24 de noviembre de 2008

Una última sonrisa

Ale, de nuevo mi historia para el concurso de relatos mensual de MFS, en el cual no puedo participar porque soy juez ._.
Esta vez sí que he respetado las bases en cuanto a longitud de la historia. Espero que os guste ^^
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Siempre me encandiló su sonrisa. Desde el momento en que la vi por primera vez, en aquel pub, me enamoré de aquellos labios. Cuando me la presentaron tenía los labios pintados de rojo sangre; siempre los llevaba de ese color. Seguramente sabía el efecto que causaban en los hombres, y quería aprovecharlo al máximo.

Sus labios siempre estaban curvados, siempre expresaban algo. Me encantaba observar cómo tenían una forma diferente según con quién estuviera hablando, pero siempre con las comisuras curvadas hacia arriba. Tardé tiempo en darme cuenta de que la mueca que siempre le encendía el rostro, y que yo comparaba con la expresión de un ángel, no era más que desprecio.

Pero para cuando lo supe ya era demasiado tarde.

Ella era pródiga con sus sonrisas; a todos nos regalaba un guiño, un frunce de labios, una mirada pícara. Todos nos sentíamos especiales por ser objeto de sus coqueteos, y cuanto más felices éramos nosotros, más irónica era su sonrisa. Normalmente las mujeres bellas no son inteligentes, pero ella no solo lo era, sino que además disfrutaba de su superioridad humillándonos a nosotros, su cohorte de vasallos.

Una vez me decidí a hacerle saber lo que sentía por ella. Como tantos otros antes, supongo. Y como muchos más después, me atrevo a adivinar. Y ella respondió a mi sinceridad con otra sonrisa.
Fue la primera vez, desde que la conocí, que no me gustó cómo sonreía. Después de revelarle mis más profundos sentimientos, el anhelo que sentía por ella, todo lo que le inspiré fue una carcajada.
Recuerdo cómo echó la cabeza hacia atrás, y antes de darme cuenta de que se estaba burlando, pensé que tenía un cuello muy hermoso. Un cuello hecho para ser besado. Sí, eso pensé por unos instantes, antes de que una risa aguda cargada de desprecio me atravesara los oídos y me hiciera ver lo monstruosamente cruel que era mi amada.
Sus labios, rojos como la sangre, no dejaron de ser hermosos aún teniendo la boca abierta en aquella carcajada. Pese a mí mismo, junto con el dolor del rechazo y el orgullo herido, se entremezcló en mi pecho el placer malsano que me producía observarlos...

Aquellos labios que tanto deseo, y que aún veo cuando cierro los ojos, en esa última sonrisa que me dedicó, tan llena de desprecio, y que a pesar de todo no hizo sino enamorarme más aún.

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