6 de junio de 2008

Lobo y la Caperucita Feroz (Parte 3)

La anciana oyó golpes en la puerta de su casa. Era extraño, porque las pocas personas que venían a visitarla nunca llamaban: Sabían que la pobre mujer no podía moverse de su cama, y que la puerta nunca tenía echado el cierre. Intentó levantar la voz para hacer saber al visitante que la puerta estaba abierta, pero no debió conseguir hablar lo bastante alto, porque los golpes se repitieron. La anciana intentó levantarse para ir a abrir, pero pese a que hizo bastante fuerza con los brazos, no consiguió ni incorporarse en la cama. Así que se quedó recostada sobre las almohadas, esperando que al visitante se le ocurriera intentar girar el picaporte.
Y efectivamente, unos momentos después, el pomo comenzó a girar lentamente y la puerta se abrió unos centímetros.
La abuela pensó que sería su nieta Caperucita, que ya hacía un par de horas que tenía que haber llegado a su casa para darle la comida, asearla y limpiar un poco la casa. La anciana estaba enfadada por la tardanza de su nieta, más que nada porque desde hacía un rato sentía la necesidad de hacer de vientre, y sin la niña no era capaz de levantarse de la cama para ir al excusado. Seguramente Caperucita se había demorado con alguno de sus amigos, esa panda de desarrapados con los que la solía ver antes de quedar postrada en cama, cuando aún era una anciana respetable y no el saco de huesos inútil en que se había convertido. El que la niña pusiera a sus amigos por delante de su propia sangre era algo que exasperaba a su abuela. Cuando ella era joven a los mayores se les cuidaba y se les honraba, no como ahora, que se les olvidaba en un rincón como si fueran trastos, y cuando se les dirigía la palabra solo era para insultarles.
En todo esto pensaba la anciana cuando la visión de la sombra que se dibujaba en el suelo, proveniente de la rendija de la puerta abierta, la inquietó. Aquella sombra no era la de su nieta, era muchísimo más grande. ¿El guardabosques, quizá? No, él no habría llamado a la puerta, y además la habría avisado de su llegada con un grito mucho antes de entrar en la casa.
Algo empujó la puerta, que se terminó de abrir del todo. Y una inmensa figura gris cubierta de pelo comenzó a entrar lentamente en la casa. La abuela tardó unos segundos en darse cuenta de que era un lobo de un tamaño descomunal; los mismos que tardó en quedar paralizada por el miedo. La bestia arrastró torpemente su cuerpo dentro de la sala. Los enormes caninos le sobresalían de las fauces medio abiertas, de las que goteaba saliva mezclada con sangre. La abuela no se fijó en que el animal renqueaba, ni en que una de sus patas traseras colgaba inerte. No vio el charco de sangre que se iba formando a los pies del animal, ni sus ojos sinceros y asustados. Solo tenía ojos para aquellos colmillos manchados de sangre, que la aterrorizaban.
De pronto el animal hizo la cosa más extraña que la anciana hubiera visto nunca. Abrió un poco más la boca, aspiró aire con dificultad, y habló.
- Corra, señora.
Dos palabras que quizá le intrigaron más de lo que le sorprendieron. Esa bestia hablaba... ¿y le estaba diciendo que corriera?
Una segunda sombra hizo su aparición en la sala, mucho más pequeña que el lobo, y de un color más llamativo. Con paso enérgico se colocó al lado de la bestia, y le propinó un golpe en la cabeza con un objeto gris que tenía en la mano. El animal agachó la cabeza y gimió, dolorido, mientras la figura menuda habló con la voz de su nieta Caperucita.
- ¡Te dije que si se te ocurría abrir la boca te mataba, bestia estúpida! - la figura, vestida de rojo y blanco como su nieta, se giró hacia ella y la señaló, enseñándole un rostro idéntico en todo al de su nieta, pero lleno de tanto odio que casi era irreconocible - ¡Y más te vale terminar pronto si no quieres que te meta una bala en el estómago!
Mientras hablaba, la abuela pudo ver que el objeto gris que llevaba en la mano su nieta era una pistola.
Ese fue el momento en que rompió a llorar.

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