estas ya son preguntas más personales, y se suelen dar en grupos de amigos. Aunque son preguntas peligrosas, y si no se tiene la suficiente confianza con los interlocutores, pueden dar lugar a hostilidades tipo "¿y este maricón a cuento de qué dice que se acostaría conmigo?" o "¿Qué le a visto a esa pelandrusca para querer tirársela, si yo valgo mucho más?". Y ya con la versión "¿a quién matarías?", sí que salen ampollas...
Es peligroso, más que estar presente en una conversación de cafetería, no estarlo. Porque los interlocutores siempre acaban hablando de quien no está presente. Y no en términos amistosos, que digamos. Ya puede ser el empleado del mes, o el tío más enrollado de la pandilla, que cuando se comience a hablar de él sus oídos empezarán a pitar como si le hubiera estallado una bomba atómica en la cara. Porque otra de las cosas que más le gusta hacer a la gente cuando se junta con amigos en una cafetería es arreglarle la vida a la gente que no se encuentra en ese momento con ellos.
También, en ocasiones, se producen competiciones por ver a quién le va peor la vida. Esto solo se inicia si a alguien le da por lamentarse de algo malo que le haya sucedido recientemente, pero si ocurre, inevitablemente la conversación termina siendo un "Pues eso no es nada, a mi el otro día..." tras otro, hasta que la conversación se vuelve tan deprimente que le quita las ganas de hablar a todo el mundo.
Y hablando de desgracias, ¿sabéis lo que me sucedió el otro día? Veréis, estaba yo...

Siempre he querido ser un héroe de leyenda

Siempre he querido ser un héroe de leyenda.
Algunas veces, cuando veo ciertas películas, o leo ciertos libros, o incluso oigo hablar a ciertas personas, tanto en los medios de comunicación como en mi círculo de amistades, me siento melancólica. Porque siempre he deseado hacer grandes cosas. Pero ni el mundo en el que he nacido ni yo misma estamos hechos para lograrlo. No hay bestias que derrotar, ni tierras que descubrir, ni enigmas que resolver. Estamos sueltos en un planeta en el que ya no quedan misterios, en el que ni un solo metro de tierra alberga secretos, en el que la palabra "intimidad" ya no tiene sentido.
El progreso ha conllevado la muerte de todo lo que yo deseaba haber vivido.
Los héroes modernos ya no salvan ciudades, ni derrotan hechiceros, ni descubren continentes inexplorados, ni hacen descubrimientos controvertidos. Ahora hacen fortunas a base de aprovecharse de la ignorancia del pueblo llano, o ganan competiciones en las que no se puede participar si no se tiene el dinero suficiente, o se matan de hambre y se provocan el vómito para poder seguir siendo el blanco de todas las miradas.
Viajar no tiene sentido, ya que sin levantarte de una silla puedes hablar con personas de otro continente, y conseguir imágenes y testimonios de zonas del planeta en las que sólo has soñado con estar.
Las supersticiones murieron gracias a la ciencia, que explicó cualquier fenómeno que pudiera ser atribuido a la brujería, e incluso llegó mucho más lejos de lo que las supuestas hechiceras habían llegado nunca.
En un mundo así, alguien como yo no tiene lugar. Nos hemos quedado anticuados, como los discos de vinilo o los pantalones bombachos.

Cuando uno hierve de ganas de adentrarse en lo desconocido en un planeta en el que todo está ya descubierto, lo mejor que puede hacer es dedicarse a ser dibujante o escritor. En este mundo ya no habrá sitio para nosotros, pero al menos podremos inventarnos nuevos mundos en los que aún sirvamos de algo...