30 de julio de 2012

Veranito y calorcito...

Dicen que la cantidad de horas de sol que tiene un país juega un papel muy importante en el temperamento de sus habitantes. Que cuantas menos horas de sol reciben al día más depresiva tiende a ser la gente, y cuantas más horas más alegre.

Eso es lo que dicen. También dicen que las emociones son cosas de los seres humanos. Que tiene que ver con las glándulas, o algo así.

Tengo en tareas pendientes convencer a mis glándulas de que vivo en España, no en la Antártida.

O igual mis glándulas está interpretando las temperaturas de la ciudad como que me han metido en una sartén con aceite hirviendo y están reaccionando de la manera más lógica en dicha situación: Deprimiéndose mucho.

No me malinterpreteis, me encanta el verano. Esa sensación de calor tan intensa cuando sales a la calle que te da lo mismo pornerte al solo que tirarte desnuda sobre una plancha de metal al rojo es algo que todo ser humano debería experimentar alguna vez en la vida. Sobre todo si ese ser humano es un político o un banquero.

En verano los noticiarios se llenan de "consejos" para pasar el verano de la mejor forma posible. Pero son consejos de traca. No he visto aún a ningún presentador aconsejando que si de veras se quiere vivir bien, se meta uno a las Nuevas Generaciones del PP y haga carrera, o que monte un banco, lo lleve a la quiebra y luego se declare insolvente. No sé yo en qué medida beber 2 litros de agua al día o ponerme gorra cuando salga a la calle me van a ayudar a vivir mejor, sinceramente. No digan que son consejos para pasar mejor el verano, digan que son consejos para no fallecer de combustión espontánea al salir a la calle, no engañen a la gente. Que alguien habrá que aún se crea lo que dicen en las noticias, no jueguen con sus ilusiones.

A todo esto, ¿qué estoy haciendo yo para lidiar con el calor del verano? Volar hacia latitudes más benignas no, porque la última vez que miré no tenía alas, y además no creo que mi jefe viera con buenos ojos que saltara por la ventana en dirección al norte, por mucho que curre en una planta baja. Otra opción sería ir en coche, bus, o algún medio de transporte más realista que batiendo los brazos, pero como Dios, en su infinita sabiduría, me hizo más pobre que las ratas, pues tampoco.

Podría ir a la piscina, pero como mido 163 centímetros, peso 95 kilos, y tengo en mucha estima la sensibilidad y las retinas de los que me rodean, prefiero no presentarme en público en bañador. Cuando me preguntan digo que me lo prohibe mi religión, y cuando me preguntan qué religión es esa les sonrío y les susurro "te lo diría, pero entonces tendría que matarte".

Creo que ese es uno de los motivos por los que no tengo amigos.

Tengo un ventilador en casa. Uno de esos con aspas que mueven el aire, de los que usaban nuestros ancentros allá por los tiempos de Altamira. No es mucho, pero si cojo el flis flis de la cocina y me echo agua encima, hasta da la sensación de que hace fresco.
¿Qué pasa? Que como no solo hace calor para mi, sino para todo el mundo, y mi pc forma parte del mundo, su tarjeta gráfica se ha frito en su propia salsa, más que debido a la temperatura, a que el ventilador de la placa se ha jodido.
Así que me he visto en la siguiente coyuntura: ¿Uso el ventilador para mi y no puedo usar el pc, o abro la torre del pc, le pongo delante el ventilador al máximo, y soy yo la que se fríe en sus jugo mientras miro internet?

Creo que el hecho de que esté escribiendo esto responde a la pregunta.

Pero bueno, no pasa nada, me digo. Si sudo elimino toxinas, eso es sano. Además, igual adelgazo algo. Y con tanto sol me acabaré poniendo morenita incluso no yendo a la piscina.
Todo esto lo pensé antes de que con el calor el volumen de mi cuerpo se multiplicara por dos, y mi piel reaccionara a los rayos de sol poniéndose de un exquisito tono rojizo entre concha de cangrejo y tomate asado.

Apetitoso, sin lugar a dudas.

Así que he tomado mi propia decisión sobre el verano. Lo voy a pasar hibernando. O bueno no, si hibernar es de invierno, sería más propio decir que voy a pasar el verna veraneando. Eso. Veraneando.

Voy a contarle mi idea al jefe, a ver qué opina. Ahora vuelvo y os cuento...






1 comentario:

  1. Yo no puedo con el verano. Adoro el solecillo, pero cuando ya sube la torraera, me degrado a todos los niveles, física y mentalmente.
    Me da el bajón, porque pierdo las ganas de hacer cualquier cosa.
    Jo, como se echan de menos las tardes de primavera. Las dos que tuvimos este año, jajaja.
    Voy a por más agua...

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