21 de octubre de 2008

La pobre princesita - Final

Me dijeron que mi madre era una mujer bellísima. De cabellos largos y sedosos, ojos azules como el mar, modales intachables, risa cristalina...

Sí, me han contado un millar de cosas sobre mi madre, que murió dándome a luz. Me han dicho que tenía los cabellos negros como la noche más oscura, y también que los tenía dorados como un campo de maíz en verano. Que era delgada y de movimientos ágiles, y que era voluptuosa como una matrona. Que era enfermiza y delicada, y que era lozana y trabajadora...

Lo único que tiene aspecto de ser cierto es que mi madre era la criada del molinero. Y a todas luces, también su puta, porque cualquiera que nos vea juntos a él y a mi, por muy tonto que sea, es capaz de ver el parecido. Y nos ven juntos muy a menudo, porque no sé qué más habré heredado de mi madre, pero lo que sí ha pasado a mí es la condición de criado del molinero.

A veces, cuando me manda a limpiar la posada - la posadera enviudó recientemente, y a cambio de "ciertos favores", le está ayudando a llevar el local -, tengo la suerte de oír cosas interesantes mientras restriego el suelo de madera con arena y lejía. Oigo cómo caballeros bien vestidos, ataviados con capa y sombrero de ala ancha, conversan sobre la situación del reino. Reino, qué palabra más grande, cuando lo único que yo conozco es esta sucia aldea y estos suelos de madera que nunca terminan de estar limpios.

Escucho conversaciones sobre la caída de un reino. Sobre un ataque sorpresa, sobre una gran matanza en un castillo.

Parece ser que la única hija de los reyes no apareció entre las decenas de cadáveres. Nunca encontraron su cuerpo, y todos estos hombres con capa y sombrero que veo un día tras otro se dedican a buscarla desde hace muchos años. Algunos han desistido, otros siguen en su búsqueda. Porque esa niña es la heredera legítima del reino, y si ella o algún descendiente suyo les liderase, tendrían poder legítimo para levantarse contra el déspota de su actual señor.
Por no mencionar que todos y cada uno de los caballeros a los que he visto quieren desposarla, pese a que de encontrarla, podría ser la madre de la mayoría, y la abuela de alguno...

A veces fantaseo con que soy el hijo de esa mujer. He hecho cuentas, y no es del todo imposible, teniendo en cuenta que yo nací unos quince meses después de la caída de la familia real. Además, esta aldea queda muy cerca del castillo, la princesa podría haber llegado hasta aquí a pie.
Qué agradable sería ir vestido con suntuosas ropas en vez de con estos harapos, y que me sirvieran, en vez de ser yo quien sirve. Además, he visto alguno de los retratos de la princesa, y creo que me doy un aire a ella. Qué bonito sería salir de esta pocilga y ver el mundo que se extiende más allá de los campos de maíz y hortalizas...

Tengo que dejar de fantasear con estas estupideces. Me están retrasando, y aún tengo que limpiar las habitaciones y volver para prepararle la cena a mi padre antes de que vuelva de los campos, o me ganaré otra paliza...

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