24 de enero de 2011

Escucharnos

En el mundo que nos ha tocado vivir, en el que la supervivencia está asegurada y problemas como la guerra, el hambre o las enfermedades son palabras extrañas que se estudian en clase de historia o se oyen de pasada en los informativos, surge una duda que nunca había sido necesario plantearse antes:

"¿Y ahora qué hago con mi vida?"

Ojo, que no estoy diciendo que se lo pregunte todo el mundo. Simplemente creo que es algo que deberíamos pararnos a pensar en algún momento de nuestras vidas, sobre todo en esos ratos en los que estamos hartos de la rutina y de nuestro trabajo y de nuestros conocidos... y de todo en general.

Ese sentimiento de hastío, de aburrimiento, de estancamiento, es algo que se ha inventado con la sociedad del bienestar. Creemos que sólo nos hace falta tener todas las necesidades cubiertas, dinero para ir a cenar a restaurantes caros o para viajar a países exóticos, y que si tenemos eso seremos automáticamente felices de por vida.
Y sin embargo, el sentimiento de hastío sigue ahí.

Porque a fin de mes llega la nómina y es genial ver la cuenta corriente tan llena, y los sábados vas a comprar ropa de diseño, y puedes costearte ese mueble de estilo tudor, o ese deportivo al que le tenías echado el ojo desde que eras crío. Cuando llegan las vacaciones, 25 días al año, puedes irte a cualquier lugar del mundo, sin importar el precio del billete o el nivel de vida del destino.

...

Y el resto del tiempo, ¿qué?

El resto del tiempo es una repetición interminable del mismo día tedioso en el que te dedicas a trabajar en algo que no te gusta, con compañeros que no te caen bien, y para volver a una casa donde te espera una persona que hace tiempo que dejaste de querer para echarte en cara cosas que hace mucho que te dejaron de importar.

Y así un día, y otro, y otro, y otro...

...

Estoy planteando el peor escenario posible, pero siendo un poco más concreta, yo misma he conocido a gente que ha pasado por esos momentos de angustia, de sentirse estancados, de darse cuenta de que su vida se ha convertido en un bucle de 24 horas de periodo. El sentimiento desesperante de que no tienes ni 30 años, pero ya has llegado al final del camino.

¿Cuándo se estanca el ser humano, me pregunto? Cuando se para, cuando deja de avanzar. ¿Y cuándo sucede esto?
Cuando deja de perseguir una meta.

Pero no tiene por qué ser una meta grandiosa, como descubrir la cura para el cáncer, o pintar cuadros al óleo por los que se paguen millones. No tienes por qué querer ser astronauta, o actor, o el nuevo dictador que unifique Europa, para perseguir algo.

Desde mi humilde punto de vista, cuando uno piensa que ha llegado al final del camino, lo suyo es buscarse las castañas para conseguir otro.

Si estás hastiado de la vida, crees que nada de lo que pueda ofrecerte te llena, te aburre la monotonía de tu existencia... ¿Por qué no te paras a pensar en lo que, de ofrecérsete, te haría sentir pleno?

A todos los hastiados, os propongo que os toméis un día libre del trabajo, y os dediquéis a pasear por la ciudad, o por un parque, o por la playa, o por lo que tengáis más a mano por la geografía de vuestro barrio, y penséis: ¿Qué es lo que de verdad me gusta?

Tú trabajo no te llena, así que, ¿qué trabajo te llenaría?. Tu pareja te hastía, ¿estarías más feliz sin ella, o qué deberías hacer para dejar a un lado el tedio en tu relación? Te aburre todo, ¿qué podría haber que te divirtiera?
Excepto matar gatitos, claro.

Estamos en el mundo demasiado poco tiempo como para preocuparnos por las convenciones sociales, por lo socialmente correcto o incorrecto, por el más que trillado "lábrate un futuro y luego tendrás tiempo de disfrutar", que todos sabemos de sobra que no es cierto.
La introspección es algo a lo que la gente no está acostumbrada; escucharse a uno mismo, lo que quiere, lo que anhela, lo que le hace feliz. Los ruidos de los coches, los anuncios y las cadenas de música no nos dejan oír lo que nos pide nuestro alma.

Así que idos a un lugar tranquilo, donde ningún ruido pueda distorsionar su voz, y escucharla.

...

Y luego, cómo no, viene la parte difícil.
Que es, una vez sabiendo lo que de verdad queremos, luchar por conseguirlo.


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