6 de abril de 2008

El hadita aventurera

Aquella mañana todo brillaba en el bosque. La lluvia ligera que cayera durante la madrugada había dejado una capa de roció en las plantas y las rocas, y el benévolo sol de primavera, al reflejarse en las diminutas gotas, les confería un aura dorada.

El hada se desperezó sin prisas, estirándose cuan larga era. Respiró el agradable aroma a hierbas y a tierra mojada, y se dedicó a remolonear un poco más en su lecho, disfrutando del calor del sol en su cuerpo. Se volvió de espaldas y estiró y batió unas cuantas veces sus alas. La intención era secarlas del rocío al sol mientras ella seguía descansando, pero los brillantes colores que ostentaban atrajeron a los insectos de la zona, y pronto un pequeño enjambre zumbaba sobre su espalda. Molesta por el ruido, sacudió las alas con fuerza, pero no pareció disuadir a los intrusos.

Cuando se hartó del zumbido, decidió levantarse y hacer algo de provecho. Lo primero era el aseo personal: Quería estar guapa aquel día, el primero de la primavera en que el sol era tan brillante. Encontró una gota de rocío especialmente grande dentro de una petunia, y la usó de bacinilla para sus abluciones matinales. Luego, posada sobre el cáliz de una flor rosa fuerte, se frotó el polen de aquel color por el cuerpo haciendo un intrincado dibujo floral sobre sus extremidades, torso y vientre. Cuando el resultado del tapiz la satisfizo, recogió un par de brotes y se recogió el pelo, adornándoselo con ellos. Se contempló en el espejo de una campanilla aún llena de agua, y se encantó a sí misma. Seguro que aquel día, que tan bien había empezado, le deparaba mil y una aventuras y sorpresas agradables.

Con una última sonrisa al espejito, el hada desplegó sus alas, y emprendió el vuelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario