1 de septiembre de 2008

Hoy toca reflexiones

No es que piense en ello constantemente, pero no sé si me termina de gustar sentirme diferente.

He sufrido durante toda mi vida el no poder integrarme en ningún lado. Ya no sólo era mi nombre, lo primero que me marcó en el colegio, y por el cual fui presa de multitud de bromas pesadas. Era mi manera de ser, mi manera de hablar y de comportarme, mis gustos. Todo en mi.
Lo del nombre lo superé pronto. Pero lo de ser rara lo llevé como un estigma hasta hace bien poco. Probé haciendo amistad con otro tipo de gente, también rara, que pensé que sería más afín a mi. Pero seguí sintiéndome fuera de lugar. Veía como frente a mi se hacían amistades inseparables, se formaban parejas, se compartía todo. Lo veía, y solamente eso. Yo estaba allí, y eso no les molestaba. Pero no era más que "la rara", nunca fui una más del grupo.
Y ser la rara entre una pandilla de raros ya tiene mérito.

Debido a mis inquietudes, he conocido a bastante gente peculiar en mi vida. Personas muy diferentes entre ellas, que sobresalían de la multitud por un motivo u otro, pero que se sentían integradas y a gusto en el grupo de gente a través del que yo les había conocido. A mi eso nunca me pasó. Siempre me sentí fuera de lugar, ajena a la intimidad que compartían los demás a mi alrededor.

No es que con el tiempo se me haya pasado, es que me acostumbré a este hecho. Puede que me diera cuenta que esas personas, que presumían de ser diferentes, no eran más que una copia del arquetipo de la tribu urbana a la que pertenecieran, pero yo, estuviera donde estuviese, siempre era diferente. Nunca era igual, al menos no totalmente, al resto.
Asumí el hecho de que nunca me sentiría a gusto en ningún lado.

Una vez alguien, al oír esto de mi boca, me respondió: "Encajas entre mis brazos".
Pero el tiempo ha demostrado que se equivocaba.

Y ahora que más o menos esgrimo con orgullo mi total incapacidad para integrarme en un grupo social, y que me tomo mi incomodidad cuando estoy con gente con más o menos humor, me da por preguntarme si no será más que una máscara para ocultar cuánto me duele no haberme sentido nunca parte de un grupo. No es que quisiera ser la reina del baile de graduación, entre otras cosas porque de eso no tenemos en España, pero...

Y lo peor es que, aún muriéndome de ganas de ser como los demás, yo misma me lo impido.

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