16 de abril de 2008

De pequeña me enseñaron...

Desde bien pequeñita me enseñaron la diferencia entre actuar con y sin cabeza: Hacer las cosas con cabeza era lo que hacían los demás, y hacerlas sin cabeza era lo que hacía yo.
Con la edad aprendí otra cosa que las diferenciaba: Hacer las cosas con cabeza hace que salgan bien, y hacerlas sin cabeza hace que sean un espantoso fracaso.
Conclusión lógica: Para tomar decisiones, intenta usar siempre la cabeza.

Si, muy bonito en la teoría, ¿pero y si a la señorita víscera le da por hacer su aparición estelar en medio de una decisión? Porque esa nunca avisa. De pronto aparece, y tú no sabes de dónde ha venido ni por qué, y cuando te quieres dar cuenta se ha ido, dejándolo todo patas arriba a su paso. Es de suponer que a la octava o así, uno desarrolla el sentido común para no dejarle ninguna ventana abierta a la insensata por la que pueda colarse. Pero aún así, a veces consigue hacerlo. Y entonces ni toda la cabeza del mundo te salva de caerte con todo el equipo.
Porque claro, la víscera siempre opina lo contrario que la cabeza. Y sus motivaciones son como mínimo igual de válidas...

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