24 de julio de 2010

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He leído en algún sitio, o quizá visto en alguna película, que cuando quieres a alguien eres incapaz de hacerle daño a sabiendas.

Yo he sentido en mis propias carnes esa sensación, entre otras, en todas las ocasiones que tenía tu teléfono móvil en mi mano, todas las veces que pensé en copiar su número de móvil y llamarla para que supiese de mi, todas las veces que estuve tentada de hablar más de la cuenta con tus amigos, sólo para que dejasen de verme como el ser patético que perseguía un imposible, y viesen que ni yo era tan patética ni tú tan intachable.
Pero no lo hice. Porque eso te habría hecho más daño que cualquier otra cosa que pudiera pensar, y jamás me hubiese perdonado el perjudicarte.

Parece ser que la recíproca no se da, a la vista de los hechos. No te voy a culpar, nadie ha sido nunca capaz de quererme, y no vas a ser tú el primero. Y yo ya estoy tan acostumbrada a que me hagan daño, que si te soy sincera, el tiempo que me tuviste engañada casi lo eché de menos.


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