12 de mayo de 2008

Reflexión del lunes por la mañana

Hay mujeres que necesitan que se las adule para sentirse seguras de sí mismas. El problema con estas mujeres es que normalmente le dan coba a los aduladores pero no piensan dar nada a cambio, pero el adulador, cuando ve el camino libre, suele pensar lo contrario.
Si el adulador es medianamente espabilado, se termina dando cuenta tarde o temprano de lo que hay, y o bien sigue en su papel por reírse un rato, o bien abandona la tarea. ¿Pero qué pasa cuando el interfecto es algo más lento de lo necesario, y no se entera de lo que pasa? Ah... pues en ese caso, pensando que la adulada está loquita por él, va más y más lejos en su trabajo, hasta que el objetivo de sus agasajos se harta de él y le manda a paseo. Como resultado, puede que la afectada se gane cierta fama de algo que por obvio no voy a mencionar, y el afectado fama de plasta y baboso.
¿Pero qué pasa si el adulador no se da cuenta, y la adulada no le para los pies en ningún momento? Pues que la mujer se siente cada vez más segura de sí misma y más querida, y ni por asomo quiere dejar el juego, y el pobrecillo hombre está cada vez más loco por ella, y espera ansioso el momento en el que ella le corresponda... Momento que nunca llega, por supuesto.

Y puestos a ello, la inversa también funciona. Hay hombres que necesitan gustar (si, las mujeres sólo requieren atención para ser felices. Los hombres necesitan que se vuelvan locas por ellos) a las mujeres para sentirse realmente hombres. Chica que conocen, chica a la que intentan encandilar. Sólo para demostrarse a sí mismos que pueden hacerlo, claro, no por ningún otro motivo. Y lo peor es que este tipo de personajes normalmente lo consigue...

Me parece estupendo que todos queramos sentirnos queridos e importantes, pero no al precio de jugar con los sentimientos de las personas que nos rodean. Es deleznable que para que una persona sea feliz, haga infelices a media docena al año. Si tienen tantas carencias vitales que no son capaces de sentirse plenos por sí mismos, ni ganas de intentarlo, no sé, que se compren un libro. O un ordenador. O un perro. O una muñeca hinchable, joder, que ahora vienen con voz incorporada.
Aunque yo les recomendaría que hicieran un pequeñisimo examen de conciencia, se dieran cuenta de lo que sea que les hace unas personas tan inseguras y con tal complejo de inferioridad, e intentaran reparar esa carencia - o lo que sea - para conseguir sentirse bien por sí mismos, y no necesitar que medio país llore de amor por ellos.

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