26 de mayo de 2008

Se ha levantado

Un cosquilleo bastante desagradable le recorre las muñecas y los tobillos, que han estado quietos, en la misma postura, tanto tiempo. Pero al menos ahora es soportable. Antes era un dolor tan intenso que casi habría preferido seguir inmóvil.
¿Pero ha disminuido el dolor, o se ha acostumbrado a él? No sabría decirlo. Al igual que al principio no supo cómo conseguir desplazar sus miembros. Le resultó curioso el hecho de que algo tan instintivo como moverse se pudiera olvidar si con el paso del tiempo no se realiza.
Se recuerda a sí misma a un bebé tratando de incorporarse por primera vez, con movimientos medio espasmódicos, intentando girar la muñeca para apoyar la palma sobre el suelo e incorporarse, y acabando con el brazo tan retorcido que casi grita del dolor.
No recordaba que moverse doliera tanto.
Un par de veces está tentada de dejar de intentarlo. Se queda inmóvil, bastante incómoda, pero menos que seguir con los torpes intentos para incorporarse. Pero la sangre ha empezado a circular por su cuerpo, y por primera vez en mucho tiempo es consciente de la postura en la que está tumbada: El torso girado en un ángulo extraño, un brazo debajo de su cuerpo, el otro medio estirado frente a ella con la muñeca retorcida contra el suelo, las piernas dobladas la una sobre la otra... Se da cuenta de lo grotesco de la postura. Se avergüenza de estar tirada en el suelo de aquella manera, de haber permanecido así tanto tiempo sin que le importara. Gira el tronco para quedar totalmente tumbada. Ignorando tanto el dolor de la sangre circulando de nuevo como el de sus articulaciones, logra sacar el brazo de debajo de su cuerpo. Presa de la desesperación por incorporarse, incapaz de permanecer tumbada por más tiempo, contorsiona sus muñecas contra el suelo hasta que consigue apoyar las palmas.
El dolor en los hombros y la espalda al levantar el torso unos centímetros es tan intenso que vuelve a caer. Pero sus manos siguen apoyadas en el suelo, así que lo vuelve a intentar otra vez. Y otra. Y otra. Hasta que logra estirar los brazos totalmente. Intenta invertir el arco que forma su espalda para hacer hueco bajo su cuerpo y ponerse de rodillas, pero el dolor la tiene casi paralizada. Sin saber cómo lo ha hecho, de pronto siente su peso descansar sobre sus piernas dobladas. Relaja los brazos y estira la espalda. El dolor parece haberse mitigado, pero cuando apoya los brazos de nuevo e intenta estirar las piernas bajo ella, sus tobillos se resisten a girar para apoyar la planta en el suelo. Tras un crujido especialmente doloroso, cae de lado, golpeándose el hombro. El grito que se le escapa hace que su garganta se resienta también, después de tanto tiempo en silencio. La rabia se apodera de ella; no piensa permanecer ahí tirada ni un momento más. Bajo la desesperación con la que mueve los brazos y las piernas no se da cuenta de que esta vez le cuesta menos incorporarse. De pronto está de cuclillas, con las manos apenas apoyadas en el suelo, y cuando sus rodillas se estiran y sus piernas pasan a soportar su peso no logra mantener el equilibrio y cae al suelo tras un par de pasos vacilantes.
Tumbada de nuevo, con el tacto del suelo quemándole la piel, todo el cuerpo palpitándole de dolor, piensa en abandonar. Pero ya no puede quedarse más tiempo allí. Algo ha sucedido en la habitación que le hace insoportable permanecer más tiempo dentro de ella. El primer movimiento, el que lo desencadenó todo, le tuvo que hacer algo, porque tras él, por muy doloroso que hubiera sido, ya no quiso seguir inmóvil. Y cuando se gira para incorporarse por tercera vez, es consciente de que el cuerpo le obedece más dócilmente, que el dolor no es tan intenso.
Esta vez logra erguirse. Logra estabilizar su centro de gravedad. Se mantiene en pie, y la sorpresa que ese hecho le provoca casi hace que vuelva a caer.
Está en pie. Se ha levantado, contra todo lo que ella pudiera haber creído, y se logra mantener así.
La habitación se le ha quedado pequeña. No puede seguir dentro de ella ni un segundo más. En la oscuridad, los rebordes de la puerta dejan pasar finas líneas de luz, que queman sus ojos como un hierro al rojo al mirar hacia ellas. Sabe que va a doler, quizá más de lo que le dolió levantarse. Pero ya no puede parar. No puede volver a tumbarse y olvidar que se ha levantado. Además, todo su cuerpo le pide que siga moviéndose. Quizá se lo llevara pidiendo todo el tiempo que estuvo quieta, pero no se ha dado cuenta hasta ahora.
El primer paso es corto y doloroso. El segundo, un poco mayor. El tercero casi la hace caer al suelo.
Al apoyar por cuarta vez la planta del pie, la pierna ya no le tiembla. Y tampoco en los siguientes pasos. Llega hasta la puerta, y sujeta con fuerza el picaporte. Sus ojos empiezan a quemarle, quizá imaginándose lo que les espera, pero eso no la echa atrás. Ya nada puede hacer que se eche atrás.
Gira el pomo en su mano, y con un solo movimiento enérgico abre la puerta.

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