31 de marzo de 2009

¿Qué descubrimiento resultó más determinante para el devenir del ser humano?

Hay un intenso debate sobre cuál fue el invento que ha marcado en mayor grado la evolución del ser humano. Los hay que piensan que el fuego fue el factor determinante. También un gran grupo defiende que la invención de la rueda marcó un antes y un después en la historia de la humanidad. O quien piensa que la invención que más influyó en el curso que la humanidad iba a tomar, y no necesariamente para bien, fue la pólvora. Hay grupos que no se remontan tan atrás en el tiempo, y en su lugar opinan que la especialización profesional y la cadena de montaje, desarrolladas en la edad media fueron determinantes para cambiar el rumbo de la historia.
Pero ninguno de esos descubrimientos afectó tanto a la evolución humana como el que yo propongo:

La cafeína.

Si, la cafeína. Esa pequeña amiga que nos encontramos en cada café, té, refresco de cola, o pastilla concentrada (con receta médica, eso sí) que nos tomemos. Esa compañera silenciosa de nuestras noches de insomnio, nuestros lunes con resaca, nuestros fines de semana en familia.

¿Y que por qué postulo esto? Pues ahora mismo lo vais a saber:

Sin cafeína, Einstein jamás habría podido mantenerse despierto mientras memorizaba todas esas fórmulas y postulados, y por lo tanto nunca habría podido llegar a razonar, entre otras muchas leyes y teorías físicas destacables, que solo había dos cosas infinitas: El universo y la estupidez humana.

¿Y qué habría sido de los grandes dramaturgos, científicos, guerreros y hombres de pro en general, sin la cafeína? Simplemente, sin un buen vaso de café que les despertase, no habrían sido capaces de permanecer despiertos el tiempo necesario para lograr sus tan nobles fines.
¿Puede uno imaginarse qué habría sido del Cid si doña Jimena no le hubiese preparado puntualmente, todos los días, una taza de café? Seguramente ahora España sería territorio musulmán (aunque, de hecho, creo que a día de hoy lo es, o al menos en mi barrio) y no tendríamos ese gran cantar de gesta con el que presumir ante otros países, que sólo pueden inventarse leyendas sobre espadas y bañistas desnudas (seguramente porque tomaban té en vez de café. El té tiene menor concentración de cafeína, y por lo tanto no despeja tanto la mente como para inventarse algo más original. ¿Lo veis? La cafeína otra vez)

Sin nuestra buena amiga la cafeína, los trabajadores no serían capaces de resistir con los ojos abiertos toda la jornada laboral, ni de bailar hasta partirse la espalda en las discotecas los fines de semana (ahí también juegan un papel importante los alucinógenos, pero eso se sale del tema que nos ocupa), ni de estudiar hasta la extenuación en época de exámenes... Observad que sin nuestra amiga la cafeína, jamás podríamos titularnos! (bueno, yo aún con cafeína sigo intentando lo último...)

Imaginaos cómo sería el mundo sin cafeína! Un mundo sin eminencias de la física, sin arte, sin ciencia, sin medicina, sin héroes, sin diversión, sin trabajadores cualificados, en el que no seríamos capaces de cumplir nuestros horarios laborales...
¡Qué diferente de como resulta ser con la cafeína entre nosotros!

¿Aún podéis negarme que ha sido el descubrimiento que más ha determinado el devenir del ser humano?

25 de marzo de 2009

La patata disidente

¿No os ha pasado nunca que cuando pedís aros de cebolla en vez de patatas fritas en un burguer king, siempre os encontráis una patata frita escondida entre los aros?

Porque a mi me empezó a pasar cuando empecé a tomar aros de cebolla en vez de patatas... Pero es que además, a partir de ese momento, cada vez que compraba croquetas en la sección de congelados del supermercado, al abrir el paquete me encontraba una patata frita congelada.
Esto llegó a intrigarme tanto que empecé a preguntarme por qué siempre tenía que haber una patata disidente en todos los platos de fritos que tomaba... y caí en la cuenta de que quizá alguien las había enviado para que me siguiesen.

Pero, ¿quién enviaría una patata frita a seguirme?, me pregunté. Es descabellado, porque tarde o temprano me la voy a terminar comiendo, y van a tener que seguir mandando más. Puestos a seguirme, podían haber contratado a un ruso de esos que en sus ratos libres se alquilan por horas como armarios empotrados, porque aunque no sean discretos al menos sí son duraderos y resistentes.
Pero no, utilizaban patatas fritas. Tras un rato meditando, llegué a la conclusión de que, si enviaban patatas fritas a seguirme, es que no podían permitirse mandar a nadie más... ¿y qué o quién es tan pobre como para sólo poder recurrir a una patata frita para emplearlo como espía? Me costó atar cabos, pero cuando dejé de pensar en términos económicos, y me di cuenta de que los verdaderos motivos podían ser culturales e idiomáticos, por fin lo descubrí.

¡Las patatas estaban mandando esbirros para que me tuviesen vigilada!

¿Y por qué iban a querer las patatas tenerme controlada? Mis pesquisas eran tanto más inquietantes cuanto más avanzaba en ellas. Comencé a encontrar patatas disidentes cuando comencé a tomar aros de cebolla en los burguers, recordé. Entonces...
¡No podía ser posible! ¿Estaban las patatas mandando espías a seguirme como represalia por haber empezado a tomar aros de cebolla? Vale que las patatas y las cebollas llevaban enemistadas desde hacía décadas, pero yo siempre había pensado que se limitaba a un problema entre ellas, que no incluía a nadie más... Bueno, quizá a los tomates, pero todos sabemos, gracias a las películas de sobremesa de los sábados en telecinco, que los triángulos amorosos nunca llevan a buen puerto. Y los tomates también debían haberlo sabido.

Cuando volví a mi hilo de razonamiento principal, mi descubrimiento me paralizó por unos instantes. ¡Que las patatas estaban resentidas conmigo! ¡Parecía una locura! Pero entonces, si habían comenzado a seguirme a mi por dejar de tomar patatas fritas... ¡eso quería decir que estaban siguiendo a un montón de gente! Pero, ¿con qué fin? ¿Por qué pretendían tener controladas a todas las personas que en vez de tomar patatas preferían cebollas o tomates?

Tan cerca del final de mis pesquisas, tuve que admitir que no tenía la menor idea de por qué lo hacían. No encontré ninguna explicación lógica a aquel comportamiento, hasta que un día en el supermercado encontré unos muñequitos hechos de pasta de patata. Y pensando en las posibilidades que ofrecía un hombrecillo hecho de patata, de pronto lo vi todo claro...
¡Las patatas se habían propuesto acabar conmigo y suplantarme por un muñeco de pasta de patata idéntico a mi!

Ahora entendía por qué gente que no soportaba las patatas, de pronto un día se volvía un apasionado de ellas. ¡Era porque lo habían quitado de en medio y habían puesto en su lugar a uno de los suyos! Aterrada por aquel descubrimiento, decidí volver a pedir patatas fritas cuando fuera al burguer king, y eliminar la cebolla y el tomate de mi dieta por completo. Automáticamente, dejaron de aparecer patatas disidentes en mi plato, y mi alivio ante ese hecho no pudo ser mayor.

Aunque claro, si algún día me encuentro un aro de cebolla disidente en mis patatas fritas, ya sí que no voy a saber lo que hacer...

24 de marzo de 2009

No se trata de un berrinche de un día

No se trata de que de vez en cuando te sientas mal porque pienses que eres un fracasado, o que creas que no vas a llegar a nada en la vida porque no vales nada. Esa sensación la tienes todo el tiempo.
Y cuando piensas todo eso, no te animas porque consigas darte razones que contradigan tus oscuros pensamientos. La realidad, aunque te tragarías la lengua antes de admitirlo en voz alta, es que lo piensas todo el tiempo. Las razones que supuestamente te hacen sentir mejor solo son parches que contienen tu inmensa frustración por no ser más de lo que eres.

Aún así, esperas que esos parches, que contienen en mayor o menor medida la certeza de tu mediocridad, no sean necesarios a largo plazo. Siempre, desde que puedes recordar, todo aquel que has conocido se ha afanado en recordarte lo insípido de tu existencia y el poco valor de tu persona. Y cuando te hartaste de desprecios, tomaste una resolución.
La gente te recordaría, decidiste. Recordarían tu nombre, se sentirían dichosos de poder acercarse a ti, se matarían por llegar a conocerte. Les cerrarías la boca a todos esos papanatas que tienen tanto valor moral para tacharte de mediocre como una tortuga de tachar a un caracol de lento.
Pero no vas a conseguirlo de la noche a la mañana, meditas. Y lo peor es que con el tiempo tú también has empezado a creer todo lo que te han repetido una y otra vez tus allegados. Así que urdes una trama de motivos, como una especie de parche, que creen una duda razonable, una explicación a por qué no has llegado aún a triunfar que no implique que eres una paria de la sociedad.
El parche es una chapuza como otra cualquiera, y no te lo crees ni tu, pero al menos permite que los pensamientos más oscuros se vean reducidos hasta niveles admisibles, lo suficiente como para que puedas ponerte manos a la obra.

Te has dado un plazo para demostrarte a ti mismo que todos los que te han despreciado están equivocados. Y cuanto más tiempo pasa, más te cuesta mantener lejos el temido "Tenían razón". Más te cuesta, cuando cae el parche, colocarlo de nuevo. Más te cuesta seguir luchando. Cada vez que cae, cada vez que pierdes la fe en ti misma un poco más, te vuelves a preguntar cuánto tiempo soportarás esta situación hasta caer definitivamente, porque cada vez te cuesta más creer que vayas a llegar a algún lado...

Ah, pero si tú no luchas, siento mucho decirte que entonces será cuando todos ellos tendrán razón. No puedo convencerte de que no solo no eres mediocre, sino que eres especial. No puedo predecirte un futuro lleno de éxitos en el que restregarás su desprecio por la cara a todos los que no creyeron en ti.

Pero sí puedo decir con total certeza que preferirías morirte a darle la razón a esa panda de perdedores.

23 de marzo de 2009

"Ven, anda"

El tacto frío de la funda nórdica la despierta de un modo que a ella se le antoja dulce. Abre los ojos, sin saber dónde se encuentra, tarda unos momentos en comprender de qué habitación es la pared que contempla, y unos pocos más en comprender cómo ha llegado allí. Bosteza, perezosa, como un gato al sol, estirándose todo lo larga que es, disfrutando del fresco de la manta sobre su cuerpo.
Se gira lentamente, con una sonrisa en los labios, y le encuentra sentado delante del ordenador, dándole la espalda. Le oye hablarla; se ha dado cuenta de que está despierta, así que ella se hace una bolita bajo las mantas, sonriente, esperando que se levante y se acerque a la cama.
Pero pasa un minuto, y otro, y no se mueve. Ella, incrédula, le habla. Él responde, sin girarse en ningún momento, y sigue a lo suyo. Ella le clava los ojos en la nuca, intentando hacer que se vuelva con la fuerza de su pensamiento. Pero él sigue sentado de espaldas a ella.

Al final, ella tiene que pedirlo: "¿No vienes a darme los buenos días?". Lo que acaba de decir es una tontería, porque son las siete de la tarde, ella estaba durmiendo la siesta, aburrida porque él no le había dirigido la palabra en horas, ocupado como estaba con el ordenador. Él, tras decirle que esperase a que terminara de teclear algo, se levanta, se acerca a la cama, y se sienta en el borde, a la altura de su pecho.
Comienza a hacerle arrumacos con dulzura, pero ella ya no quiere que la toque. Ha dejado de sonreír, y le mira con tristeza. Él no debería haberse sentido obligado a acercarse por sus palabras. Debía haberse acercado porque quería verla despertarse. Él no quiere estar ahí sentado, quiere estar frente a su ordenador... y ella no quiere que él se siente a su lado mientras desea estar en otro lugar.
Él, defraudado por la triste reacción de ella ante sus arrumacos, se levanta y vuelve a sus quehaceres. Ella, triste de ver la poca importancia que tiene en comparación con un ordenador, se da la vuelta en la cama, y cierra los ojos conteniendo las lágrimas, mientras intenta dormirse de nuevo, para que la hora de volver a casa llegue lo antes posible.

Ultimamente

Últimamente, a la gente le ha dado por volverse guías espirituales, y a usarme a mi de cobaya.

No recuerdo cuántas veces me han dicho que tengo que calmarme y tomarme las cosas menos a la tremenda, pero haciendo una aproximación a la baja, si me diesen un euro por cada vez que me lo han repetido en los últimos tres meses, podría dejar de trabajar y vivir de las rentas por un par de años... y yo no soy de gustos baratos, precisamente.

No es que me moleste, pero cuando un montón de peña te dice que te tiene que importar un bledo lo que los demás piensen, y que las convenciones sociales son una patraña inventada por los gobernantes para mantener a raya al pueblo, y que uno debe hacer lo que le parezca que esté bien, y no lo que los demás juzguen como correcto, lo menos que esperas es que luego sean consecuente con sus palabras.

Y cuanto a la que te despistas te están demostrando que a ellos les importa mucho más el qué dirán de lo que a ti te ha importado en tu vida... ¿No te sientes un poco decepcionado?

Al final, la única que ha actuado siempre de acuerdo a sus principios, importándole un bledo lo que piensen los demás, o lo que signifiquen las cosas para la sociedad, porque para ella tienen un significado diferente, y en relación a ese significado las considera buenas o malas, he sido yo.

Dar consejos es una cosa. Predicar con el ejemplo, otra muy distinta.

20 de marzo de 2009

Las Sombras de París

Especie de introducción a mi Gran Proyecto Literario particular. Iré escribiendo más, aunque no lo postearé. Ya me diréis lo que opináis del mini prólogo.

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París siempre ha sido mi ciudad favorita.

No es que esa aseveración tenga mucho peso, porque nunca he vivido en ningún otro lugar, pero aún así no creo que haya ningún otro lugar en el mundo en el que se disfrute la vida hasta las cotas en las que se disfruta en esta pequeña ciudad.

Y es que París es bastante peculiar. En mitad de la decadencia que embarga al mundo, supuestamente civilizado, en el que me ha tocado vivir, mi ciudad natal se adorna con ostentosos vestidos, se coloca sus mejores joyas, y se calza sus refinados zapatos de tacón y forro de terciopelo para salir a la calle a lucir su hermosura. No le importa que la seda y el encaje del vestido estén amarillentos y resecos, ni que las joyas sean viejas y tan excesivas que resulten obscenas, ni que la suela de las manoletinas esté tan agujereada que prácticamente camine descalzo. Y tampoco le afecta en absoluto que su hermosura aterre a todo aquel que la mira, y haga que incluso los pecadores huyan de ella. París se enorgullece de exhibir aquello que avergüenza al resto de Europa, se anuncia casi a gritos a cualquiera que se acerque, oferta todo tipo de excesos y pecados a precio de saldo, y se presta a borrar cualquier sombra de remordimiento con el mejor licor y las mejores caricias que la decadencia de este mundo puede ofrecer.

Puede parecer, por lo que acabo de decir, que París no es el mejor lugar en el que una niña puede crecer, convertirse en una mujer, y tener una vida digna. Pero es que precisamente gracias a su perversión, París es el único lugar en el que yo podría crecer y tener una vida… más o menos satisfactoria.

Gracias a Dios – o quizá por su culpa – esta ciudad olvidada de la mano del Altísimo también es ignorada por Su Brazo Ejecutor en la tierra, el Tribunal de Ajusticiamiento: Algo así como la inquisición de la Edad Media, solo que ahora sí que persiguen brujas de verdad, y rara vez yerran en sus investigaciones. Estos fanáticos de la ignorancia y el fervor religioso persiguen a cualquier persona, animal o cosa que despida el más leve rastro de magia... salvo si esa persona, animal o cosa está en París. Es una ciudad tan decadente, que ninguno de los ajusticiadores se molestan en entrar en ella… piensan que, al igual que Gomorra, se colapsará ella misma, ahogada en sus propias perversiones. Confían en que un pecado tan grande y aberrante no puede pasar desapercibido a ojos del Altísimo, y que será Él, tarde o temprano, quien acabe con ese cáncer que se desarrolla en mitad de Europa.

Así que las personas como yo vivimos relativamente a salvo bajo los techos mohosos de los edificios de esta ciudad, al menos por el momento, libres de ganarnos el sustento de cada día con nuestro trabajo, e incluso disfrutando en cierta medida del respeto de aquellos a los que prestamos nuestros servicios.

Mi madre, fuera quien fuese, fue una mujer lista, porque si no me hubiese entregado a una familia parisina antes de desaparecer, ya llevaría varios años muerta. Gracias a ella he podido contar veintisiete años, y si la escoria de cuyas desgracias vivo me lo permite, planeo vivir bastantes más.

18 de marzo de 2009

Cosas que nunca debería decir (Parte 2): Dar de alta el ADSL

Últimamente, mis compañeros de piso y yo hemos estado comparando precios de compañías de telefonía e internet, y tras mucho deliberar, nos hemos decidido por cierta compañía, que por no hacer publicidad llamaré "com.ya"

El caso es que nos intentamos dar de alta en el servicio de internet que ofrecen vía internet (un contrasentido, lo sé, pero cosas más raras se han viso), y lo primero que nos piden es nuestro número de teléfono.
¿Cómo que número de teléfono? ¡Pero si les estoy contactando para que me den uno! Tras la sorpresa inicial, (y tres días llamando al número de información) de pronto un día dimos con un teleoperador competente, que no sólo entendió lo que le preguntábamos, sino que nos supo contestar. La cuestión era que debíamos tener una línea dada de alta con timofónica para poder hacer una migración a com.ya, dado que com.ya carecía de infraestructura para proporcionarnos una línea de teléfono desde cero.
Tras otros tres días llamando al teléfono de información de timofónica, por fin conseguimos que un teleoperador nos explicase cómo dar de alta la línea, y sólo la línea (porque parece ser que el propósito vital de los operadores de timofónica es colocarte una oferta de adsl, rdsi, tdt, o hijk... la cuestión es colocarte algo con siglas). Así que, tras llevar a cabo el alta de línea, nos vino a ver un técnico que, tras echar un vistazo a la instalación, enchufar en la clavija el teléfono que le dimos, y hacer un par de llamadas, nos comunicó satisfecho que teníamos línea.

Muy bien, una vez con línea, nos disponemos a contratar el adsl en com.ya. El alta por internet (de nuevo ironías de la vida: Hay que dar de alta la línea telefónica haciendo una llamada, y el alta de internet te la dan dándote de alta a través de internet) la hicimos en una mañana, y tres días después nos llegó un correo en el que nos indicaban que debíamos llamar a cierto número de teléfono - no gratuito, por supuesto - para que grabasen nuestro consentimiento para dar de alta el adsl y migrar la linea de voz de timofónica a com.ya. Como soy la titular de la línea, efectúo la llamada, en la cual me comunican que necesito una factura de teléfono de timofónica para hacer la grabación "porque le ponen un número variable de ceros a su número de teléfono, dato que le piden durante la grabación". "Pero yo no tengo ninguna factura de timofónica, me di de alta la línea hace una semana". "Pues entonces debe llamar a información de timofónica, para que le digan el número exacto de ceros que lleva la factura".
Bien, intrigada, llamo al número de información antes citado, y tras exponer mi duda, la operadora, conteniendo una carcajada, me dice que no sabe de lo que le estoy hablando, que va a consultarlo. Casi pude sentir las carcajadas a través del auricular silenciado en el medio minuto que estuve esperando la respuesta de la chica... que no fue otra que "lo siento, pero nadie tiene ni idea de qué es eso de los ceros delante del número de teléfono, los datos suyos que tenemos en la base de datos no los hemos modificado en absoluto.
Bien, me digo. Al fin y al cabo, si los de timofónica ponen "un número aleatorio de ceros", ¿qué pierdo inventándome ese número? Así que llamo al teléfono que me facilitaron cuando llamé al teléfono que me habían dado para dar mi consentimiento (si, resulta que el teléfono que me dieron primero sólo servía para recaudar fondos, no para algo realmente útil), y me pasaron la grabación. Me pidieron número de teléfono y dni, y me hicieron decir un "sí" muy alto y muy claro en cierto momento que la operadora se cayó. Luego me dieron las gracias y colgaron.

"Pues qué bien", me dije. Nada de ceros. Cojonudo. Qué bien se lo ha tenido que pasar el puñetero operador de com.ya.

Tres días después llega el router, junto con la noticia de que tengo que volver a llamar para dar mi consentimiento de la migración de la línea de voz... porque parece ser que la grabación del otro día no había sido suficiente. Bueno, si les gusta escuchar mi voz, me dije, no les voy a negar una llamadita más a un 902. La operadora me vuelve a preguntar por los ceros de marras, a lo que yo contesto con un rotundo "no hay ninguno". La operadora me dice, confundida, que entonces en la grabación diga que hay dos cuando me lo pregunten, porque normalmente hay dos... y me pasa la grabación, idéntica en todo a la primera que hice. Sí, también en lo de que no me preguntaron por los ceros.

Pero lo mejor de todo fue la factura de timofónica, que llegó una semana después, sobre la instalación de la línea. Como antes he dicho, el técnico llegó, miró el cajetín, conectó el teléfono "que nosotros teníamos en casa", hizo dos llamadas, y se fue. Bien, pues en la factura venían conceptos tales como "instalación del cableado de línea" o "teléfono fijo e instalación del mismo". Puedo consentir que a enchufar una clavija lo llamen "instalación", pero vamos, que a mirar un cajetín lo llamen instalar cableado...

Total, que ya tengo línea. Me dieron ayer el alta. Espero que vaya bien, porque viendo la que hay que montar para darse de alta, no quiero ni pensar cómo irá el servicio técnico...

13 de marzo de 2009

Cosas que nunca debería decir (Parte 1): Mi primera depilación a la cera

Hay ciertas cosas que una nunca debería contar sobre sí misma.
Como por ejemplo, la primera vez que me depilé (aunque "intenté depilar" quizá estaría mejor dicho) las piernas con cera.

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Todo empezó con un bote de cera tibia en el estante de unos ultramarinos. El pobre me ponía ojitos cada vez que pasaba por ahí a comprar, así que al final, conmovida por su soledad, me decidí a adoptarlo y llevármelo a casa.
Coloqué a mi recién adquirida mascota en un estante del baño en el que pudiera disfrutar de todo tipo de lujos: Calor proporcionado por la tubería del agua caliente, disfrute de buenas vistas a través de una próxima ventana, ambiente perfumado gracias a la ubicación estratégica de un ambientador con aroma de rosas bajo los estantes... No le faltaba de nada.
Salvo que alguien lo usara, claro.

Un día, meses después, de pronto tuve una iluminación: Me depilaría la linea del biquini con cera. Lo veía todo claro; el pelo estaba lo suficientemente largo como para que la idea tuviese éxito, y yo me sentía lo bastante asertiva como para manejar un puñado de cera depilatoria, así que cogí el tarro del estante y me dispuse a leer las instrucciones.

Quitar la tapa y el precinto, y calentar un minuto en el microondas. Hasta ahí todo bien. Luego remover con la espátula adjunta, a la cual se le van las letras si la cera está muy caliente, lo cual es bueno, porque las quemaduras de tercer grado en la entrepierna no son nada atractivas.

Cuando la cera esté a una temperatura tolerable por el ser humano (o por mis partes íntimas, en este caso concreto), extender la cera sobre el vello siguiendo el sentido de crecimiento de este. Consigo seguir esta parte de las instrucciones a duras penas, porque a la que me descuidaba la cera goteaba hacia donde, bajo ningún concepto, debía llegar algo tan caliente.

Colocar una de las tiras de algodón sobre la cera, y cuando esté bien adherida a ella, retirar en el sentido contrario al del crecimiento del vello, con un tirón seco. Chachi, hasta hacen que parezca fácil. Coloco la tira de algodón, aprieto, y cuando tiro, contemplo cómo la cera ha decidido quedarse donde estaba (natural, en esa zona, quien ha estado nunca quiere irse).
La vuelvo a colocar, aprieto hasta que se vuelve a pegar, y tiro.
Mucho dolor, y un pedazo de cera que se va con la tira de algodón, llevándose buena parte del pelo de la zona... pero aún queda un pegote, y a mi no me han quedado ganas de volver a intentarlo, así que decido dejarlo ahí. Creo recordar, de cuando mi hermana se depilaba, que la crema hidratante quitaba la cera tibia... cojonudo, porque el único bote de crema hidratante que queda en la casa está casi vacío.
Rebaño hasta límites absurdos el bote, y saco lo suficiente como para limpiar la cera que tengo pegada a a la ingle... y de pronto, como si aún no hubiese tenido suficiente, ¡se me ocurre que sería una idea cojonuda depilarme las piernas!

Media hora después tenía mis espinillas (y SOLO mis espinillas) depiladas y llenas de pegotes de cera, la mesa en la que tenía las tiras de algodón también llena de cera, y las manos también llenas de cera.

Momento en el cual mi móvil aprovechó para sonar.

Cojo el móvil, que se apaga por falta de batería justo en ese momento, así que sólo consigo llenarlo de cera. Me voy al salón, donde dejo el teléfono fijo perdido de cera devolviendo la llamada... y cuando me lo cojen, resulta que es mi novio, invitándome a que bajase "ya" a cenar con él y sus amigos.
Recupero de algún lugar perdido de mi memoria el dato de que la cera también sale con aceite corporal, pero lo más parecido que tengo en casa es aceite de masaje "sensual". Desesperada, me hago con el bote, y poco menos que me lo derramo sobre las piernas. Consigo sacar a arañazos gran parte de los pegotes, que no todos (cosa que demuestra que usar aceite de masaje para quitar cera no es la mejor idea del mundo), y en cierto punto decido que puedo ponerme las medias sin causar muchos estragos. Las medias se me quedan pegadas a la cera que aún me queda sobre la piel, lo cual es bueno porque así no se me caerán en caso de que la silicona ceda (porque uso medias, no pantys), y con las manos resbaladizas y pegajosas (sí, es posible tenerlas así), y apestando al aceite de masaje que uso cuando quiero darle masajes a mi novio, salgo de la casa en la que NO he estado con mi novio, rezando por que no me pregunte por qué huelo así...

Y jurando por Dios que la próxima vez que se me ocurra depilarme a la cera, dejaré la tarea en manos de profesionales.

¿Cuántos estarán pensando lo mismo?

Voy en la renfe de camino a mi nuevo, flamante y recientemente adquirido trabajo, y por enésima vez me vuelvo a preguntar: "¿por cuánto tiempo?".

Y es que cada vez que leo en la portada de los panfletos que me dan a la entrada de la renfe que el paro ha vuelto a subir, que el gobierno vuelve a situar más alejada en el tiempo la mejoría, que las previsiones de los efectos de la crisis se ven, una vez más, rebasadas... me pregunto cuánto tiempo faltará para que todo lo que leo en los periódicos, y que le está sucede a media España, me empiece a suceder a mi.

Y esta mañana, pensando en lo mismo para variar, miro a mi alrededor, y observando las caras de los que van conmigo en el vagón, me he preguntado cuántas de esas personas estarán pensando lo mismo que yo... Si pasan las horas de la jornada laboral temiendo el momento en el que su superior les llame al despacho y les comunique que se ha decidido prescindir de sus servicios... Si de camino a sus lugares de trabajo se preguntan por cuánto tiempo van a seguir teniendo la suerte de poder levantarse por las mañanas para ir a trabajar...
Y si al levantar la vista, sumidos en tan oscuros pensamientos, se preguntan cuántos de los que le acompañan en el vagón piensan lo mismo...

9 de marzo de 2009

adecuado, da.

(Del part. de adecuar).
1. adj. Apropiado a las condiciones, circunstancias u objeto de algo. Adecuado A las normas. Adecuado PARA ir a la playa.

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Que sepas que yo también creo que eres el adecuado.