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Los besos de mi vida

Mi primer beso me hizo pensar que era lesbiana.
No me gustó en absoluto. Aquello de estar pegada por los labios a la cara de un tio me resultaba asqueroso y aburrido. Además, tenía entendido que cuando la gente se besa abría la boca y usaba la lengua, y este chico de eso no parecía haberse enterado. Y por más que yo se lo insinuaba rozando sus labios con mi lengua, no se daba por aludido.

Así que comencé a dudar de mi sexualidad. No era nada grave, me seguian gustando los tios; era solo que no me gustaba que me besaran.

El segundo no fue mejor. El chico se había leído el manual y había hecho los deberes, pero tres segundos después de empezar decidí que no me gustaba aquello, y paré.
Jamás le dije el verdadero motivo por el que paré. Le habría dolido demasiado su hinchado ego.

Y por supuesto, seguí dudando de mi orientación sexual. Pero como por ahora no me sentía atraída por las mujeres, seguí provando suerte con el género opuesto.

El tercero besaba bien, pero sus besos eran como nadar contracorriente. No nos terminabamos de compenetrar, por así decirlo. Él quería llevar la voz cantante, y mi lengua le daba a entender que ni en sus mejores sueños. Y claro, no estando nuestras lenguas en términos amistosos...

El cuarto besaba fatal. Aquello era como intentar hacer merengue removiendo las claras solo con un cucharón. Tardé tres meses en enseñarle a besar como Dios manda. Justo el tiempo que tardó en dejarme.
Siempre pensé que me había usado para aprender cómo se hacía.

La lengua del quinto más que un músculo parecía un trozo de tejido colgante. Fofo, blando, soso...

El sexto... Cuando el sexto posó sus labios sobre los mios, hasta el último cabello de mi cuerpo se puso de punta. Mientras su lengua acariciaba mis labios entreabiertos, que yo abría un poco más para recibirla, el cuerpo entero me dolía del placer que estaba sintiendo.

Pensaréis, vaya, ya era hora. Yo pensé, "éste es".

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