12 de febrero de 2015

Una por partes (4)


Carlota abrió los ojos.

Y los cerró casi de inmediato, cegada por la luz de la habitación. Tenía muchísimo calor, pero cuando intentó apartar la manta notó que no podía mover el brazo. No le dolía, pero lo tenía totalmente entumecido. Asustada, se dio cuenta de que su otro brazo y sus piernas estaban igual. Intentó mover el tronco, con el mismo resultado. Volvió a abrir los ojos, esta vez más despacio, y vio un techo y unas paredes blancas que no eran las de su cuarto. Alguien entró en su campo de visión y comenzó a acariciarle el pelo y darle besos en la frente. Parecía que hablaba, pero Carlota sólo podía escuchar un eco lejano, como si la estuvieran hablando a través de agua. La persona que la abrazaba se alejó y Carlota pudo ver que era su madre, que tenía la cara bañada en lágrimas. Intentó preguntarle dónde estaba, pero no consiguió articular ningún sonido. Su madre le puso el índice sobre los labios, como para que guardara silencio, y le dijo algo con una sonrisa llorosa. Luego le soltó la mano – que había tenido agarrada fuertemente, al parecer, aunque ella no lo había notado – y salió corriendo de la habitación.

Hacía demasiado calor allí, necesitaba que alguien bajara el termostato, o pusiera el aire acondicionado, o abriese una ventana. O algo. Cerró los ojos un momento, y cuando los volvió a abrir estaba tumbada en una bañera llena de agua con hielo. Se sentía muy aturdida y no podía pensar. Intentó moverse, de nuevo sin éxito. Veía cubos de hielo flotando en el agua, pero sentía el mismo calor que hacía unos… ¿momentos?. También tenía muchísima sed. Abrió la boca para intentar pedir agua, y consiguió que le saliera un hilillo de voz. Alguien que había estado sentado a su lado se levantó de golpe, proyectando su sombra sobre la bañera, y unas manos le sujetaron la cabeza y le apretaron un vaso contra los labios. Logró tragar un poco, pero no lo suficiente para calmarle la sed. Le echaron la cabeza de nuevo hacia atrás, y cerró los ojos para protegerse de la luz, que de pronto era demasiado intensa.

Cuando los volvió a abrir estaba de nuevo en una habitación blanca, y su madre seguía inclinada sobre ella, acariciándole el pelo. Ya no podía casi ni mover los párpados, todo su cuerpo era una masa entumecida que emanaba calor. Calor y sed. Eran las dos únicas cosas que era capaz de sentir.

Volvió a cerrar los ojos.


Alejandra tenía razón en que Nacho no era una persona que destacara por su inteligencia. Por desgracia, y como en la mayoría de estos casos, él estaba convencido de lo contrario. En aquellos momentos se sentía orgullosísimo de cómo le había birlado a Ale el paquete entero de setas junto con otra bolsita de hierbas. Y encima ni siquiera había tenido que sudar, la tía había salido en estampida sin venir a cuento y ni se había dado cuenta. Nacho se sentía muy listo y afortunado aquella tarde.

Tenía ganas de marcha, pero ni de coña iba a llamar a Ale. Cogió el móvil y pulsó al azar un número en la agenda. Lo bueno de las tías, pensó mientras esperaba a que diera tono, es que a todas te las puedes camelar del mismo modo.

Estaba convencido de que aquel pensamiento era de lo más ocurrente.

- Ey nena, ¿te apetece salir a tomar algo esta noche? – Se lanzó un par de guiños al espejo mientras se colocaba el cuello de la camisa – Tengo algo que te va a encantar, podemos ir a… ¿Dónde? – Se puso la cazadora, y se cogió el monedero y las llaves – Perfecto entonces –  Un último repaso al pelo en el espejo del recibidor – En media hora estoy allí. – Se guardó el móvil y el paquete con las setas de Ale en la cazadora. También cogió la bolsita de hierbas, que observó con curiosidad un rato antes de encogerse de hombros y meterlo en el bolsillo junto con las demás cosas.

Cuando llegó a Chamartín no tuvo problema en averiguar quién era su cita; una muchacha de unos 18 años subida a 15 centímetros de tacón y enfundada en un minivestido negro escotado se le acercó con una sonrisa radiante y se le enganchó al brazo.

- Ya pensaba que te habías olvidado de mí – dijo, intentando hacer un puchero.

- ¿Cómo me iba a olvidar de ti? Te he llamado en cuanto he tenido un hueco – Nacho seguía la fórmula paso a paso. Nunca fallaba. – Me ha jodido no poder hacerlo antes, h estado pensando mucho en ti.

- Mentiroso… - la chica le dio un golpecito en el brazo y sonrió - ¿Y qué era eso que decías que me iba a gustar tanto?

Nacho se metió la mano en el bolsillo del pantalón. Luego pareció pensárselo mejor, sacó algo del bolsillo izquierdo de su cazadora y se lo enseñó a la chica

- ¿Y esto qué es? – se la acercó para mirarla mejor – parece un poco de popurrí.

- Este popurrí – dijo mientras le quitaba la bolsa de las manos y la abría – te llevará a lugares que nunca habías imaginado… - Y era verdad, ni se imaginaba qué efecto podía tener aquella mierda – Di Aaaaa…

Con una sonrisa pícara, la chica separó los labios lentamente y levantó la cabeza. Nacho vació el contenido en su boca.

- Sabe como a ropa sucia – dijo tras masticar un par de veces.

- Tranquila, lo importante no es cómo sabe, es cómo te hace sentir – y la besó. El sabor de las hierbas le llegó a la boca, y tuvo que estar de acuerdo en que sabía a rayos. Pero eh, si aquello era de Ale tenía que ser calidad. Aquella mujer solo compraba de lo mejor. – ¿Y cómo sabes tú a qué sabe la ropa sucia? – la chica soltó una risita tonta – Anda tonta, ¿vamos yendo?

La chica asintió, todo sonrisa y ojos brillantes.

- ¿A dónde me vas a llevar?

10 de febrero de 2015

Una por partes (3)


‘No tengo por qué estar aguantando esta mierda‘ pensaba Alejandra mientras esperaba, muerta de frío y con los pies doloridos, en la cola para entrar a la discoteca. Estaba segura de que hubo un tiempo en el que había disfrutado de aquellas cosas, pero no lograba recordar cuándo. No era que no le gustase ir de fiesta, claro. Pero no entendía por qué tenían que ir siempre a los que más cola tenían.

Se giró hacia su acompañante.

- Explícame otra vez por qué no podemos salir por Tribunal, por favor.

- Lo sabes perfectamente, nena – el hombre descruzó los brazos y le pasó uno por la cintura, aunque Alejandra no notó el contacto con tantas capas de ropa de por medio – aquello está lleno de perdedores. Aquí es donde viene la gente guapa.

- Uhmf… - Alejandra hizo un mohín y se encogió de hombros – Hace demasiado frío, Nacho, por favor vámonos a algún sitio en el que estemos a cubierto. Me da igual dónde. – El llamado Nacho la miró como si no entendiera lo que acababa de escuchar. ‘Venga ya, joder’ – Mira, subiremos el nivel de cualquier sitio en el que entremos. ¡Podríamos hasta crear una nueva moda!

Pareció que aquella chorrada no desagradaba del todo a Nacho, porque accedió a pedir un taxi a Moncloa. Alejandra pasó gran parte del trayecto pensando en lo cretino que era su acompañante: Vale, estaba buenísimo y le hacía tener unos orgasmos de cuidado, pero quitando el sexo… sinceramente, era un dolor de huevos de hombre. Y parecía que solo salía a la calle para que la gente pudiera admirarle, no para divertirse él… O si no, ¿dónde veía el problema en ir al mismo bar, con la misma música y las mismas bebidas, pero con media hora menos de cola y gente normal en vez de “guapa”?

Bajo el sonido del motor, le oyó preguntarle en voz baja si tenía un chicle. Ella sabía que se refería a las setas, pero se suponía que la contraseña se usaba para que no sonara sospechosa, si susurrabas “dame un chicle” en el mismo todo que dirías “pásame la droga” todo el tema de la clave perdía sentido. Le pasó el bolso con desgana y le dijo que lo buscara él mismo.

El taxi frenó bruscamente y Alejandra se fijó en que la carretera delante de ellos estaba hasta arriba de tráfico. Alargó el brazo hacia su acompañante.

- Dame el bolso

- ¿Qué? – Nacho tenía un paquetito en la mano, pero aún estaba rebuscando entre los contenidos del bolsito.

- Que me des el bolso - dubitativo, Nacho se lo puso en la mano, todavía abierto – Yo me bajo aquí.

- ¿Q-qué?

- Mañana me dices cuánto ha sido la carrera y te pago la mitad, no te preocupes – abrió la puerta, salió del taxi, – ¡Buenas noches! – y cerró de un portazo.

Obviamente, Nacho no salió tras ella. No era el tipo de hombre que sale corriendo detrás de una mujer. Lo que no le molestaba, porque Alejandra tampoco era de las que se hacen de rogar. Llamaría a Carlota para ver dónde estab… no, probablemente estaría en casa. Bien, pues se iría a casa ella también. Tampoco es que tuviera muchas ganas de fiesta, ya para empezar.


En la televisión hablaban de la epidemia de gripe de aquel invierno, que – oh, sorpresa – se estaba extendiendo como la pólvora. Había algo novedoso en esta cepa, decían, porque los afectados eran en su mayor parte personas de entre 20 y 30 años.

Eso no tenía sentido. La gripe nunca se limita a un colectivo. Los bebés se contagian en las guarderías, de ahí a sus familias, de ahí a los trabajos y sitios de estudios de sus familias, de ahí a las familias de los compañeros de trabajo y de estudios, y vuelta a empezar. No había una “edad” para pillar la gripe. De hecho, si nos poníamos quisquillosos, alguien sano de entre 20 y 30 años era el que menos probabilidades tenía de quedar postrado en cama por la gripe.

La presentadora continuó diciendo que los síntomas eran ligeramente diferentes de los de años pasados, y enumeró las diferencias. La imagen en pantalla cambió a una señora con abrigo de piel caminando por la calle, intentando sonarse la nariz con elegancia mientras el viento le echaba el pelo en la cara. La presentadora, en off, pasó a enumerar la consabida lista de precauciones para evitar un contagio.

Un cliente le pidió al camarero que cambiase de canal, y a la señora sonándose los mocos la sustituyó un primer plano de Clint Eastwood mirando a cámara con cara de pocos amigos. Un anciano dejó su consumición para centrarse en la película y Ángela, para mantener el equilibrio en el universo, bajó la vista del televisor. Sacó un cuaderno de la mochila y buscó entre las primeras páginas. Tras unos segundos leyendo pasó la última página escrita, sacó un bolígrafo e hizo un pequeño apunte.

Pagó el plato combinado que no había tocado y volvió a casa lo más rápido que pudo, con la capucha puesta, la cabeza baja, y evitando las calles muy concurridas.

5 de febrero de 2015

Una por partes (2)


10 de Diciembre de 2014

He decidido que voy a dejar de comprar periódicos. Ya sabía que no me servirían de mucho desde el principio, pero nunca se sabe. Aunque desde las últimas elecciones la prensa está tan controlada por el gobierno que lo mismo me da comprar el periódico que tirar el dinero al río.

Tampoco me preocupa demasiado, es más fácil buscar por internet. Tener que leerme periódicos enteros para comprobar que no dicen nada me está comiendo la moral. Y aún así llevo semanas sin encontrar nada. Puede que papá tenga razón y me esté pasando de paranoica, pero es que todo encajaba tan bien…. No sé, quizá debería tranquilizarme y ceñirme a los patrones normales. Solo porque haya encontrado noticias que encajan con cierto escenario no tiene por qué estar dándose…


Ángela se quedó mirando fijamente la última frase escrita en el diario. Sí que estaba segura de que si los hechos encajan con un escenario es porque el escenario se está dando, pero estaba cansada, le dolía la cabeza y llevaba mucho retraso con los parciales. Tenía que sacarse aquello de la cabeza, y si decía que era estúpido muchas veces igual se lo acababa creyendo. Apagó la pantalla del ordenador, subió el volumen de los cascos, y siguió con los apuntes de física.

Al cabo de cuarenta minutos cerró el cuaderno con un bufido de rabia y se fue al salón a jugar en la videoconsola. Por el camino cogió una bolsa de doritos de la cocina, porque no creía que en su estado mental unos palitos de zanahoria fueran a ser de mucha ayuda.


Alejandra salió bastante animada del examen de electromagnetismo. No porque le hubiera salido particularmente bien, que no era el caso, sino porque por fin se había quitado de encima los parciales. Fingir que se preocupaba por sus notas era agotador, pero debía dar la impresión de ser una persona normal, o el resto de la gente comenzaría a quejarse. A ella le daba lo mismo que la gente supiera de su trato especial, pero su padre la habían amenazado con quitarle las tarjetas si no lo hacía.

Miró la hora en el móvil, le dejó un whatsapp a Carlota diciéndole dónde iba a estar y bajó a la cafetería que, para su sorpresa, estaba prácticamente vacía. Solo había una mesa ocupada en una esquina, donde una chica vestida de negro aporreaba el teclado de su portátil como si quisiera hacerle daño. Alejandra pidió una coca cola en la barra y se sentó lo más lejos que pudo de ella.

Carlota llegó unos 10 minutos después. A Alejandra le sorprendió el mal aspecto que tenía su amiga: Llevaba la melena rizada suelta y despeinada, y unos vaqueros y una sudadera gris de canguro que había visto mejores tiempos.

Tampoco tenía muy buena cara.

- Joder, no me mires así – le dijo mientras se sentaba – ya sé que tengo pinta de que me haya pasado un camión por encima, no hace falta que me lo recuerdes.

- Perdona – se disculpó Alejandra – Pero sí que tienes mal aspecto. ¿Te encuentras bien?

- Exactamente como si me hubiera atropellado un camión – apoyó las manos en la mesa y colocó la frente encima –  Me habría quedado en casa, pero tengo que aprobar estructura de datos y el examen es a las tres.

- Tampoco es para tanto, solo es un parcial. Creo que tu salud es un poco más importante que aprobar un examen.

- Ya, claro – Carlota levantó la cabeza y se quitó de la cara unos mechones que se le habían pegado; estaba empapada en sudor – Pero quita materia y si no lo apruebo no voy a ser capaz de aprobar el final con todo. Y joder, tiene la tira de créditos. Si suspendo esta pierdo la beca de fijo.

- Joder, qué putada – Alejandra intentó parecer preocupada por la situación académica de su amiga –. Pero de verdad que tienes mala cara – cogió el móvil y empezó a marcar – Aviso a mis padres de que como aquí y cuando salgas del examen te llevo al médico.

- No hace falta, no estoy tan mal. Y de todos modos cuando salga del examen los ambulatorios ya habrán cerrado.

- Bueno, pues al hospital. El clínico queda aquí al lado.

- Te estoy diciendo que no hace falta – Carlota cogió una servilleta de papel y se secó el sudor de la frente con ella –. Solo es un catarro mal pillado, nada más.

- No te veo toser ni moquear…

- Vamos a ver – la cortó de golpe – No creo que me hayas hecho venir para preguntarme sobre mi salud – sacó algo del bolsillo del canguro y puso la mano cerrada sobre la mesa – O me voy directamente, tú verás.

- Perdona por preocuparme por ti, joder – Alejandra sacó su monedero de la mochila, y comenzó a sacar billetes de 20 euros y a colocarlos sobre la mesa.

- ¿Podías ser un poco menos obvia?

- ¿Ves a alguien mirando? – Hizo un gesto con la mano abarcando la cafetería vacía. Hasta el camarero había desaparecido de la barra. Carlota miró con suspicacia hacia la chica de negro de la esquina, pero esta seguía absorta en su portátil y no parecía estar dándose cuenta de nada. Soltó un gruñido de descontento, pero no dijo nada más.

- ¿Lo de siempre por lo de siempre? – Alejandra cerró el monedero y deslizó por la mesa hacia su amiga la pequeña pila de billetes. Carlota la cogió con un gesto brusco y la metió en el canguro. Movió de forma significativa la mano que tenía cerrada sobre la mesa y Alejandra, poniendo los ojos en blanco, colocó la palma debajo. Un paquetito cayó en ella cuando Carlota retiró la mano y la devolvió al bolsillo del canguro.

- Y un detalle para los clientes fieles – Volvió a sacar la mano y le dio a Alejandra una bolsita de plástico transparente.

- ¿Y esto qué es? – lo levantó hasta la altura de sus ojos y lo examinó de cerca – Parecen plantas secas.

- Es que son plantas secas – Carlota se volvió a limpiar el sudor con otra servilleta – Una mezcla nueva. De China, me han dicho. Y si son hierbas chinas tienen que ser buenas. Se toma en infusión.

- Pero esto es de plástico.

- No es la bolsa lo que se prepara, es lo de dentro. Tienes que usar uno de esos cacharros de rejilla que se usan para las infusiones de hierbas.

- No creo que tenga nada de eso en casa.

- Pues echas las hierbas en el agua y luego las cuelas. ¿O tampoco tienes colador en casa?

- Vale, vale – Alejandra guardó la bolsita y el paquete en el monedero, y éste en la mochila – Estás un poco borde hoy, ¿eh?.

- Lo que estoy es cansada – Carlota se apoyó en la mesa para poder levantarse – Sólo quiero terminar el puto examen e irme a mi casa a dormir. ¿Es todo lo que querías?

- Sí, tranquila, ya te puedes ir – el humor de su amiga se le estaba contagiando – ale, suerte en el examen – le dijo levantando la voz mientras Carlota cerraba la puerta de la cafetería tras ella.

Justo entonces se dio cuenta de que no le había dicho qué efecto tenían las hierbas nuevas. Pensó en seguirla para preguntárselo, pero no le apetecía que la mandara a la mierda – lo que, viendo lo visto, sin duda haría –. Ya la llamaría por la noche y de paso le preguntaría qué tal estaba.

Echó la silla hacia atrás para levantarse, y al hacerlo se dio cuenta de que la chica de la esquina la estaba mirando. Le sostuvo la mirada unos segundos, esperando que bajara la vista, pero la que acabó haciéndolo fue ella. Asqueada, cogió la mochila y se fue de allí. Aquella facultad estaba a rebosar de raritos, menos mal que las vacaciones ya estaban al caer…


Antes de salir aquella tarde, Alejandra metió en su bolso el paquete de setas que le había comprado a Carlota. Decidió dejar la bolsita de hierbas chinas en casa. No veía de qué modo iba a preparar un té en mitad de una discoteca y no tenía intención de salir llevando un termo en el bolso. Y lo que no pensaba hacer, de ninguna manera, era tomarse aquello en su propia casa.

… Claro que tampoco veía seguro dejar una bolsita de “a-saber-qué” al alcance de su hermano, que tenía por costumbre cotillear sus cosas cuando ella no estaba. Recogió la bolsita del cajón de la cómoda y, tras un momento de duda, acabó metiéndola en el bolso. Tampoco ocupaba mucho espacio, y hasta que supiera qué hacían exactamente, esas hierbas estaban más seguras donde pudiera controlarlas.


- Ey, hola, ¿qué tal estás?

- ¿Qué coño quieres? Estoy un poco ocupada

- Es por las hierbas chinas aquellas…

- …

- …Ah… me preguntaba si tendrías alguna muestra más…

- Uy, listillo a babor. No, no me quedan “muestras”. La primera fue por cortesía de la casa, a partir de ahí si quieres algo lo pagas.

- Pero…

- Pues hasta lueg-

- Vale, vale. ¿Cuánto por bolsa?

- Lo tengo que pensar. Ya hablamos mañana.

- ¿No me puedes contestar ahora?.

-Ya. Hablamos. Mañana.

- Solo te estoy haciendo una preg-

Carlota apagó el móvil y lo metió debajo de la almohada. Lo habría tirado contra la pared, pero no se sentía con fuerzas para hacerlo. La gente era idiota, pensó, mientras se colocaba – otra vez – el termómetro bajo la axila. Esas putas hierbas no hacían absolutamente nada, ella misma las había probado según le llegaron los primeros paquetes, y no era más que té normal y corriente. Y dudaba mucho que fuera de origen chino. Pero la gente era así de crédula. Y mejor para ella; casi todos los clientes a los que les había regalado la primera bolsita le habían pedido más. Y también habían pagado más. Si nadie se enteraba de que estaba subiendo el precio para aumentar su parte, podría hacerse con un buen pico…

Agarró un pañuelo de la mesita de noche justo a tiempo de taparse la boca y tener el padre de los ataque de tos. Cuando se calmó, se limpió los labios, dejó el pañuelo manchado de sangre de nuevo en la mesita, y se acurrucó lo mejor que pudo bajo las mantas.

Solo necesitaba dormir, seguro que tras una noche de sueño se encontraría mejor.

28 de enero de 2015

Una por partes (1)


Historia larga que llevo pretendiendo empezar a escribir desde hace bastante, pero por un motivo u otro nunca comenzaba. A ver si consigo escribir más de dos páginas.


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Es creencia extendida que en los mapas medievales se escribía “aquí hay dragones” en las zonas desconocidas. Y es cierto que se tenía una cierta tendencia a dibujar en ellos, y muchas veces lo dibujado resultaba ser un dragón. Esto podría deberse, efectivamente, a que no se sabía qué había en los lugares donde se dibujaba el animalillo de marras. O quizá a que dibujar mapas era una tarea tediosa, y los cartógrafos se aburrían y se dedicaban a dibujar en los márgenes.

Lo que no es cierto es que se escribiera “hic sunt dracones” – aquí hay dragones, en latín – en los mapas. Es solo una creencia muy extendida. En realidad, solo se conserva un mapa – un globo terráqueo – en el que se utilice esa frase, escrita, mira tú qué casualidad, cerca de Indonesia. Donde viven los dragones de komodo. O sea que la única frase “aquí hay dragones” registrada bien podría deberse a que el cartógrafo sabía lo que había en esa zona, justo al revés de lo que la dicta la creencia.

Son una cosa graciosa, las creencias. La gente cree en ellas sean ciertas o no. Especialmente si no. La experiencia parece decirnos que es más fácil creer en algo que no se ha visto pero te han contado que existe que en, pongamos, una mesa. Por no mencionar mucho más divertido. No sé qué tipo de ofrenda  se ofrecería en una religión en torno a las cortinas de las casas, pero seguro que no le llega ni a la suela de los zapatos a degollar un cordero y beberse su sangre o decapitar a una virgen. La cuestión es que aquello en lo que se crea sea lo más espectacular posible, porque la gente en seguida se cansa de las cosas aburridas.

La creencia popular sobre aquel pequeño monte era que no había que acercarse. Cuando se le preguntaba a los aldeanos el porqué cada uno daba una versión diferente, pero todos parecían estar de acuerdo en que la gente que se adentraba en la espesura en dirección norte no volvía, o lo hacía terriblemente enfermo y moría al poco tiempo.

Tsung Jung Liu no creía en aquella superstición, pero había sido educado en la creencia de que hay cosas más allá de lo que el ser humano pueda comprender, así que se cuidaba de que su cuadrilla recolectara cerca del monte. Ni siquiera era un monte, pensó. Era tan solo una pequeña meseta que se elevaba unos 300 metros por encima del poblado donde se alojaban. No merecía ni tener nombre, pero aquella gente lo llamaba “el monte”, y así había terminado llamándolo también él.

Llevaban ya una luna entera en aquella zona y Jung había comenzado a perder la esperanza de que encontraran nada. Si aquel día tampoco encontraban nada que mereciera la pena, pensaba marcharse a la mañana siguiente. Y estaba seguro de que lo haría: Cuadrillas como la suya habían peinado el terreno una y otra vez durante años buscando plantas y especias que, por los motivos que fueran, no podían cultivarse. A Jung le parecía una estupidez que una seta o un cardo no pudieran arrancarse y llevarse a una zona más propicia para su cultivo, pero esa estupidez le había dado trabajo durante más de 8 meses, así que callaba al respecto.

Aquella zona ya estaba totalmente esquilmada. No quedaba nada comestible, o al menos nada por lo que alguien quisiera pagar. A lo largo de los días habían recogido algunas raíces con aspecto extraño para probar su sabor, pero habían resultado ser incomibles. Esta sería la segunda expedición en la que volvieran con las manos vacías, y el miedo a que el capataz le juzgara incompetente y le despidiera acabó pesando más que el temor a las supersticiones: Aquel día había mandado a los recolectores más al norte, hacia el monte, justo hasta su falda.

Pasó inquieto todo el día, sin ser capaz de centrarse en el trabajo. Unas veces preguntándose si volver con las manos vacías y jornaleros de menos realmente era peor que volver con las manos vacías, y otras llamándose estúpido por haberse dejado influir por las estúpidas historias de aquella gente. Llegó a la conclusión de que prefería acampar en la jungla: Sí, esta vez estaban durmiendo bajo techo, pero al menos las plantas no le metían ideas raras en la cabeza.

Poco antes de la puesta de sol volvieron los recolectores, y lo que trajeron animó a Jung. La mayoría había encontrado una especie de seta pequeña, de forma alargada y con el capuchón poroso, como una esponja. No estaban muy seguros de que fueran comestibles, pero a aquellas alturas todos compartían el temor de su superior a volver de vacío, y en cualquier caso tenían orden de recolectar toda especie nueva que encontraran.

Esa noche los habitantes del poblado les prohibieron entrar en sus chozas, así que levantaron el campamento a unos cien metros, tras unos árboles. Mientras sus hombres preparaban las tiendas y los fuegos Jung le dio a probar aquella nueva seta al perro que llevaban con ellos y le observó un buen rato, atento a cualquier posible señal de envenenamiento. Los hombres cenaron y se reunieron en torno a una hoguera para contar historias, y el perro se tumbó a los pies de Jung, moviendo la cola complacido por el calor de las llamas. Cuando se retiraron a las tiendas, el perro seguía en perfecta forma, e igual a la mañana siguiente cuando comenzaron a recoger el campamento para volver a las fábricas del sur. Jung decidió entonces que era seguro probar las nuevas setas.

Estas resultaron tener un sabor bastante agradable. Le satisfizo que sus hombres hubieran traído bastante cantidad, y lamentó no tener un par de días más para recolectar. Pero ya sabían dónde encontrarlas, podrían volver en la siguiente expedición. Porque estaba seguro de que aquel hallazgo le garantizaría trabajo para por lo menos una salida más.

Antes de meter los mapas en su bolsa, solo por si acaso cogió el plano topográfico de la zona, lo estudió unos momentos para asegurarse, y marcó con rotulador una pequeña elevación del terreno en la parte superior del papel.

Al lado escribió, con letras bien grandes: “Aquí hay setas”.

20 de agosto de 2013

¿Feminismos en Pacific Rim?

Recientemente he ido a ver Pacific Rim. He de decir que incluso con todos los agujeros de guión, flipadas y sobreactuaciones, me ha encantado. Me pareció un peliculón, y a la semana siguiente volví a verla en versión original, porque yo lo valgo.




En el segundo visionado me fijé en que en la película salía gente. Y demasiado rato, en mi opinión. Pero ya que no iba a fliparme tanto con las peleas porque ya me las sabía, me dediqué a ver lo que les pasaba a los humanos.



Y he de decir que salí muy contenta con el personaje de Mako Mori, porque en una película diseñada específicamente para hombres habían metido a una coprotagonista femenina que ni enseñaba cacho, ni era una rubia oxigenada, ni se terminaba liando con el prota. Pero tampoco lo pensé mucho rato. Había ido a ver una peli con un argumento trillado hasta la nausea, con homenajes al kaiju enga que rayaban en el plagio y con unas peleas con las que Michael Bay solo podría llegar a soñar, no una crítica social ni un estudio filosófico, así que me descargué la banda sonora y me olvidé del tema.




Un par de días después comienzo a leer en internet sobre el test de Mako Mori, y un ardiente debate sobre si Pacific Rim es una película machista o feminista. Y aunque en su momento no pensé mucho en ello porque yo al cine - como podéis deducir por el tipo de películas que me gusta - voy a desconectar la neurona, sí que comencé a darle vueltas al tema, y creo que la conclusión a la que llegué es lo suficientemente interesante como para hacer un post sobre ella.

Si no sabéis de qué hablo con lo del test de Mako Mori poned en google "Mako Mori test" - o "test de Mako Mori" - y leed un rato (aquí os dejo un enlace por si estáis vagos, pero aviso que es en inglés xD). De todos modos, aquí comento un par de conceptos sobre los que hablan.

Existe una cosa que se llama test de Bechdel, que pasan aquellas películas en las que:

1) Hay dos personajes femeninos con nombre

2) que hablan entre ellas

3) de algo que no sea un hombre.

Parece una tontería, pero a día de hoy solo se me ocurre La Sonrisa de la Mona Lisa - y Alien, creo -, de entre todas las películas que he visto. Y no he visto pocas. Pacific Rim no la pasa ni de lejos.
Pero mucha gente salió de la sala de cine pensando lo mismo que pensé yo sobre la coprotagonista, y por eso se ha creado el test de Mako Mori, que pasarían aquellas películas en las que:

a) Hay al menos un personaje femenino

b) que tiene su propio arco argumental

c) que no es de apoyo a la historia del hombre.

Que parece que no pero tampoco caigo ahora en muchas películas que lo cumplan. Pero Pacific Rim sí.

Claro que hay gente que argumenta que muy bien, que hay un personaje femenino, sí, qué guay, pero que la película sigue siendo machista. Y otros que no, que es feminista.




Y yo digo que Pacific Rim es una película diseñada para hombres con altos niveles de testosterona en sangre. Robots gigantes dándose de ostias contra monstruos marinos gigantes. Solo falta un cameo de Optimus Prime. Que dicen que hay pocas mujeres, que la coprotagonista vive poco menos que sometida a los personajes femeninos... Y yo digo que sí, que muy bonito todo, pero que quizá estén siendo un poco simplistas.

Muy machista y todo lo que quieras, pero el único torso
desnudo es el de un hombre XD

Primero comentar algo sobre el hecho de que en la película no hay apenas mujeres: Hago karate desde hace ya más de un año, y me he dado cuenta de que en cualquier deporte de contacto la proporción hombres-mujeres es descorazonadora. Las mujeres no pelean. No me voy a meter con los motivos que les llevan a no practicar estos deportes, pero los hechos están ahí. En cualquier torneo veréis que hay más del triple de participantes para la parte masculina que la femenina. En las exhibiciones, si queréis ver tetas tenéis que buscar tíos gordos. Es totalmente natural que si hacen una película sobre peleas no haya apenas mujeres. No es machista, es un reflejo de la sociedad. Ni mi shihan es machista por tener más de 60 discípulos hombres y menos de 10 mujeres, ni que a las mujeres por norma general no les gusten los deportes de contacto es machista. Y por tanto me parece un poco estúpido que alguien diga que Pacific Rim es machista porque los luchadores son en su mayoría hombres.




Pero ojo, para hacer de copiloto del héroe de la película cogen al mejor estudiante, el mejor candidato, el de más nivel; que es una mujer. En eso parece que no han reparado.




Sobre que Mako Mori vive supeditada a lo que digan los hombres: Pues mira, si quien la hubiera rescatado de pequeña y criado como su hija hubiera sido una mujer, le haría caso a una mujer. Pero resulta que fue un hombre, así que por eso ya es machista. Superbien.
Cuando al protagonista de la película le presentan a los pilotos del Striker Eureka, el padre dice sobre su hijo que es su copiloto, y su hijo replica "no, tú eres mi copiloto", dando a entender que hay una jerarquía entre los pilotos, llevando uno la voz cantante y el otro siendo el apoyo.
Lo que están buscando para el héroe de la película es un copiloto. Si el elegido hubiera sido un hombre nadie habría dicho nada acerca de que uno llevara la voz cantante. Pero el copiloto resulta ser una mujer, así que de pronto es machista que el héroe lleve la voz cantante.



(Por cierto: Por lo que se ve en la película, el piloto principal es el que se coloca en el puesto del hemisferio derecho. En Cherno Alfa ese puesto lo ocupa la mujer)

Otra cosa que se podría confundir con machismo es que Mako Mori es japonesa. Y al parecer se ha criado en Japón, porque se comporta, si bien bastante occidentalizada, con un núcleo de educación japonesa muy diferenciado. Esto puede verse muy claramente cuando Mako se queda mirando al héroe en su habitación, este le hace una pillada, ella se asusta, cierra la puerta... y sigue mirándole por la mirilla.
Y se puede ver también, de un modo menos ridículo, cuando el héroe le espeta que no hay por qué obedecer las órdenes, y ella responde muy indignada que no se trata de obediencia sino de respeto. Mako Mori respeta al mariscal en primer lugar porque es el rango más alto de la estación y como tal se le debe respeto, y en segundo lugar porque es su padre. Ella es respetuosa, no sumisa.




Podría parecer que Mako no tiene carácter cuando la insultan y se queda quietecita mientras es otro quien sale a defenderla. Bueno, el héroe tampoco se lía a ostias cuando se meten con él y nadie opina que no tenga carácter. Además, la escena está hecha para ilustrar la confrontación entre los dos personajes masculinos, Mako no tiene ninguna necesidad de responder con violencia a un insulto. Ella eso de la testosterona no lo usa. Asimismo, ella no montaría nunca gresca por respeto al mariscal. Muy japonés todo de nuevo.




Una cosa más: Si Mako tuviera tan poco carácter seguramente habría dejado ganar al héroe cuando se enfrentan en la prueba de compatibilidad al principio de la película. Y no lo hace. Gana, porque es ligeramente mejor que él. La coprotagonista es mejor luchadora que el protagonista, ojo. A ver dónde habéis visto eso.



Por supuesto, el hecho de que Mako Mori no sea una muñeca hinchable a lo Lara Croft, que no lleve ropa provocativa sino práctica, que los personajes masculinos la respeten desde el principio sin tener ella que probar su valía para ello, que su arco argumental no gire alrededor de enamorarse del tío de turno sino de vengar a "sus ancestros"... Todo eso me ha encantado. Pero sí que es verdad que es el único personaje femenino con más de dos frases en la película, y también lo es que podrían haber metido mujeres en papeles como los de los científicos o los operarios de los paneles de control. Pero aún así es refrescante ver que poco a poco surge un nuevo tipo de personaje femenino - como Mako Mori, Hermione, Juno y Beckett, por ejemplo - que tiene entidad propia más allá de alegrar la vista al espectador o ser la enamorada del prota.
Y que conste que yo hasta que Castle y Becket no se liaron no me quedé tranquila.




¿En resumen? Pacific Rim no me parece una película machista. Tampoco feminista. Creo que no tiene la suficiente profundidad para poder decir que sea una cosa u otra. Es una película de gigantes dándose de ostias diseñada para subir los niveles de testosterona del público y poco más, o sea que menos aún se va a plantear cuestiones éticas como el feminismo. Pero tiene un personaje muy innovador, y más teniendo en cuenta el público al que va dirigida: Una mujer de verdad, que no se ajusta al arquetipo de coprotagonista femenino al uso, y que lleva suficiente ropa como para no morir de una bronquitis.



Creo que Guillermo del Toro podría haberse asegurado bastante más taquilla si en vez de a Rinko Kikuchi hubiera elegido a alguien con más tetas, o directamente le hubiera puesto menos ropa a ella. Pero decidió dejarlo como lo hemos visto, y le aplaudo por ello.
Y me gustaría que en los años venideros este tipo de personajes aumentara en número en las películas que están por venir. Porque yo al cine voy a divertirme, no a pensar, pero es agradable que de vez en cuando haya mujeres de verdad retratadas en la gran pantalla.