5 de agosto de 2009

Sombras en París (III)

El tiempo se está volviendo loco, por la noche diluvia y por el día hace un calor sofocante... Intentar dormir un par de horas con este bochorno es un acto suicida, pero he estado trabajando toda la noche y necesito tumbarme. Sólo un rato con los ojos cerrados, aunque no duerma...

Me despierto sobresaltada. Me duele la cabeza y estoy empapada en sudor, tanto, que hasta las sábanas bajo mi cuerpo se han humedecido. Una luz tenue entra por la ventana, atravesando las cortinas. Me levanto con esfuerzo, arrastrando la sábana un trecho por la habitación antes de lograr despegarmela del cuerpo. Corro las cortinas, me asomo a las ventanas abiertas de par en par.
Esta luz es de media tarde, no de media mañana. Parece ser que no sólo he conseguido dormirme, sino que he dormido la mayor parte del día. Será mejor que tome una ducha fría y me vista, tengo un montón de trabajo pendiente.

Mientras estoy bajo el chorro de agua, oigo una voz llamarme.

- ¿Señorita Bianca?

Es la pequeña Charlotte. Apenas la oigo bajo el chorro de la ducha, pero la niña es muy pudorosa, no se acercará demasiado mientras me encuentre desnuda.

- ¿Sí, Charlotte? ¿Querías algo?

- Señorita, yo... La señorita Eleanor ha estado llamando... Preguntando por usted durante todo el día. No sabía dónde se encontraba usted, y como su cuarto estaba cerrado, yo...

- ¿Cuándo fue la última vez que llamó?

- Hace cinco minutos, señorita. Dijo que venía para acá, que si yo no... dijo que si yo no entraba en su cuarto ya lo haría ella...

- Bueno, ya sabemos todos dónde me encuentro, no hace falta preocuparse. Anda, prepara algo de comida para cuando llegue Eleanor. Y algo para mi también, estoy hambrienta.

Sin decir nada, la niña sale huyendo del baño. Es realmente encantadora, con casi once años y aún tan pudorosa... La mayoría de niñas a esa edad ya llevan años en algún burdel.

Cuando termino de ducharme y vestirme, Eleanor ya lleva un rato esperándome. Al entrar en el salón la encuentro sentada en el sofá, tomándose un té. En la mesa hay dos bandejas, una con galletas y dulces, ya bastante mermada. La otra tiene embutidos y pan. Hay una segunda taza en la mesa, que por el olor que llena la habitación debe ser café.
Eleanor es pintora, aunque complementa sus magros ingresos haciendo de bailarina en el burdel que hay bajo su casa. Y la verdad que ayuda a aumentar los ingresos del local, porque la mitad de la clientela se dedica a tomar copa tras copa simplemente viéndola bailar durante toda la noche, y tal y como están las cosas, un vaso de ginebra es bastante más caro que una puta.
Mi amiga nunca ha sido especialmente decorosa en el vestir, pero hoy lleva la camisa totalmente abotonada, incluso en el cuello. Me parece una tontería sobresaltarme por ello, pero verla tan vestida realmente es extraño...
Me siento en el sofá junto a ella, que me mira con seriedad, casi enfadada.

- ¿Te parecerá bonito no haber contestado ni una llamada en todo el día?

Cojo mi café y le doy un sorbo antes de continuar. Eleanor deja la taza de te en la mesa, le tiembla ligeramente el pulso.

- Podías aunque fuera haber avisado a Charlotte de que estabas en casa. O no prohibirle la entrada en tu cuarto. Joder, me has tenido histérica todo el día.

- En mi cuarto hay cosas demasiado valiosas para dejar entrar a una cría, y además si se acostumbra a entrar cuando quisiera, podría ser que un día viera lo que no debe ver - pese a que mi amiga está totalmente seria, no puedo evitar cierto tono de guasa al decir aquello.

- Bianca, no bromees. Desapareces la misma noche que casi se quema la mitad de la Rue Simon le Franc, la mitad de los inquilinos de la calle están en el hospital, y Sherray ha desaparecido sin dejar rastro...

Se corta en mitad de la frases. Durante un momento lucha por evitar que las lágrimas le salten de los ojos, quizá para evitar estropear su elaborado maquillaje.

- Eleanor, respecto a lo de anoche... - Noto un repentino frío en la habitación. Me giro hacia la puerta, y veo a Ilia entrando en la sala y sentándose en una silla tras de mi amiga, que no se da cuenta de nada - Respecto a lo de Sherray... No sé si sabréis quién fue el que hizo aquello, pero...

- Yo organicé a los vecinos para apagar el fuego - Se endereza y saca pecho, orgullosa - y le di pero bien a uno de los rezagados. Ese ya no volverá a prenderle fuego a nada.

- Ya, pero lo que quiero decir es... - Miro a Ilia por encima del hombro de Eleanor. La sombra, muy despacio, asiente - Eleanor, lo de anoche es obra de la Iglesia. Que se atrevan a adentrarse tanto en la ciudad...

- ¿Pues si ha sido la Iglesia, entonces cómo explicas esto? - bufa, más que habla, mi amiga. se desabrocha los primeros botones de la camisa, que se abre para mostrar una quemadura que le ocupa todo el pecho y le sube por el cuello hasta el cuero cabelludo - Por lo menos uno de esos hijos de puta sabía magia.

- Dios Santo - no puedo disimular ni la sorpresa ante la noticia, ni el asco que me produce la visión de la cicatriz. Me acerco más a Eleanor para examinar la herida - Dios, esto tiene que dolerte horrores.

- Te iba a preguntar si podías hacer algo al respecto - se le escapa un quejido cuando rozo una de las estrías que se han formado sobre la piel enrojecida. Se echa hacia atrás y se cierra la camisa con decisión - Pero antes, tú que tanto sabes, dime, ¿cómo puede ser que un hechicero pertenezca a un comando de la Iglesia?

No hay sarcasmo en sus palabras, Eleanor siempre me cree, sabe que nunca me equivoco. Es uno de mis dones, la clarividencia, aunque no suelo controlarlo demasiado bien.

Pero además está Ilia.

Levanto la mirada hacia la sombra que sigue sentada en la silla, pegada a la pared, escuchando la conversación. Ella sabe de todo lo que estamos hablando, pero parece que tenga interés en oírnoslo decir. Le hago la pregunta mentalmente, y de pronto noto cómo alguien susurra la respuesta a través de mis labios.

- Están contratando mercenarios - Mi voz tiene un ligero tono metálico. Eleanor me mira incrédula, poco a poco su gesto pasa del asombro al miedo - Saben que nos ocultamos aquí, quieren nuestras cabezas en una pica pero no se atreven a venir a por nosotras. Por eso están comprando hechiceros, prometiéndoles el Perdón Papal si les ayudan a encontrarnos. Ellos nos destruirán a nosotras, y la Iglesia les destruirá a ellos cuando no le sean útiles...

Las manos de Eleanor tiemblan ahora visiblemente. Se las tomo, intento calmarla, pero no aparto la mirada de Ilia.
¿Ha hablado a través de mi? ¿es eso lo que ha sucedido? Dios, ¿realmente ha tomado control de mi hasta el punto de hacerme decir lo que ella pensaba?
Y si puede controlarme de esa manera... ¿Que no podrá hacer conmigo si lo desea?

- Tranquila Bianca, nos las apañaremos - Ahora es mi amiga la que me sujeta las manos, que han empezado a temblar de manera incontrolable - Aquí estamos seguras, pueden intentar lo que quieran, pero esta ciudad es nuestra.

Intenta tranquilizarme, pero en el tono de voz se le nota que ni ella misma se cree lo que está diciendo. Yo aparto la mirada de Ilia con dificultad, y enfocando mi vista en los aterrados ojos de mi amiga, compongo mi mejor gesto de calma, y asiento lentamente.

Pero mi cabeza ya no está con los mercenarios.
Dios, cuanto más sé sobre esa sombra que me atormenta, y sobre lo que es capaz, más me aterra...

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