4 de julio de 2008

Lobo y la Caperucita Feroz (parte 6)

La madre de caperucita estaba destrozada. No podía creer lo que estaba oyendo. Su madre había muerto devorada por un lobo gigantesco, y su queridísima hija, que había corrido la misma suerte, había estado también a punto de morir.
Casi le dio un ataque cuando vio a caperucita llegar a su casa, con las ropas cubiertas de sangre y la piel llena de ronchas, y justo detrás de ella al guardabosques, con cara de pocos amigos y la escopeta al hombro en vez de colgando a la espalda. La niña, que temblaba como una hoja, se abrazó a su madre llorando desconsoládamente, y por más que le preguntó, lo único que salió de su garganta fueron sollozos e hipidos.
Cuando logró tranquilizar a la niña, gracias en parte a una dosis de calmantes que habría sido capaz de adormecer a un elefante, y acostarla en su cuarto, el guardabosques le contó cómo había encontrado al lobo en la casa de la anciana, tumbado en la cama y con la tripa abultada por el festín que se acababa de dar. Le contó también cómo le había pegado un tiro en la cabeza antes de que se despertara y le había rajado el vientre para encontrar a la niña cubierta de sangre y con la piel quemada por los ácidos del estómago de la bestia, y los restos a medio digerir de lo que había sido la anciana.
Mientras duró la historia, la madre de caperucita se las apañó para mantenerse serena, pero en cuanto el guardabosques terminó de hablar, se deshizo en llanto. Su pobre hija había tenido que pasar por todo aquello. La niña de sus ojos, a la que tanto mimaba y consentía, y que no conocería la adversidad mientras ella pudiera evitarlo, devorada por un monstruo, y digerida junto con los despojos de su abuela... Incluso imaginarlo era ya demasiado terrible.
- ... y menos mal que la niña tuvo la presencia de ánimo como para coger el arma que usted le había dejado a su madre por si necesitara defenderse...
La mujer levantó la cabeza, que hasta ese momento había tenido gacha y sujeta entre las manos.
- ¿qué arma?
El guardabosques arqueó una ceja, pero no dijo nada más. La mujer estaba demasiado conmocionada para entender nada, así que al ver que él no pensaba seguir hablando, volvió a bajar la cabeza.
Notó las manos del guardabosques en sus hombros.
- No se preocupe señora. La niña está a salvo. Ha sufrido una pérdida, pero al menos la pequeña ha salido con vida. Olvidará rápido, a los jóvenes las cosas malas en seguida se les olvidan - las palabras de consuelo tuvieron el efecto contrario en la pobre mujer, que se puso a llorar con más fuerza. El guardabosques la abrazó, solícito, intentando tranquilizarla, pero la mujer no podía parar de llorar.
No se podía ni imaginar qué habría sido de ella si su hijita, que ahora mismo dormía inocente en su cuarto, hubiese muerto...

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