12 de abril de 2008

Memorias de una niña rara

Una vez, de pequeña, se me declaró una chica.

En mi pandilla de la playa no era especialmente popular. No le caía bien a la autoproclamada líder, y claro, por extensión no le caía bien a nadie. Aún así, la relación que tenía con ellos era bastante cordial.
Un verano llegó al pueblo una chica nueva. Ya estábamos en esa edad en la que las chicas comienzan a querer gustar, y se pintan como puertas y se visten como habituales de la calle montera, y aquella chica esgrimía ese tópico con una naturalidad pasmosa. Coincidiendo con la llegada de esa chica a la pandilla, yo descubrí un cibercafé que habían abierto dos hermanos, no demasiado mayores que yo, con dinero de sus padres. El mayor me gustó, y como de pequeña yo era muy mona, pues le gusté a él. La cosa no duró más de un día, porque me puso ciertas condiciones para seguir conmigo que yo, como buena niña tonta de dieciséis años, no acepté de ningún modo.
Lo que yo no sabía era que ese mismo chico le gustaba a la supuesta líder de la pandilla, que lo había intentado con él, y que éste la había rechazado. Y tampoco sabía que se había enterado de que a mi no.

Aproximadamente una semana después, una noche que estábamos toda la pandilla dando una vuelta por el pueblo, la chica nueva se me acercó y me dijo, muy seria y muy cortada, que le gustaba. Yo respondí, como mejor supe, que lo sentía, pero que no me gustaban las chicas. Pareció decepcionada, pero no insistió.
La noche siguió pasando, dimos una vuelta por el paseo marítimo y nos sentamos en corro en la arena de la playa. Eramos bastantes, el corro tenía su buen tamaño. No sé cómo, la conversación acabó versando sobre la homosexualidad. Momento que la chica nueva aprovechó para "decir algo que necesitaba que los demás supieran", y mencionar que yo le gustaba. Nunca había sentido tanta vergüenza, sobre todo porque la reacción de los demás fue comenzar a preguntarle si yo era la primera, o si ya le habían gustado otras mujeres antes.
Entonces ella comenzó una lista de desvaríos sobre si en su colegio - de pago - había una monja pederasta, o que si sus amigas y ella se solían hacer dedos en el baño durante los recreos, o no sé qué de una uña... Lo que recuerdo más vivamente que todo lo demás, durante aquellos momentos, es que mi cara empezó a arderme, que me estaba muriendo de vergüenza, que cada vez me costaba más respirar. En cierto momento de su discurso, ella se levantó, se sacudió la arena de la falda, se me acercó, se arrodilló junto a mi, me puso una mano en el hombro y dijo: "Aunque creas que no, igual te gusta. ¿Por qué no te vienes a pasar la noche conmigo, a mi casa?"

Recuerdo claramente lo que pasó a continuación. Yo la había estado mirando todo el rato, pero en ese momento no pude más. Agaché la cabeza y, la vista clavada en mis pies, dije "Esto tiene que ser una broma". Y lo que mi oído izquierdo percibió en aquel momento fue un "¡Por dios, menos mal que te has dado cuenta!" teñido de desprecio. Volví la cabeza hacia ella, que se estaba levantando y volvía a su sitio riéndose. Miré al resto de la gente del corro, y todos tenían una sonrisa en los labios. Pregunté qué demonios había sido eso, y me contestaron que me habían querido dar un escarmiento por haberme metido con la manera de vestir de la chica nueva.

Intentando recordar cuándo había yo dicho en voz alta lo que pensaba de los modelitos que llevaba aquella aspirante a prostituta, llegué a una noche en la que la "líder" de la pandilla y otra chica habían estado insultándola, y yo, para no quedarme fuera del grupo, me uní a ellas. ¿Pero cómo me escarmentaban a mi, si eran ellas quienes pensaban todas aquellas cosas? Me dijeron que así aprendería a no meterme con la gente. Se rieron a carcajadas mientras yo, con los ojos como platos y totalmente roja, me levantaba de la arena y me volvía a mi casa dando traspiés, abrumada por la crueldad de lo que me acababan de hacer mis supuestos amigos.

Durante casi todo el verano pensé que lo habían hecho por pasar el rato. Yo en la pandilla era un cero a la izquierda, y por lo tanto el blanco perfecto de las burlas en caso de no tener nada mejor que hacer. Pero más tarde me enteré del pequeño detalle de que el chico con el que había tenido el minirollo de día y medio había rechazado ese mismo verano a mi supuesta amiga, y todo cobró sentido.

¿Por que eran tan malos? No dejé de preguntármelo en todo el verano. De hecho, aún me lo sigo preguntando. Yo no les había hecho nada, pero confabularon para ponerme en ridículo de tal manera que no pude volver a mirarles a la cara a ninguno de ellos. Por eso en cuanto pude comencé a pasar los veranos en Madrid, trabajando, en vez de ir a la casa del pueblo con mis padres.

En cierto modo esa experiencia fue buena: Aprendí que a la gente no hay que creerla nunca cuando te dice cosas bonitas, y comencé a ganar un dinerillo extra para cómics.
Todo ventajas.

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