9 de abril de 2008

Divagando

El ruido suave que hacen las teclas de los ordenadores al pulsarlas es hipnótico. Junto con los susurros de mis compañeros de trabajo, sentados delante mía, está adormeciéndome.
Puedo teclear sin mirar al teclado ni al monitor; de hecho puedo teclear sin pensar lo que estoy escribiendo, tanta práctica tengo ya programando. Una pequeña parte de mí está sentada delante del ordenador tecleando, y otra, la mayor parte, decide dejar la pequeña sala donde trabajo para buscar lugares más interesantes.
Hago mentalmente la lista de la compra. Luego, mentalmente también, tomo nota de las tareas de las que me tengo que encargar cuando llegue a casa hoy. Miro el correo. Ojeo los foros en los que estoy registrada. Observo los bucles perfectos de mi compañera de trabajo, dos filas delante de la mía, y decido ir a la peluquería a hacerme una permanente nada más cobre este mes.
Pienso en lo que hice ayer, en lo que queda de semana, en la amiga a la que me he encontrado hoy en el metro yendo al trabajo, y en lo que me ha contado. Anoto mentalmente que debo llamarla para volver a verla; se quedó a medias de contarme algo muy interesante.

No sé si es el ambiente del edificio, tan aséptico e impersonal, pero estoy algo decaída. O quizá es el sueño. Vuelvo a mi cuerpo a tiempo de minimizar el navegador en el que estoy escribiendo un correo electrónico, justo antes de que mi jefe llegue al ángulo de visión de mi pantalla.
Medito sobre temas más trascendentales, que suelen acabar hundiéndome la moral. Pienso en las palabras y los actos, el sedentarismo, el conformismo, la fosilización. Pienso en los factores que favorecen el progreso, y los que lo frenan, a nivel de población y de individuo. "Las poblaciones aisladas evolucionan mucho más rápido que las globalizadas", pienso. La competencia favorece la evolución, lo mires por donde lo mires.
No sé por qué he acabado pensando en esto, la verdad. Últimamente pienso mucho, a mi pesar. La gente parece empeñada en que siga pensando, por mucho que me resista. Y cuando no estoy pensando en lo que me dicen, mi cerebro se revela, y surgen ideas de la nada. Como ésta del avance del progreso.
Me gustaría no pensar tanto. De hecho, me gustaría no pensar en absoluto. ¿Qué tiene de malo ser una cabeza hueca? Seguramente duermas mejor por las noches, cerrarás los ojos y no aparecerán de pronto todos esos pensamientos que me llevan provocando insomnio desde hace meses.

Déjame en paz, no quiero pensar. Digas lo que digas, tener tantas cosas en la cabeza no es bueno, y tú deberías saberlo también. Sobre todo si por mucho que te esfuerces no logras sacarlas. Y mucho más si una de esas cosas eres tú.

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