14 de junio de 2009

Otra noche más

Mi casa está bastante cerca de la parada de Renfe. Como a unos diez minutos, aunque el tiempo real depende de diversos factores entre los que se cuentan la prisa que lleve, el tiempo que haga que haya comido, el grosor de la suela de mis zapatos y el alto de sus tacones, y - este último factor es el más determinante - si voy o no a comer a casa de mis padres.

El caso es que aunque el camino sea cortito, no es especialmente seguro, ya que pasa por diversas callejuelas muy estrechas, mal iluminadas, y poco transitadas. En concreto el mismo portal se encuentra en una de ellas, pese a que la zona en general es bastante amigable. Como no llevo viviendo por el barrio el tiempo suficiente para que la fauna local me reconozca como autóctona y me deje en paz, normalmente si volvía sola a casa a partir de cierta hora de la noche, por regla general prefería dormir en casa de mi novio, que está bastante más cerca de la parada de Renfe, y cuyo camino atraviesa calles muy grandes, transitadas y bien iluminadas.

Llevo los últimos días llegando al barrio a horas bastante intempestivas, y dos de esas noches me ha parecido notar que alguien me seguía. De hecho, una de las noches no era una suposición, era una certeza, pero el muy lerdo se quedó parado cuando yo me paré en mitad de la calle, y cuando me volví a echarle la más dañina de mis miradas se dio la media vuelta y volvió por donde había venido.

Cada vez que he vuelto a casa estos días, durante todo el trayecto, me han sorprendido pensamientos de lo más siniestros.

Deseaba que, efectivamente, alguien me estuviese siguiendo. Deseaba que me interceptase en un callejón, que me golpease en la cabeza, me robase y me dejara tirada desangrándome en mitad de la calle. Al cruzar la carretera, que apareciese de improviso un coche a toda velocidad, me arrollara, y me partiera hasta el último hueso del cuerpo. Cuando un hombre me adelantaba y luego se perdía de vista en una esquina, deseaba que me estuviese esperando tras el kiosco de prensa. Deseaba con todas mis fuerzas que estuviera allí apostado con un ladrillo entre sus manos, y me golpease con él en la nuca, que me dejase inconsciente y luego siguiera golpeándome, que me bendijese con al menos un mes de estancia en el hospital, tan sedada que no me diese cuenta de lo que pasara a mi alrededor. Que se me derramara tanta sustancia gris en el proceso que al despertar no pudiera recordar ni quién soy, ni qué hago en este mundo.

Que alguien por favor me golpee o me atropelle. Que alguien me haga daño, mucho daño, tanto que no pueda pensar en otra cosa, o mejor, tanto que caiga inconsciente, que todo lo que quede del mundo sea un manchón negro con una pequeña luz blanca al fondo, y que cuando abra los ojos, si es que los abro, todos los recuerdos se hayan ido junto con el dolor.

Pero ah, qué mala pata. Otra noche más llego intacta al edificio donde está mi casa. Medio cabreada, saco las llaves de la mochila, y abro la puerta del portal, esperando que en el último momento alguien escondido bajo las escaleras responda a mi callada súplica. Pero no hay nadie.

Otra noche más, llego a casa con el cuerpo y la memoria intactos.

Menuda putada.

2 comentarios:

  1. hay maneras menos directas de provocarse una amnesia. Por ejemplo, atizarse de cerveza o vino hasta caer inconsciente :-D

    la resaca, dependiendo del licor, puede ser igual que el ladrillazo :-D

    ¡Ánimo, que la vida son dos días!

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  2. Jo, es que a mi el alcohol me da por ponerme depre... T_T El fin de semana que viene lo intento, de fijo. Pero es que las dos horas y media de vuelta a casa tras la juerga necesitan un mínimo de sobriedad... No puedo quedarme a dormir en la calle, se me mancharía la ropa! >.<

    Asias por los ánimos ^^U

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