19 de febrero de 2008

En el trabajo

Presiono Alt-tab para que la ventana con el editor de textos desaparezca de la pantalla, mientras oigo las suelas de goma de los zapatos de mi jefe deslizarse por el suelo de su despacho, acercándose a la puerta que comunica con la sala donde yo trabajo.
Intento recordar qué estaba haciendo la última vez que esto sucedió, porque en cuanto mis jefes dejan de tener a tiro mi monitor, me pongo a editar mi curriculum y a enviarlo, como si de spam se tratara, a cualquier empresa susceptible de contratarme.
Hago uso de mi ya bastante anquilosada verborrea, don de gentes, capacidad de convicción y talla 95B de sujetador, para hacerle ver a mi jefe que estoy ensimismada con la mierda de trabajos que me asignan una vez él, otra vez mi otro jefe, en ocasiones los dos a la vez, y a veces los clientes descontentos cuyas quejas tengo que recibir yo, cual contenedor de desechos.
Soy la única mujer de la empresa. Eso no es un problema, y en mi último trabajo lo veía más como una ventaja. Pero aquí me siento extraña, ajena. Me miran con duda en sus ojos, convencidos de que no soy capaz de hacer lo que en mi opinión podría llevar a cabo un niño de pecho... Nunca me he sentido más "mujer" que ahora... No sé si me explico.
Es como un infierno atemporal. Me veo obligada a vivir en él ocho horas cada día, pero los dioses saben que si no fuera porque es estrictamente necesario, preferiría trabajar de barrendera a estar sentada en esta asquerosa silla en este almacén reinventado en oficina, escribiendo línea tras línea de sinsentidos en un programa que otros han escrito y nadie se ha molestado en explicarme.
Escribir sinsentidos en el programa que otros han escrito y nadie se ha molestado en explicarme... que ironía... Pues no es esa la historia de mi vida?

No hay comentarios:

Publicar un comentario