20 de septiembre de 2008

Marineros (1)

Por el catalejo vislumbraba la línea de la costa. No estaba lejos, quizá a un día escaso. El viento había soplado a su favor durante toda la travesía, y ni una sola tormenta les importunó durante la semana que llevaban navegando.
- ¿Algo interesante, mi capitán?
El capitán del barco le alargó el catalejo, y señaló hacia el Noreste.
- Tierra. A menos de un día de viaje. - Sin esperar contestación, se giró y volvió a su camarote, dejando al anciano intentando ver algo por el catalejo con sus ojos casi ciegos.

Cerró la puerta del camarote y, con la espalda apoyada contra la plancha de madera, soltó un suspiro de alivio. Menos mal, se dijo. No sabía si había sido suerte, o las precauciones tomadas, pero todo indicaba que iban a llegar a puerto sin haber sido interceptados por piratas.
Sacó del armario el diario, y se estaba sentando frente a su mesa para escribir estas buenas noticias, cuando oyó gritar al vigía.

- ¿Qué sucede? - le preguntó al primer bracero que se cruzó cuando salió del camarote.
- Ha avistado un barco tras del nuestro - el marinero señaló al vigía, que seguía gritando encaramado al palo mayor - Lleva bandera negra izada.

El bracero salió corriendo por la cubierta en dirección a la bodega. El capitán se colocó las manos alrededor de la boca haciendo bocina.
- ¡Sander! - el vigía dejó de gritar y miró hacia abajo - ¿A cuánto está el barco?
- ¡Unas mil yardas, señor!
- ¿Llegaremos a tierra antes de que nos alcance?
- ¡No es seguro, señor! - el vigía señaló hacia el Noreste - ¡Ellos también tienen el viento a favor!
- ¡Entonces deja de berrear y ven aquí abajo a echar una mano! - Se giró hacia los marineros que trajinaban por la cubierta - ¡Desplegad las velas de los tres palos! ¡Y vosotros, a los remos! ¡Tenemos que llegar a tierra antes de que nos tengan a tiro!

El anciano llegó hasta él renqueando por la cubierta, y le agarró de la manga de la levita.
- ¿Qué sucede? - su voz estaba llena de miedo. El capitán se lo quitó de encima sacudiendo el brazo.
- Nada que deba preocuparos, señor. Vos seguid en vuestro camarote, y procurad que vuestra hija tampoco salga del suyo. Vamos a aumentar la velocidad.
- Pero... ¿por qué motivo?
- Para llegar antes al puerto. - El capitán se dirigió a zancadas hacia el timón, y comenzó a maniobrar hacia donde había visto tierra hacía unos minutos.
- ¿Estamos seguros? No le sucederá nada a mi hija, ¿verdad?
- Tened por seguro, señor, que su hija llegará sana y salva a puerto - el capitán le lanzó una mirada de odio al anciano - y ahora, idos a vuestro aposento, os lo ruego.

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