31 de julio de 2009

Sombras en París (II)

Eleanor por fin ha acabado el cuadro. Lo vi anoche en el recibidor cuando salí, y ahí sigue al llegar a casa, con el envoltorio de papel marrón un poco rasgado y un sobre sobresaliendo en una esquina.
Dejo el chal en el colgador de la entrada y recojo el sobre. Ya en mi cuarto pruebo a sintonizar algún canal en la televisión. Hoy hay suerte, a la primera doy con un informe sobre la situación económica en Italia. Me tumbo en la cama y abro la carta de Eleanor.

Querida Bianca.

Aquí tienes el retrato de Ilia que me pediste. Te pido perdón por las inexactitudes, porque cada vez que intentaba pintar los detalles, la imagen se me emborronaba en la mente. No me suele suceder cuando pinto de memoria, soy muy buena fisonomista.... Pero dado lo que me contaste....
En fin, espero que te sirva de algo.

Tenemos que hablar de esto más largamente, me tienes preocupada.

Con cariño,
Eleanor.

Arrugo la carta en mis manos, se la tiro al locutor que en ese preciso momento ha interrumpido las noticias para anunciar una nueva matanza en Milán. Me desvisto esperando que en algún momento mencionen lo de Sherray, pero tras los diez minutos que me lleva desatar los cordeles del corpiño y las tres capas de seda de la falda, no solo no han comentado nada sobre París, sino que el informativo ha dado paso a un programa de variedades que mi televisor no logra sintonizar.
Me pongo el batín, golpeo la televisión en un costado, y la imagen se termina de perder en una tormenta de estática. Apago el aparato y bajo al salón, de camino recojo el paquete con el cuadro. Dejo el cuadro sobre la mesa y me sirvo una copa de brandy. Sólo en caso de que lo necesite, pienso. Dejo la botella cerca del vaso, junto al cuadro. Conteniendo el aliento, rasgo el papel.

El marco se me escapa de las manos. Temblando, echo mano de la botella, y me derramo más líquido sobre la cara y el pecho que dentro de la boca.
La mujer del cuadro debe tener unos veinte años. Tiene el pelo negro y ondulado peinado hacia atrás, apartado de la cara por unas horquillas en las sienes. De piel pálida y grandes ojos negros, mira a través del cuadro con melancolía. La mayor parte de los rasgos de su rostro están cubiertos por sombras, pero se adivinan unos labios gruesos y bien dibujados, y unos pómulos que sobresalen del fino rostro. Los detalle, tal como dice Eleanor en la carta, son imprecisos, como si quien lo hubiera dibujado no hubiese estado muy seguro de lo que hacía.

Noto una presencia en el cuarto. Levanto la cabeza y la veo en la entrada del vestíbulo. En algo coincide Eleanor conmigo; Ilia siempre está rodeada por sombras. Intento encontrar similitudes entre la figura que me observa desde el marco de la puerta y el cuadro que acabo de ver, me obligo, a mi pesar, a mirarla largo rato. El deformado rostro no parece el de una mujer, ni siquiera el de un ser humano, y está torcido en un grito eterno, imposiblemente amplio, que le desfigura los demás rasgos. Nada en el torso indica que sea una mujer, un borrón de tonos rojos y negros no para de cambiar de forma sobre su pecho y su falda, que cae hecha jirones sobre unas piernas inexistentes. Las manos están retorcidas en nudosas zarpas a la altura de su regazo, y salvo por las mangas del vestido, se diría que tampoco tiene brazos.

- ¿Eres tú? - le pregunto. No necesito señalar al cuadro, sé que ella sabe a qué me refiero. Siempre lo sabe.

Asiente. O más bien no hace nada en absoluto. Pero a mi mente llega un inequívoco "sí".

- ¿Qué... ¿Qué pasó? - No se lo había preguntado aún. Un fallo tonto por mi parte, si me paro a pensarlo. Pero cuando un fantasma aterrador comienza a perseguirte por todo París, en lo último que piensas es en qué le habrá pasado para acabar así.

No hay respuesta explícita. Se le oscurece el rostro, quizá los ojos se le mueven ligeramente, como flotando en la neblina de la que está hecha. Me llega una ola de dolor, desesperación y odio. Me llega con tanta intensidad que por un momento creo que soy yo misma quien siente esas cosas. Me mareo de la impresión, tengo que recostarme en el sofá.

¿Comprendes?

Me falta el aliento. No puedo ser tu espada de la justicia en este mundo, pienso.

Tú me ves

Joder que si te veo. Y cómo. Cojo el vaso de brandy y doy otro trago, intento calmarme, normalizar mi respiración. Ilia se acerca silenciosa, se queda a un lado del sofá.
No te acerques más, por favor. No lo soporto más.

Tú me ves

- Tiene que haber algo que se pueda hacer que no sea ir por ahí cortando cabezas, Ilia. No creo que la venganza vaya a liberarte.

¿Cómo lo sabes?

Buena pregunta.

- Si supiera algo más sobre... sobre... - no puedo seguir. No son ni las diez de la mañana, y ya he tenido emociones como para todo un mes. Hoy ya no puedo más.

Mañana

Alguna ventaja tenía que tener que esta cosa sea telépata, pienso con alivio. Ilia se aleja, sale del cuarto, desaparece tan silenciosa como ha aparecido. Me acurruco en el sofá, me abrazo las piernas con los brazos para entrar en calor. Poco a poco me voy calmando. Observo a la joven melancólica que me mira desde el suelo, desde el cuadro de Eleanor. Ella, desde las sombras que la rodean, me devuelve una mirada hermosa y triste.

¿Cómo has llegado a esto, Ilia? ¿Y cómo se supone que puedo yo sacarte de aquí?

- Algo se podrá hacer...

2 comentarios:

  1. No se por que nadie te ha comentado por aqui xD
    La historia suena muy interesante :) sigue dandole a ver que sacas!

    ResponderEliminar
  2. La gente solo comenta en las entradas de coña, parece ser que las serias no les inspiran ningún comentario ^^U Asias por ponerlo por escrito, ahora ya tengo pruebas fehacientes de que a Míster le gusta cómo escribo! XDDDDD

    ResponderEliminar