29 de abril de 2009

Ónice's Journal - Prólogo

Ónice no era más que una niña cuando su ciudad natal fue invadida por la Legión Ardiente.

Aunque entonces ella no sabía mucho sobre quiénes eran aquellos seres monstruosos que debastaron gran parte del bosque al que llamaba hogar, y les robaron la inmortalidad a los de su raza, llegó a conocerlos muy bien.
A su hermana la habían trasladado a Moonglade, una fortaleza en mitad del continente, unos pocos años antes del ataque. Tanto ella como su hermana mayor habían dado muestras de talento con la magia natural y divina a muy temprana edad, y los druidas pronto reclamaron a la joven pupila. Ella prefirió quedarse, y convertirse en sacerdotisa de Elune. En el Templo de Ashenvale se inició como estudiante, y demostró una habilidad comparable a la de sacerdotes siglos mayores que ella. Su sensibilidad para con la naturaleza y la Diosa era tal, que podía sentir hasta el más mínimo cambio en los bosques en los que vivía. Precisamente, cuando los orcos comenzaron a deforestar el Sudeste de Ashenvale, fue ella la primera en sentirlo.
¿Pero quién hace caso a una niña, por muy prometedora que sea como pupila?

Cuando los demonios y los orcos infectados de la sangre de Manoroth invadieron Ashenvale, más de la mitad de los habitantes murieron. Los Kal'Dorei eran seres poderosos, pero aquellos seres enloquecidos e infectos tenían tal sed de sangre que podían compararse a las abominaciones que luchaban de su lado.

Sus padres perecieron en la lucha, al igual que la inmensa mayoría de los mayores, para poder asegurar la huída de los más jóvenes, los que aún no tenían edad para luchar, a Moonglade. Ni los demonios más poderosos lograron entrar ahí, si bien el monte Hyjal y su Árbol del Mundo, Nordrassil, no corrieron la misma suerte. Era precísamente ese árbol, lo que quedaba del Pozo de Eternidad, el que les otorgaba la inmortalidad a los Kal'Dorei, lo que buscaba Archimonde. El mayor don que poseían fue lo que probocó su caída.

Ónice estuvo postrada en cama durante toda la guerra, y su salud nunca volvió a ser la misma tras el conflicto. La tierra abrasada, los congéneres muertos, le herían el alma hasta el punto de que el dolor se manifestaba físicamente, aún cuando Ashenvale quedaba a millas de distancia. Cuando los Kal'Dorei, en un intento por recuperar su perdida inmortalidad, plantaron Aldrassil en la costa Norte de Kalimdor, ella se trasladó a la ciudad que se construyó en su copa, lo más lejos posible de la corrupción. Aunque Elune se había retirado del mundo tras la muerte de su hijo, durante la guerra, los Kal'Dorei continuaron con el culto a la Diosa, si bien la incertidumbre de si sería capaz de escucharles hizo que muchos de ellos dejaran de adorarla. Ónice ingresó como aprendiza en el Templo que se erigió en la ciudad sobre Aldrassil, que pasó a ser la capital, al estar la mayor parte de su antiguo hogar destruído y corrupto. Ahí, durante un breve periodo de dos años, pudo centrarse en sus estudios de magia divina y vivir en paz.

Pero la aberración que habían cometido los Kal'Dorei al plantar Aldrassil hizo que el Árbol pronto empezase a corromperse, y pronto las especies animales que vivían sobre él comenzaron a enloquecer y volverse impredecibles, atacandose entre ellos y a los propios elfos. Las plantas comenzaron a brotar enfermas, y nuevas especies nocivas para el Árbol proliferaron en su copa.

Ónice, que había sido una niña alegre y dotada para la magia, sin haber llegado aún a la edad adulta se volvió taciturna y poco habladora, y el tiempo que no pasaba en el Templo estaba sumida en ensoñaciones, sentada en los canales de la ciudad mirando al vacío, alejándose lo más posible del sufrimiento de la naturaleza, que tanto daño le hacía.

No era una niña normal, y eso lo sabían todos los que habían tratado con ella alguna vez. Pese a seguir siendo notable en el uso de la magia divina, nada parecía motivarla, nada la entusiasmaba, no conseguían sacarla del estado de sopor en el que se había instalado poco después de llegar a Aldrassil. Y nadie sabía nunca qué estaría pensando, si es que pensaba en algo.

Hasta que llegó él.

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