28 de octubre de 2009

Porque me apetece divagar

El administrador de sistemas se debía aburrir mucho esta semana, porque se ha dedicado a joderme la vida quitando la presentación preliminar de gmail que hay en la página de iGoogle. Le voy a sugerir que nos quite Internet directamente, porque ya es lo único que le queda. Bueno, eso, y quitar Google, pero como el 85% de las páginas en las que busco cosas desde Google para poder hacer mi trabajo tampoco se pueden ver por culpa del proxy, en la práctica es como no tener nada.
Y por supuesto, la duda ofende, el señor dueño del proxy no tiene trabas para entrar en ningún sitio, incluidos los de videos o de páginas personales de sitios web de "índole social".

Dios, me encanta mi vida.


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A veces me cuesta creer en la naturaleza humana.

En líneas generales, me cuesta creer en un mundo en el que una persona te puede prometer el mundo un día y hacer como que no te conoce al cruzarse contigo por la calle al día siguiente. Me cuesta creer en una raza en la que una persona te puede asegurar que siempre va a estar para cuando la necesites, y llegado el momento lo único que sabe hacer es cogerte el teléfono y asegurarte que "no te puede ayudar".

Por supuesto, a más alto nivel, me cuesta creer en un mundo en el que sólo con el sueldo de un mes de uno de los gobernantes se podría acabar con una crisis nacional, pero se decide no hacer nada al respecto.
Y sobre todo me cuesta creer en una raza en la que lo que prima es el individuo, no la especie. En la que, en momentos de peligro, todos se vuelven contra todos y en vez de intentar apoyarse para sobrevivir, se atacan para quitarse lo poco que tienen.
Y no me vale lo de "todo el mundo es así", porque lo único que hace ese argumento es darme la razón.

Juro que no entiendo cómo hemos llegado a ser la raza dominante en el planeta.

Llamadme anticuada, y de eso culparé a mis padres y a cómo me han educado, pero creo en el diálogo, en la sinceridad, y en que la inmensa mayoría de los problemas entre los seres humanos no pasarían de una pequeña discusión de cafetería - uhm... cafe... - si la gente tuviese la suficiente cabeza como para sentarse a hablar e intentase buscar soluciones de manera sincera y - ojo a esta palabra, porque la clave está en ella - "clara".
De nuevo en líneas generales, creo que el ser humano tiene un tremendo potencial para ser realmente bueno, realmente "hermoso". Y en el día a día, aparte de intentar sacar a relucir mi potencial - aunque creo que en mi caso está un poco tarado, porque no paro de cagarla intente lo que intente - tiendo a pensar que la gente con la que trato también lo utiliza.

Bien, pues de nuevo me han dado mucho por culo, y no de manera literal - eso al menos habría tenido su punto - a mi y a mis creencias.
Porque he hecho uso de mis creencias en el diálogo, la sinceridad y la - cómo me encanta esta palabra - proactividad, y doce horas después de haber creído en toda esa sarta de gilipolleces, me encuentro que el problema no está en lo que se diga, sino en qué coño hay en el cerebro de quien escucha.
Y si quien escucha parte de la base de que quien habla está mintiendo - seguramente porque él está haciendo lo mismo, y viendo los acontecimientos posteriores, no me cabe duda de ello -, a pocos sitios se va a llegar.

Quizá debería partir de la base de que el ser humano es comparable a un corral de gallinas cluecas histéricas que esperan constantemente a que alguna de ellas se despiste para clavarle hasta el último artilugio con punta que encuentren a su alcance, de manera que quede más pienso para el resto. Creo que esa sería una aproximación bastante más acertada que la que he comentado con anterioridad.

En "Hyperión" leí cómo se generaba el fenómeno de la turba enloquecida. Sólo se necesitaba un grito con el volumen adecuado, y una multitud con el suficiente poco seso. Bien, pues también puedo comparar al ser humano con una turba enloquecida, desesperada porque alguien grite algo, sea lo que sea, pero algo que seguir con furia ciega.

Y también, citando uno de mis libros favoritos, y a uno de los juglares más famosos que he tenido a bien conocer - si bien en la ficción literaria -, a lo que más me recuerda la raza humana en sus mejores momentos de bajeza y decadencia - es decir, casi en todo momento - es a un burdel en llamas.


Está claro que eso de tener palabra pasó de moda en algún momento, quizá el invierno pasado, y ya no se encuentra ni en Mango ni en Zara ni en El Corte Inglés.

Quizá en una biblioteca, junto con la definición de "gato de Schrödinger", también se pueda encontrar de eso.



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Puedo ser el mejor. ¡Pero no quiero!
(Y más os vale rezar cuando llegue el momento en el que quiera)

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