2 de abril de 2008

Factor decomisos

"Imagínatelo, nos recordarán durante generaciones. Igual hasta nos harán un sitio en las enciclopedias, en las páginas web, ¡en la mismísima wikipedia incluso!"

Las palabras que le convencieron. Era joven, inconsciente, tenía la sensación de que la vida estaba desaprovechando su talento, y además se aburría. Practicamente no ofreció resistencia cuando le comentaron el plan. Por supuesto que su primera respuesta fue un no rotundo; sólo si se negaba en un primer momento ganaría el protagonismo que claramente se merecía, ya que todo el mundo intentaría convencerle de que cambiara de opinión.
Cuando su ego se sintió satisfecho accedió, bien que a regañadientes, a tomar parte. El riesto era mínimo; la diversión garantizada. Y si bien no estaba del todo de acuerdo en que los autores se dieran a conocer, por posibles represalias, compartía la opinión de que aquello sería tan sonado que tardaría años en olvidarse.
Capitaneó la operación tal y como se había esperado, con rigurosidad y exactitud. Planeó qué materiales necesitarían, las cantidades exactas, las proporciones necesarias y suficientes para las reacciones químicas. Estudió en el calendario las fechas más adecuadas para poder pasar inadvertidos, aquellas en las que las posibilidades de ser perseguidos tras su actuación fueran mínimas. Se decidió por el domingo de resurrección.
No hubo contratiempos. Nadie se retrasó ni olvidó nada de lo que tenía que llevar. El montaje del dispositivo duró tres segundos menos de lo previsto. Pensó que aquello era natural: No habían dejado nada en manos del azar. Habían comprobado que la escalera de incendios era accesible, tardarían en llegar a la calle con tiempo suficiente para subir en el cercanías que pasaría tres minutos después de que salieran de allí, y tres antes de la detonación.
El factor humano, el más común por el que los planes se echaban a perder, no llegaría a manifestarse.

Una lástima que hubieran comprado el cronómetro en una tienda de segunda mano.

Un ruido ensordecedor justo sobre sus cabezas, cuando apenas habían bajado unos peldaños. Calor, muchisimo calor, tanto que la piel le empezó a quemar sólo por el contacto con el aire. La pared abombándose, despedazándose sobre ellos, enormes trozos de cemento incrustándose en las cabezas y el cuerpo de sus compañeros. Una llamarada abriéndose paso entre los pedazos de pared, los hierros retorcidos de las escaleras y los cadáveres de sus amigos, envolviéndole con brazos de fuego antes de que perdiera el sentido.

Las palabras que le convencieron fueron su último pensamiento.

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