2 de junio de 2008

Lobo y la Caperucita Feroz (Parte 2)

Caperucita no podía creer la suerte que había tenido. Ahí estaba aquel enorme animal, el lobo más enorme que había visto en su vida - aunque tampoco es que hubiera visto muchos -, plantado delante de ella, hablándola como hablaría un guardabosques a un niño perdido. Al principio el tamaño de la bestia la había asustado, pero pese a ello y a los enormes colmillos que sobresalían de su bocaza, el animal se comportaba de manera más bien mansa.
Que se apartara del camino, decía. Que una bestia mucho mayor podría pasar y arrollarla. Caperucita no entendía nada, pero de pronto se le ocurrió que podía sacar provecho de aquel encuentro...
Pensó en la pistola que llevaba meses escondiendo en su cuarto. Esa la mañana había conseguido meterla en la cesta de la comida sin que nadie lo notara, y por fin podría acabar con aquel vejestorio que la obligaba a modificar su rutina día sí y día también, llevándole pesadas cestas con alimentos y haciendo de niñera y asistenta, y todo porque era demasiado vieja para valerse por sí misma y demasiado testaruda para dejar su casa e irse a vivir con sus hijos. Pero en el trayecto a casa de su abuela había comenzado a ver que su plan tenía muchos fallos. En primer lugar, ¿quién iba a estar interesado en matar a una vieja senil que vivía en lo profundo del bosque y no tenía ningún tipo de riqueza en su apestosa chabola? Y tampoco suponía ningún peligro para nadie, porque hacía meses que no podía moverse de su cama. O sea que si la mataba de un tiro, era bastante probable que su familia descubriera que había sido ella quien había acabado con su vida...
- ¿No deberías volver con tu manada? Este paso es de una bestia demasiado grande, deberías dejarlo y avanzar por la espesura. Supongo que te será más difícil, pero también es más seguro - oyó decir a la bestia. La pistola tenía cinco balas en el cargador, pensó, y si lo que se le acababa de ocurrir salía bien, no necesitaría ninguna para acabar con la vieja.
No pudo evitar sonreír mientras con lentitud extraía la pistola de la cesta de la merienda, y apuntaba a los cuartos traseros del lobo.
"Con cuidado... Solo quiero asustarle, no herirle verdaderamente..." pensó, mientras su dedo se cerraba sobre el gatillo.

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