10 de junio de 2008

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Me alegró que me hablara, eso quería decir que se encontraba mejor. Y yo estaba dispuesta a darle toda la amabilidad y el cariño que no le di cuando debí haberlo hecho, para al menos compensarle en cierto modo. Pero tuvo que decir "vengo a por mi ración de palos". Porque eso es lo que considera que es hablar conmigo, una ración de palos. Le intenté explicar que no habría más borderías ni más palos. Me espetó que eso no era posible, que formaba parte de mi, y no iba a cambiar de la noche a la mañana. Le dije que jamás volvería a hacerle daño. Me respondió que seguramente, que más daño del que le había hecho ya no podría hacerle. Cada frase suya fue una provocación, pero no hice caso a ninguna, seguí siendo amable. No sirvió de nada. Acabé destrozada, pidiéndole que por favor acabara la conversación porque me estaba haciendo daño, y preguntándome quién sería el desconocido tan desagradable que me hablaba desde su messenger.
Porque él siempre fue amable conmigo. Y él me habría creído, y me habría dejado compensarle. Pero este desconocido no me deja.

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