17 de junio de 2008

Lobo y la Caperucita Feroz (Parte 4)

El lobo no paraba de sangrar por la herida que tenía en el flanco derecho, y a duras penas lograba contener el vómito que pugnaba por salir de su estómago. El aparentemente indefenso animalillo que se había encontrado en el paso de animales había resultado ser algún tipo de depredador, que primero le había herido (¡y sin tocarle! El lobo aún no se explicaba cómo había logrado hacerlo), y luego, a base de empujones y amenazas de muerte, le había llevado a aquella cueva y le había obligado a comerse a aquella criatura repulsiva y arrugada.
Con su cuerpo apretujado en la diminuta caverna, tuvo que masticar trozo a trozo el correoso cuerpo del ser que, a todas luces, era de la misma raza que el que le había herido. El lobo se preguntaba qué especie de monstruos se matarían entre ellos de aquella manera. Y lamentaba desde lo más profundo de su alma el alma haber querido ayudar a uno de ellos.
De pronto oyó una voz fuera de la caverna. Se giró esperanzado hacia la entrada, pero lo que vio acercarse fue otro de aquellos seres. El animalucho que se dirigía hacia ellos era mayor que los dos que ya había visto, y su piel sí que tenía pelo, aunque solo en algunas partes de su cuerpo. A cada pocos pasos, se llevaba las patas con las que no se sostenía en el suelo hacia la boca, y soltaba un grito. Parecía que estuviera anunciando a alguien su llegada, quizá al ser que él acababa de masticar y tragar.
La desesperación pudo con él, y cayó derrumbado al suelo, al borde de las lágrimas.
Sin embargo, la alimaña roja y blanca que le había llevado a ese lugar empezó a dar vueltas por la habitación, más asustada que complacida por la aparición de aquel extraño. Tiró a un rincón el objeto gris que había mantenido sujeto todo el rato y con el que había amenazado al lobo, y giró frenéticamente la cabeza de un lado a otro, con preocupación en sus ojos. El lobo no entendía nada de aquello...
De pronto se le quedó mirando fijamente, y de nuevo su boca se ensanchó hacia los lados. Caminó apresurada hacia el rincón donde había arrojado el objeto gris, y volvió a apuntarle con él. El lobo se temió lo peor, y sus sospechas se vieron confirmadas cuando, señalándose a sí misma, le habló.

- Me vas a tragar de un solo bocado, sin masticarme. Ay de ti como me hagas un solo rasguño. Y luego te vas a subir a la cama - señaló la pequeña plataforma donde había estado descansando la criatura que acababa de comerse - y vas a fingir que duermes.

El lobo dudó un momento. La boca de la alimaña se empequeñeció de nuevo, y como por arte de magia en la caverna resonó una explosión. Casi al instante el lobo sintió otro mordisco en su flanco trasero - ya era la tercera vez que le hería sin tocarle - y se encogió de dolor y miedo en un rincón. La alimaña se le acercó con paso resuelto, y ayudándose con las dos manos le separó las mandíbulas lo máximo que dieron de sí.

- ¡Que lo hagas! ¡¡Ya!!

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