23 de marzo de 2011

Midna

Tengo un gato.

Aunque lo más correcto sería decir que en mi piso hay un gato que me deja compartir su espacio. Una gata, para ser exactos. A la que de ahora en adelante me referiré como Midna, que viene a ser el nombre que le puse cuando me la colaron - porque lo que hicieron con esa gata no fue otra cosa sino colármela - en casa.

Midna es negra y tiene los ojos verdes. Quizá por eso, y porque las semanas anteriores había estado ojeando ilustraciones del videojuego Twilight Princess, decidí ponerle el nombre de la princesa del reino de las sombras. Esa a la que Link pone berraca, justo.



Tenemos la teoría de que Midna está loca, solo que no. Su grado de desquiciamiento depende de la hora del día, y del caso que se le haga. Por ejemplo, si toca desquicie pero no hay nadie cerca para mirarla, se sienta en el sofá y dormita. Si por el contrario, hay alguien en la casa, el desquicie está asegurado. Y si ese alguien decide no hacerla caso, mejor sacamos el uniforme de antidisturvios.

Sin ir más lejos, esta mañana he dormido una horita más. A la gata le toca desquicie de siete a ocho, más o menos, que es la hora a la que nos levantamos. Pues bien, hoy, como la única persona que quedaba en la casa - léase, yo - estaba en coma profundo y no se ha despertado hasta las ocho y media, la gata ha esperado pacientemente, hecha una bolita en la almohada al lado del cadáver, a que este se reanimara y le prestara atención.
Obviamente, según me he despertado, a la gata la ha poseído el diablo.
O algo peor.

Midna y yo tenemos un acuerdo tácito, según el cual mi regazo le pertenece cuando estoy leyendo. Sobre todo si leo en la cama. Por lo tanto, quedan prohibidos los cambios bruscos de postura, descruzar las piernas o estornudar. Y de ir al baño ya ni hablamos.

Curiosamente, cuando voy al baño Midna siempre viene conmigo. Será por el tema de que las mujeres van juntas al lavabo, digo yo.
Ya sea quedándose vigilante junto a la puerta, o pasando directamente, me tiene controlada siempre que visito al señor Roca. Y mientras de reojo vigila que no me cuele por la taza del water, se dedica a fliparlo con la bañera.
No sé qué le pasará con ella - o con los patitos adhesivos del fondo -, pero pone unas caras cuando se asoma a mirar dentro, que cualquiera pensaría que está drogada.

Creo que a Midna no le gusta estar sola. Cuando estoy con el ordenador, su sitio favorito para sentarse es la alfombrilla del ratón. Con el ratón y mi mano incluidos. Al principio la echaba, pero cuando me cansé de jugar al baloncesto con la gata y el sofá cada veinte segundos durante diez minutos, decidí que había suficiente espacio para que yo siguiera con el ordenador y ella echara la siesta.
Aunque cuanto más espacio cedo yo, más ocupa ella. Y que no se me ocurra mover el ratón o la alfombrilla con ella tumbada encima, que ya la tenemos liada.



Midna maulla cuando la llamo. El maullido tiene un tono de pregunta, como si me respondiera "Sí?" para saber qué quiero. Claro que también maulla así cuando es ella la que quiere que la atienda. O cuando quiere algo en general, que viene a ser casi siempre.
Y es que Midna maulla mucho. Sobre todo cuando está desquiciada y no la haces caso. Entonces suelta uno de esos maullidos lastimeros que sólo los felinos saben emitir, y que hace que se te parta el alma en dos. Y cuando uno mira, todo preocupado por si a la gata le pasa algo, ella deja la pose y vuelve a su desquiciamiento, feliz de volver a tener público.
Nunca había visto a una gata que dominara el arte del llanto falso... Claro que no deja de ser mujer, eso se lleva en los genes...

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