26 de agosto de 2008

De vuelta y con ganas de más

¿Por qué será que, precisamente cuando falta mi mayor fuente de inspiración y documentación, a saber, Internet, es cuando se me despiertan las ganas de escribir?

No me tomaba unas vacaciones, en el estricto sentido de la palabra, en años. Y cuando digo años, digo más de cinco años. Desde que comencé a trabajar no he salido de madrid más que en ocasionales fines de semana, para visitar a algún familiar que cumplía años, y volverme al día siguiente. Así que quince días de vacaciones, ocho de ellos en la playa, han obrado milagros tanto en mi estado físico - Dios Santo, Peñíscola no tiene absolutamente nada que envidiarle a Cuenca; no tiene una sola calle sin cuestas >.< - como en mi estado de ánimo.

Me veo obligada a decir que Peñíscola es un hermoso lugar para descansar el alma. La brisa salada del Mediterráneo nunca me ha parecido tan dulce, ni el sol filtrándose por entre las nubes matinales tan benévolo. Todo allí me parecía dulce, o al menos me endulzaba el ánimo. Los camareros hablando en valenciano, los turistas guiris, los amables dueños de las tiendas de souvenirs, los técnicos que montaban el escenario para la obra de teatro que no me quitaban ojo del escote, las noches en la cocina metiendo en la sartén todo lo que encontrásemos en el frigorífico...

Además de sentirme como entre algodones, el castillo medieval, su relación con los Pobres Caballeros de Cristo, y la historia del Papa Benedicto XIII han despertado mi inspiración. Ver ponerse el sol recortado sobre el mar desde las murallas de la ciudad inspira tantas bellas palabras que uno piensa que podría escribir cualquier cosa.

A partir de ahora, cada vez que me encuentre triste o falta de ideas, pensaré en aquella primera vista del pueblo desde el chalet donde pasé esa semana. Si pienso en ello, no importa qué haya sucedido; nadie podrá borrarme la sonrisa.

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